Carmen Romero Lorenzo

Categoría: Relatos

LA TIERRA QUE SE MARCHA

De nuevo traigo un relato finalista en la convocatoria Alucinadas de Palabristas. La tierra que se marcha formó parte de la tercera antología de este proyecto que buscaba difundir a las autoras de ciencia ficción en español. Se trata de mi primer relato de ciencia ficción, con una intención claramente humorística, sin dejar atrás la reflexión sobre la autonomía corporal y reproductiva, que es el tema principal de esta historia. ¡Ojalá la disfrutéis!

LA TIERRA QUE SE MARCHA

A todo el mundo se le acaba la buena suerte, o al menos eso me dije mientras recorría en ancho pasillo de la estación espacial. Eran unas instalaciones bastante decepcionantes tras haberme pegado un viaje de dos días para llegar hasta allí. Nada de paneles de cristal enormes, que te permitieran contemplar la magnificencia del espacio, ni sofisticados androides a cargo de los pasajeros. Lo más distintivo era la variedad de razas alienígenas que lo recorrían de un lado para otro, con sus maletas que levitaban o sus animales de carga. Por lo demás, era como un aeropuerto terrestre de lo más corriente; sea cual sea tu lugar de procedencia o tu número de extremidades, si algo nos une es la necesidad de alimentarnos, sentarnos e ir al lavabo.

            Como bicho raro que soy, lo de curiosear y perder el tiempo no sé hacerlo de manera discreta.  Era divertido contemplar la arquitectura escalonada para adaptarse a seres de distintos tamaños. Las miradas de un par de familias piritas, famosos por su tremendo respeto a la intimidad ajena, me recordaron que no tenía tiempo para vagabundear. Que los carteles no incluyeran ningún idioma terrestre no constituía un problema, pero mis cortas piernas se tomaban su tiempo para recorrer distancias largas.

            Tardé en torno a una media hora en encontrar la lanzadera a Suriapa. Era una de las más concurridas, nada extraño si consideramos que la nave estaba destinada a la capital comercial del Círculo, pero aun así me las apañé para encontrar hueco en un banco. A mi lado había un muchacho terrícola encorvado, como si quisiera ocupar el mínimo espacio posible. Daba bastante pena, uno de esos adolescentes de dos metros con cara de crío y perpetuo desequilibrio.  Me aburría, así que decidí mostrarle un poco de solidaridad. Existía la posibilidad de que no hablara español, pero mi instinto me indicaba que me encontraba ante un compatriota.

            ―Menudo frío hace, ¿eh?

            El chico levantó la vista del suelo y pude comprobar que sus ojos estaban húmedos. Quizás no había sido buena idea hablarle, no se me daba bien consolar a la gente.

            ―Yo estoy bien. Puede ser que en mi planeta tengamos una percepción diferente de la temperatura.

            ―Me parece que tu planeta es el mismo que el mío.

            Me divirtió ver la estupefacción que siguió a esa afirmación. Al parecer el crío pertenecía al selecto grupo de terrícolas para el que una negra bajita era una criatura tan ajena como los alienígenas.

            ―Perdón, señora, no quería ofenderla… pero es que con esa bufanda tan gruesa apenas puedo ver su cara.

            ―No me hables tan formal. Algo me dice que podríamos ser vecinos. Me llamo Antonia Miranda. ¿Y tú?

            ―Estaban Ruiz. ¿Eres de España?

            ―Ajá. Aunque cada vez paso menos por allí. ¿Qué te lleva a Suriapa? ―inquirí.

            ―Voy a estudiar en una de las escuelas superiores del Círculo.

            ―¡Vaya, felicidades! No creo que haya muchos terrícolas por ahí.

            ―Sé que soy afortunado. ¿Qué hay de ti? ¿Qué lleva a alguien tan… mayor a dejar el planeta?

            No era una persona sutil, este muchacho. Se estaba preguntando cómo había podido pagarse un pasaje a Suriapa una mujer de semejante desaliño. Me había puesto ropa cómoda y calentita para el viaje; consciente de que la mayoría de los extraterrestres desconocían los códigos de vestimenta humanos. Pero al chico debía de parecerle que iba en pijama.

            ―Llevo desde los primeros días del contacto ejerciendo de enlace y ahora me piden que me saque un certificado. Así que, en realidad, yo vengo a estudiar también.

            ―He conocido a unos cuantos enlaces. De hecho, hay uno que me espera para llevarme a mi residencia en Suriapa.

            ―Seguro que te vendrá bien.

            La conversación cesó. Esteban se dedicó a darle patadas al envoltorio de un dulce que alguien había dejado tirado en el suelo, su rostro sombrío como solo puede estarlo el de un adolescente agraviado.

            ―Supongo que a tu edad es difícil dejarlo todo y arriesgarte de esta manera. Tu familia estará preocupada de que no vuelvas nunca.

            ―En realidad no. Le he dejado mis gatos a mi madre y  a ella lo que más le preocupa es que no haya peluquerías para pelo afro en Suriapa.

            Conseguí que el chico se riera. Me gusta hacer que la gente a mi alrededor se sienta bien, probablemente fuera por eso por lo que me metí a enlace. El contacto con los alienígenas había resultado bastante perturbador para todos aquellos que se habían pasado la vida convencidos de que la vida en otros planetas era cosa de la ciencia ficción.

            De los altavoces surgió un mensaje en suriapi del que solo entendí que nuestra nave iba a retrasarse y así se lo transmití a Esteban. El muchacho se llevó las manos al rostro de manera bastante dramática. Se me escapó una sonrisilla condescendiente; el chaval me inspiraba cierta ternura.

            ―Quizás te asuste esto un poco, pero me recuerdas muchísimo a un cliente que tuve hace unos diez años. Tendría tu edad por aquel entonces. Si quieres te cuento la historia y así pasamos el rato.

***

Sucedió en pleno florecimiento de mi negocio. Apenas hacía dos años que la Tierra había entrado oficialmente en el Círculo y nadie sabía cómo tratar con alienígenas. Las demandas que me llegaban era tan numerosas como variadas: desde empresas que necesitaban intérpretes, hasta particulares indignados por las peculiares costumbres de sus nuevos vecinos suriapis. Yo podía permitirme elegir y normalmente me decantaba por los que pagaban mejor o eran más extravagantes.

            Peco de ser un poco roñosa y por entonces aún vivía en la casa de mi madre, que al mismo tiempo usaba como oficina. En una ocasión, mientras merendaba chocolate caliente, mi progenitora depositó un sobre encima de mi mesa.

            ―Me he encontrado esto en la puerta, Antonia.

            ―Vaya, qué anacrónico ―respondí, mientras toqueteaba el sobre para comprobar que no se tratara en realidad de algún sofisticado invento alienígena.

            ―¡Ten cuidado! A ver si va a ser una carta bomba ―exclamó mi madre.

            ―No digas tonterías. Será alguna factura que me he olvidado de pagar.

            ―Últimamente tienes unas compañías muy estrambóticas, hija.

            ―Corta el drama, mamá. Siempre he estado rodeada de gente rara.

            Mi madre se marchó ofendida, mascullando algo sobre mi próxima abducción y transporte a algún planeta alejado de la mano de Dios. Abrí el sobre para encontrar una simple tarjeta que rezaba: «Se requieren sus servicios para un trabajo que exige máxima discreción». Incluía un número de teléfono en una tipografía más grande.

            Busqué el móvil, enterrado como de costumbre debajo del sillón del sofá, y me encerré en el cuarto de baño. Tras marcar el número me respondió una susurrante voz masculina.

            ―¿Antonia Miranda?

            ―La que viste y calza. ¿Qué puedo hacer por usted?

            ―Necesito contratar los servicios de una especialista. ¿Podríamos vernos mañana en su oficina?

            ―Me temo que está de reformas ―respondí, golpeando el lavabo con el cepillo de dientes.

            ―¿En ese caso, le supondría algún inconveniente presentarse en San Asunción a eso de las diez?

            ―¿La pastelería? ―inquirí, entusiasmada ante la idea de un potencial cliente invitándome a croissants calentitos.

            ―No, la iglesia.

            Allí me planté a la hora convenida, con antojo de dulces y el rostro cubierto por una bufanda. En realidad, nunca le había prestado mucha atención a aquella iglesia. Muy barroca, con su decoración asfixiante y sus esculturas agónicas, nada especial en el lugar de dónde vengo.

 Me paseé contemplando los frescos del techo, mostraban la asunción de la Virgen; su divino retoño y el padre de este la esperaban rodeados de un coro angelical. Se me ocurrió que podría interpretarse como una abducción. María atrapada por unos extraterrestres alados, prestos a examinar un útero capaz de producir críos con poderes.

            Tan absorta me encontraba, que no me di cuenta de que había un hombre de mediana edad tocándome el hombro hasta que levantó la voz, lo cual me pareció de muy mala educación. Para algo estábamos en una iglesia.

            ―No es horario de visitas ―me espetó el desconocido.

            ―Por raro que suene, estoy aquí por una cita de negocios.

            ―¡Así que es usted Miranda! Perdone mi grosería.

            Era un tipo trajeado con el pelo engominado y la medallita de la virgen en el pecho. Tuve que controlar el repelús. Por lo menos no tenía patillas. Se presentó como Manuel Alcobendas, hermano mayor de la Hermandad de la Asunción. Sin ofrecerme pastelitos ni nada, me guio hacia una salita cubierta de pósteres en los que se mostraban a adolescentes muy sonrientes y muy cristianos bajo lemas como: «Dios te ama».

            ―En caso de que aparezca alguien, diga que viene en nombre de un comedor social, por favor.

            ―Descuide, soy una excelente actriz. ¿Qué es lo que necesita? ―pregunté, mientras rompía en pedacitos unos trípticos de catequesis para adultos que encontré en la mesa.

            ―Se reirá usted de mí, pero es un asunto tan delicado que me ruboriza incluso hablar de ello.

            ―Yo no juzgo a nadie.

            ―Necesito un servicio que solo un… visitante de otro planeta puede proporcionarme, pero es terriblemente embarazoso.

            Comencé a aburrirme de los reparos del tal Alcobendas. Además, parecía el típico tío con tanto dinero que podría haber contratado algún esbirro para tratar conmigo y ahorrarnos a ambos media hora de incomodidad.

            ―Mire, si no habla claro no podré ayudarle.

            ―Me refiero a problemas derivados de relaciones íntimas.

            ―Ya veo. ¿Relaciones íntimas con un visitante de otro planeta? ―sugerí.

            ―Exacto. No sé por dónde empezar a buscar información y al mismo tiempo…

            ―Lo siento mucho, pero yo no me dedico a eso. No es que lo vea inmoral ni nada, pero no me muevo en ese campo. Como mucho le puedo pasar una página de internet que…

            ―¡Miranda! ¿Cómo se atreve usted a insinuar que busco la compañía de súcubos verdes?

            ―Bueno, en algunos de los planetas del Círculo, las prostitutas tienen mucho prestigio social. Y casi ninguna de ellas es verde.

            ―Mi caso va por otros derroteros, nada que ver con eso. Resulta que alguna de esas señoritas marcianas tan liberales ha dejado a mi hijo embarazado.

***

―¿Cómo va a ser eso posible? ―me interrumpió Esteban.

            ―Luego te explicaré todos los detalles, no quiero arruinarte la emoción del relato.

            ―Aunque fuéramos capaces de engendrar hijos con los alienígenas… un hombre no tiene el aparato reproductor apropiado para ello.

            ―Estás demasiado limitado a la biología terrestre. ¿No te has informado antes de meterte en este embrollo?

            ―Jamás se me habría ocurrido buscar eso.

            ―Quizás deberías apuntarte a algún curso de educación sexual cuando llegues a Suriapa.

            ―No creo que sea necesario. No soy ese tipo de chico.

            ―Ya. Si no te importa te sigo contando.

***

Alcobendas no quería que conociera al muchacho. Habría dejado el caso, si no hubiera sido porque la curiosidad sobre las vidas ajenas era una característica inherente de mi personalidad, (no podía ser de otra manera siendo hija y nieta de peluqueras). El secretismo de mi nuevo jefe era demencial: pretendía organizar un aborto sin aportarme ningún tipo de información sobre su familia o la salud del chico. Incluso la explicación sobre el suceso se quedó escueta:

            ―Pierda cuidado, Miranda.  Rafa me lo ha contado todo. Sucedió el Jueves Santo, mi hijo y sus amigos habían salido a ver cofradías, pero conocieron a un grupo de turistas que les convencieron de salir de fiesta. Ya sabe usted cómo son los jóvenes. Las extraterrestres les drogaron con alguna sustancia sedante. ¡Y pum! Hará un par de semanas que el cuerpo de mi hijo comenzó a cambiar.

            ―¿A cambiar en qué sentido?

            ―Ya sabe, como si fuera una mujer. El vientre abultado y…

            ―¿Y qué?

            ―Está bien, usted gana, le enviaré fotos ―cedió Alcobendas sin mirarme a los ojos.

            ―Me alegro de que haya entrado en razón. Tengo que preguntarle dos cosas.

            ―Estoy a su total disposición.

            ―¿Es usted consciente de que  nos encontramos ante una violación? Podrían tomarse medidas legales. No es el primer caso, el Círculo actuaría.

            ―Violación es una palabra muy fuerte para describir las consecuencias de una noche loca de mi hijo y sus amigos. Él y yo estamos de acuerdo en que es mejor librarlo de semejante estigma…

            ―Es su decisión ―le espeté―. Ahora le agradecería que me describiera el aspecto del alienígena con el que su hijo se ha visto envuelto.

            ―Estaba disfrazada de humana, mi hijo no se percató al principio de lo que era en realidad. Se acabó dando cuenta por sus ojos violeta. ¿Qué iba a saber él? Con lo que hemos luchado su madre y yo para que no lo perjudicara esta… invasión. Ya los vemos en todas partes. ¿Es necesario que también profanen nuestras creencias? ―Aquel último arrebato de furia me pilló por sorpresa y casi tiró todos los trípticos al suelo―. Perdone, Miranda, pero es que me enerva esta situación.

            ―Los ojos violetas son bastante comunes en las razas alienígenas. Necesito algo más específico.

            ―No puedo decirle nada más.

            ―Esto no es muy ético, pero ya que no me deja ver a su hijo… ¿sería posible que me diera acceso a su ordenador y su teléfono móvil?

            ―Sin problema alguno.

            Me chocó un poco que accediera tan de inmediato a violar la intimidad de su hijo, pero no iba a quejarme, así que tras pactar un precio y la forma en la que me haría llegar la información nos despedimos.

            Esa misma tarde recibí las fotos del chico. Rafa era un adolescente del montón, con un flequillo horrible, acné y aparato. Tal y como me había comunicado el padre, su vientre se había abultado, pero lo que más llamaba la atención era el hecho de que sus genitales se habían modificado. Tuve que mirar varias veces para comprender lo que había pasado; parecía que su pene había sido absorbido por una especie de agujero azulado y carnoso de proporciones enormes.

            Pasé el resto del día investigando sin lograr una respuesta satisfactoria. Mi biblioteca especializada era bastante pequeña e Internet solo albergaba teorías cada vez más delirantes sobre las auténticas intenciones de los suriapis para la tierra.

***

―¿Y tú qué opinas?

            ―¿Qué dices? ―contesté, irritaba por la interrupción de Esteban. Temía perder el hilo y olvidarme de algún detalle importante.

            ―Yo era pequeño cuando sucedió el contacto y tal, pero siempre me pareció extraño. Ninguna guerra ni invasión. Solo tratados comerciales y la construcción de infraestructuras para el Círculo.

            ―En realidad es otro tipo de invasión. Solo que económica. Cada vez son dueños de una mayor extensión del planeta ―comenté.

            ―¿No te da miedo?

            ―No es que los humanos fuéramos en un ejemplo a seguir en el manejo de nuestros recursos. Los alienígenas al menos hacen un uso responsable de ellos.

            ―¿Y qué pasará cuando se agoten?

            ―Entonces nos venderán pasajes carísimos a algún otro de los planetas del Círculo. Míralo por el lado positivo, chico, somos pioneros.

***

No quise llevar la cuestión ante mis contactos hasta que no tuviera una versión fidedigna de lo que había pasado. Quizás Alcobendas fuera tan ingenuo cómo para creerse que su hijo era sincero con él, pero yo no iba a quedar en ridículo buscando a una transformista de ojos violeta imaginaria.

            A la mañana siguiente, me presenté en el domicilio familiar. Era una casa de tres plantas con jardín a las afueras de la ciudad. En una zona libre de actividad alienígena. Ni siquiera se veían los sistemas de aprovechamiento energético que solían contratar las familias pudientes.

            Me abrió la puerta una mujer de sonrisa clara y ropa anticuada. Llevaba un discreto crucifijo al cuello, que venía muy a cuento con la decoración de su hogar en la que abundaban las vírgenes e imágenes de santos.

            ―Buenos días, señorita Miranda. Soy María Pilar, la mujer de Manuel.

            ―Encantada de conocerla. ¿Está su hijo en casa? ―inquirí con la esperanza de que Mari Pili fuera más inteligente que su marido.

            ―Ha ido a ver al fisioterapeuta, el pobre tiene unos dolores horribles de espalda. Al principio no quería ir, ya sabe, le da vergüenza que lo vean así, pero al final ha cedido. Tenemos la suerte de contar con amigos íntimos de lo más discretos en casi todas las especialidades médicas ―presumió la mujer.

            ―Me alegro muchísimo. ¿Podría pasar al cuarto de Rafa?

―Puede disponer de su habitación para lo que necesite ―dijo Mari Pili a la vez que me guiñaba el ojo―. ¿Desea tomar café o un té?

            ―Si tuviera usted cacao…

            ―Ahora mismo se lo preparo.

            Me llamó la atención el impoluto orden en la habitación del chico, lo que daba fe de una intervención de Mari Pili antes de que yo hiciera mi aparición. Al rebuscar por los cajones, encontré una caja de preservativos sin abrir junto a una colección de estampitas de semana santa. Contuve la risa y me apresuré a encender el ordenador a la vez que mi anfitriona depositaba una taza de chocolate calentito en el escritorio. Le había echado nubecitas. Aquella mujer sí que sabía cómo ganarse mi dedicación total.

            No me costó ningún trabajo acceder a las conversaciones de Rafa con sus amigos por chat. La mayoría de ellas eran tan insulsas que ni siquiera merecía la pena leerlas para cotillear. La criatura se dedicaba a fardar de lo que bebía y a tener conversaciones monosilábicas con chicas. Me llamó la atención que había una tal Silva que le escribía a diario y nunca obtenía respuesta. Sus mensajes eran casi todos expresando preocupación por el estado de salud del muchacho. Por su foto de perfil, tenía pinta de ser alguna familiar anciana. Cada vez tenía más claro que Alcobendas hijo debía ser un poco capullo.

            Tras analizar lo más reciente, busqué sus conversaciones del fatídico Jueves Santo. Efectivamente, había quedado con sus amigos para ver cofradías. No había hablado con nadie hasta el día siguiente, cuando un tal Javi le pidió detalles sobre la extraterrestre a la que se había tirado. La respuesta de Rafa, sin duda, no era apta para los ojos de su padre:

            «Fue una pasada. tío. Esta gente no se atrevió, pero yo fui a por ella. La tía estaba buenísima. Tenía antenas. Era así como moradita, con los ojos grandes y las tetas aún más. Mucho mejor que cualquier tía de aquí».

            Lo de las antenas empezaba a cuadrarme con razas alienígenas que conocía. Si tenía piel y ojos violetas a buen seguro no era suriapi pero, probablemente, alguno de ellos podría ayudarme a identificar al menos su procedencia. Apuré mi chocolate y bajé a la cocina, donde Mari Pili canturreaba feliz.

            ―Muchísimas gracias. Estaba delicioso ―la felicité, a la vez que le devolvía la taza.  

            ―No hay de qué. ¿Ha encontrado lo que quería?

            ―Desde luego, tengo información nueva que puede ayudarme en el desempeño mi labor, pero aun así creo que es vital que me entreviste con su hijo.

            ―Le agradecería que hablara más bajo, mi madre está viviendo con nosotros y ella no sabe nada de lo de Rafa. Se toma todo lo de los marcianitos muy a pecho.

―Entiendo. Puedo ser muy discreta. Por eso le propongo que pase por alto mi presencia hasta que vuelva su hijo.

―A Manuel no va a gustarle nada…

―Mire, estamos hablando de lo que es mejor para su hijo. A cualquier adolescente le daría vergüenza describir sus relaciones sexuales delante de sus padres…

―¿Qué ha dicho?

―No dudo de que él confíe en usted y en su marido…

―¿Qué tienen las relaciones íntimas que ver con la enfermedad de Rafa?

Desvié la vista al suelo, abochornada. Traté de convencerme de que no era culpa mía, de que Alcobendas tendría que haberme advertido, pero escenas demasiado similares se habían repetido con mi madre como para no ser consciente de mi propio despiste.

―No se quede ahí callada. Ahora le exijo que me cuente lo que sabe ―sentenció la mujer con determinación. Cualquier rastro de la amable ama de casa que prepara chocolate calentito se había diluido en un gesto de congelada sospecha.

Así que hablé, por supuesto que hablé. Le confesé a mi madre que me había olvidado de su cumpleaños, no voy a largar delante de esa desconocida que su marido y su hijo la estaban engañando.

―Mi Rafa, que es tan bueno ―se lamentó una vez que hubo escuchado la verdad―. Siempre se quejaba de que no tenía novia. Y ahora… ¿Qué sabe usted sobre bebés espaciales?

Antes de que pudiera evidenciar mi ignorancia, se abrió la puerta de la cocina y entró Rafa. Su bombo era considerablemente mayor que en las fotos, el polito ancho que llevaba apenas conseguía taparlo por entero.

―Soy Antonia Miranda ―me presenté―. Tu padre me ha contratado para hacer frente a tu situación.

Rafa asintió con el rostro lívido; en realidad le estaba prestando más atención a su madre, tanteando hasta qué punto su situación estaba a punto de empeorar. Mari Pili se había sentado en una silla y daba muestras evidentes de estar conteniendo una bronca.

―Hay una serie de preguntas que me gustaría hacerte…

―¿No podemos subir a mi cuarto? ―me interrumpió el chico.

―¡No! Aquí no pasa nada más sin que yo me entere ―declaró la mujer.

Rafa me miró con un gesto de súplica que me habría enternecido de no saber los mensajes que se escribía aquel cachorrillo adolescente con sus amigos. Pobre Mari Pili, que se creía que había dado a luz a un niño modélico.

―Creo que sería positivo pasar un rato a solas con él ―propuse.

―¡Me niego! No voy a permitir que entre mi marido y usted convenzan a mi hijo de cometer un asesinato…

―¡No es un bebé de verdad, mamá! ―se quejó Rafa―. Es un parásito alienígena.

―¡Qué listo eres ahora! Tú padre y yo no te hemos educado para que mantengas relaciones con tanta facilidad y encima sin protección.

―¡Nunca se me ocurrió que esto podría pasar! ―se defendió el chico cuya cara, hogar de una respetable colonia de granos, se había vuelto tan roja como la de un suriapi.

―¡Peor me lo pones! Te daba igual dejar embarazada a una pobre chica, que sea marcianita es irrelevante. Es una vergüenza. Ahora tienes que hacerte responsable de tus actos.

Yo estaba a punto de sacar el móvil para grabar aquella maravillosa conversación en beneficio de mi madre. Ninguna de sus telenovelas ofrece drama de tal calibre. Mari Pili con la mano puesta en su crucifijo, fiel a sus principios; Rafa acorralado, sin saber cómo defenderse ante el azote de la madre católica. Fue una lástima que me mandaran de vuelta a casa sin darme la oportunidad de intercambiar un par de palabras con el chico.

***

Los altavoces de la estación volvieron a emitir el mensaje del retraso, interrumpiendo mi historia. Los otros pasajeros no dejaban de expresar su desagrado; la indignación parecía funcionar como método de cohesión social a la perfección. Desde los rojizos suriapis a los diminutos riquinos estaban gritándose entre ellos o mascullando palabras que, sin duda, no eran nada amables con la compañía de viajes espaciales.

No sabía si era paranoia, pero llevaba un rato con la impresión de que nos estaban mirando a Esteban y a mí con cierta antipatía. No es que sepa leer las expresiones faciales de cada raza extraterrestre, pero había sido un elemento indeseable el suficiente tiempo entre los terrícolas para reconocer las señales. Quizás estaba hablando muy alto, o el chico se reía demasiado.

―¿Antonia?

―Sí, ahora continuo.

***

Asumí que Rafa estaba fuera de mi alcance por el momento, así que comencé la investigación con la información de la que disponía. Llamé a mi amigo Lupi, que era riquino y llevaba en España desde el contacto.

―Hacía tiempo que no sabía de ti. Casi creía que habías aprendido a solucionar las cosas por ti misma ―me dijo.

―Sabes que no soy ese tipo de persona, aún vivo con mi madre ―bromeé―. Además, siempre tengo miedo de expresarme mal en suriapi y provocar una crisis interplanetaria.

―Qué va. No tengas miedo. Actualmente estamos estudiando las lenguas terrestres más comunes para detectar los errores que cometéis al comunicarse con nosotros.

―Eso me tranquiliza muchísimo.

―¿A que sí? Bueno cuéntame, chica.

Le hice un resumen de la situación, Lupi me escuchó sin interrumpir, pero de vez en cuando emitía soniditos de sorpresa. Los riquinos tenían una manera muy expresiva de escuchar. 

―Si te soy sincero, es la primera vez que me llegan noticias de un incidente así en este planeta. Hablaré con los médicos de la base. No se negarán a ver al muchacho. Probablemente, tras un rápido análisis, sean capaces de determinar la procedencia del feto y cuál es el mejor método para abortar.

―Trata de darte prisa.

―Es un caso que llamará la atención, descuida. Hay algo que me inquieta, por cierto. Tengo entendido que vuestra sociedad se divide de acuerdo a la función reproductiva de cada individuo, ¿no pasaría ahora este tal Rafa a ser una chica?

―Si le dices eso a su padre lo más probable es que te mate. No sé cómo explicarte lo de los géneros, hay bastante polémica al respecto, pero ahora mismo se cree que es una cuestión de identidad.

―Fascinante. Un día con más tiempo me lo vas a tener que aclarar.

Por mucho que adore pasar tiempo con Lupi, tenemos el problema de que ambos estamos más interesados en saber más sobre la cultura del otro antes que embarcarnos en largas explicaciones sobre las miserias de nuestros planetas. Tras hablar con él, llamé a Alcobendas para ponerlo al día. Lo percibí aún enfadado porque destapara el engaño ante Mari Pili, pero tampoco es que me importara demasiado. Sabía que al buen hombre no le quedaba otra que tragar conmigo.

Al día siguiente, me desperté con el ruido incesante de mi teléfono móvil. Me imaginé que sería algún nuevo cliente desesperado por los dolores de cabeza que le provocaban las antenas alienígenas, pero en su lugar me encontré con el inconfundible acento de un suriapi al hablar español.

―¿He establecido comunicación con Antonia Miranda?

―En efecto ―contesté en medio de un bostezo.

―Soy Lerence. Le llamo desde la base suriapi. Tengo entendido que es la voz de un muchacho que ha quedado encinto por alguna criatura ajena al hábitat de su planeta.

―Ajá. ¿Es usted un doctor?

―Tal es mi profesión. Me he puesto en contacto con usted porque me complacería que le hiciera llegar la posterior propuesta al joven afectado.

―Hable, lo escucho.

―Previamente a empezar, le comunico que me he instalado un sutil aparato que me sugiere frases ingeniosas y curiosas en su idioma. ¿Hablo apropiadamente?

―Claro que sí, estoy muy impresionada con su manera de expresarse. Ahora, si podemos volver al tema de mi cliente…

―Sospecho que el responsable del estado de buena esperanza pertenece a una raza parásita conocida como los bruguilirios. Son de forma cambiante. Esto quiere decir que se metamorfosean para resultar más atractivos a sus víctimas. Su  proceso reproductor es tan agresivo que logra alterar al organismo huésped.

―O sea que sí que es una especie de súcubo espacial.

―No logro alcanzar su referencia. El caso es que existe un debate latente en el Círculo sobre si los bruguilirios deben ser considerados seres inteligentes, incluso nos planteamos la posibilidad de su exterminio. Es de vital importancia para nosotros examinar sus procesos vitales, así que sería nuestro placer hacernos cargo del niño en cuanto nazca.

―El chico prefiere abortar.

―Eso es por su desconocimiento de las ventajas brillantes en su futuro. ¿Podría usted concertarnos una entrevista con él y su familia?

―Por supuesto.

Era consciente de que probablemente con esa reunión terminaría mi labor, al menos si lograba que ambas partes se entendieran. Como era de esperar, a Alcobendas le idea no le hacía ninguna gracia:

―Le pago a usted para que no tener que ocuparme personalmente de esto ―me recordó por teléfono.

―El médico quiere ver a Rafa y negociar con usted. No sería inteligente negarle un cara a cara.

―De acuerdo, pero que no sea en mi casa. Ni María Pilar ni mi suegra pueden enterarse.

La reunión tuvo lugar en la base suriapi. Por aquel entonces, todavía estaban construyéndola y solo se podía acceder a una pequeña estancia bajo tierra. Yo había estado ahí unas cuantas veces; por lo que algunos de los trabajadores se paraban a saludarme con esa efusividad guiri que tan falsa parecía. Los primeros extraterrestres en pisar nuestro planeta padecían de un optimismo irritante; querían parecer inofensivos, supongo.

Además, lo curioso de la base era que podías ver a los alienígenas con su ropa tradicional, en su mayoría fabricada con materiales imposibles de encontrar en nuestro planeta.

A cada esquina, Alcobendas refunfuñaba. No sabría decir si lo que le molestaba eran los alienígenas o la perfecta cotidianidad con la que estos desempeñaban sus labores. Rafa, siempre con una mano en su vientre, había heredado el desdén por la discreción de su progenitor y miraba fijamente a los extraterrestres o incluso abría la boca a su paso. Como respuesta solo recibía sonrisas y saludos.

―¡Les congratulo por su puntualidad! ―exclamó Lerence cuando llegamos a su despacho. Era un suriapi más delgado de lo normal, de piel rosa pálido y ojos dorados. Las protuberancias de su cabeza eran especialmente prominentes. Iba vestido con lo que parecía un disfraz de médico cutre. Ni Alcobendas padre ni hijo apretaron la mano que el bienintencionado alienígena tendía, así que acudí yo al rescate.

―Mi deseo de fabricar una amistad con usted era devastador, Antonia Miranda. Dicen que es de lo más peculiar.

―Una hace lo que puede. Aunque hoy en día la competencia es dura.

―Tengo entendido que se llama Lerence, ¿no? ―interrumpió Alcobendas con cierta brutalidad―. Bien, lo que necesitamos es a un especialista médico capaz de librar a mi hijo de ese parásito. El precio no es un problema.

―¡Amadísimo señor Alcobendas, no ofenda a mi alma hablando de pecunia! Yo soy amigo de su gente. ¿Le ha explicado la señorita Miranda mi proposición?

―Sí que lo ha hecho. Más me temo que no estamos interesados. No quiero que mi hijo tenga que sufrir una experiencia semejante.

Miré a Rafa con disimulo. El muchacho asentía en conformidad; yo empezaba a preocuparme por el mutismo del adolescente, que parecía incapaz de manifestar opiniones propias.

―¡No sufrimiento! ¡Nada de nada! ¡Es una oportunidad! Un pajarito me susurró que usted tiene una empresa de construcción y nosotros, como recién llegados a este planeta extasiante, necesitamos infinitas infraestructuras. Si usted me presta su amable colaboración, yo ejecutaré lo propio. Por no comentar las múltiples becas para Rafa.

―¿Crees que este lunático me está ofreciendo un negocio serio? ―me susurró Alcobendas.

―Los suriapis rara vez mienten ―expliqué―. Son la raza con la tecnología más avanzada del universo y se pueden permitir la honestidad.

―Señor Lerence, me ha dado algo en lo que pensar desde luego. Su oferta comienza a tomar un matiz interesante.

―¡Papá! ―gritó Rafa―. ¿Vas a vender mi cuerpo a ese tío?

―Solo serán unos meses. ¿Cuánto es el tiempo de gestación? ―inquirió Alcobendas.

―No en demasía, aproximadamente medio año terrestre ―puntualizó feliz Lerence―. Si precisan de un día más para valorar el asunto, es mi placer concedérselo. Poseo el contrato tanto en suriapi como en español.

―Gracias ―contesté a la vez que el doctor me tendía un puñado de folios de papel reciclado.

Volvimos a la casa de los Alcobendas, donde me dediqué a revisar tanto el contrato original como su traducción, mientras que Alcobendas padre e hijo intercambiaban miradas bastante violentas. Rafa estaba sentado con su mejor pose de adolescente rebelde con la mano colocada en su vientre; su progenitor, por el contrario, tenía las piernas cruzadas y una expresión indiferente. Antes de que estallara el drama, pasé a explicarles las condiciones del contrato.

―Me da igual lo que diga ―me interrumpió Rafa―. No pienso firmar.

―No seas infantil, hijo. Son solo unos meses de tu tiempo a cambio de asegurar tu futuro. No es un mal negocio y con tus notas es lo mejor que puedes esperar.

―Es mi decisión.

―Piensa con la cabeza, Rafa ―insistió el padre―.  Es de tontos negarlo, el mundo va a cambiar; debemos adaptarnos si queremos sobrevivir. Esos engendros van a instalarnos tecnología como nunca antes habíamos visto, se está hablando de una fuente de energía que sustituya al petróleo. Que los jóvenes como tú forméis parte de todo esto es lo único que asegurara nuestra forma de vida.

―¿A este precio?

―Tú mismo has dicho en más de una ocasión que no es más que un parásito.

Rafa salió de la habitación con un portazo de diva cabreada, lo que atrajo a Mari Pili, quien acababa de llegar del gimnasio y no traía precisamente su sonrisa más alegre. 

―¡Manuel! ¡Lo que pretendes hacer con nuestro nieto es inmoral y no lo permitiré!

―María Pilar, si no quería que lo supieras es precisamente por estas reacciones tuyas. Ese bicho no es familia.

―A mí me parece que sí. Si Dios nos lo ha enviado es por algo. Quizás hemos sido cerrados de miras y nos ha castigado por ello. En vez de asustarnos de los marcianitos tendríamos que haberles abierto la puerta de nuestro hogar.

Contuve la risa a duras penas, en realidad Mari Pili me caía bastante simpática, con su moralidad y ñoñería incluida. Se habría llevado bien con mi madre. Estuve por recomendarle que visitara su peluquería, pero pensé que se lo tomaría como una ofensa contra su peinado.

―¡Esas cosas que dices no son normales! ¡Y no se le ocurrirían a nadie menos a ti! ―le espetó su marido―. Tengo que hablar con Miranda; vete, descansa un rato y si acaso luego vuelves cuando te sientas como una persona adulta.

―¡Eres deleznable! ―grito Mari Pili antes de desaparecer.

―¡Mujeres! ―exclamó Albobendas con la condescendencia de quien busca complicidad, más solo hallo la mirada confusa de mis ojos marrones.

―Disculpe, pero yo soy una mujer ―puntualicé.

―Claro, claro. No pretendía ofenderla.

―Puedo hablar con mi contacto suriapi para que busque otro médico para la interrupción del embarazo. Así Rafa podría contemplar las dos opciones…

―No se moleste; lo que quiero que haga es otra cosa. Mi hijo es un poco cabezota, ya ha visto la madre que tiene. A ambos les falta pragmatismo. Si usted hablara con él sobre esos bichos y le convence de que no son más que criaturas irracionales, que son un peligro para la galaxia o lo que se le ocurra…

Volví a mi casa con un deje inquietud, no es que no me creyera capaz de inventarme cientos de monstruosidades para adjudicársela luego al pueblo de los bruguilirios, pero no se me da bien mentir en las distancias cortas. Incluso un chiquillo tan limitado como Rafa podría detectar la falsedad en mi voz. Aun así, pasé toda la tarde elaborando mi plan.

***

―¡No me lo puedo creer! ¿Hiciste lo que te pidió? ―se escandalizó Esteban. Había hablado tan alto que un par de suriapis sentados a su derecha se movieron sin ningún disimulo.

―Algo tenía que hacer para cobrar.

―¡Sí! Convencer a Alcobendas de que no podía tomar esa clase de decisiones por su hijo. Es algo monstruoso.

―Quizás no te haya quedado claro qué clase de persona era.

―¡Da igual! Es inmoral engañar a  alguien para que venda a un niño, aunque sea uno no deseado.

―Eso no te lo puedo discutir, pero tienes que comprender que fueron unos años extraños. La moralidad se volvió bastante difusa.

―¡Eso no es excusa! Rafa tenía derecho a decidir sobre su cuerpo y su vida. Tal vez él no quería ninguna beca para estudiar fuera, ni ninguna de esas supuestas ventajas.

―Veo que esto se ha vuelto personal.

Esteban se levantó y se dirigió a la cola que comenzaba a formarse junto a la puerta. Esta se abrió un par de minutos después, cuando el altavoz anunció que pronto podríamos entrar en la nave. Abandoné mi asiento con una repentina fatiga. Estaba convencida de que en el último segundo pasaría algo que impediría el viaje. Una avería, un cambio repentino de leyes, un cliente que me necesitaba urgentemente. Aunque en realidad mi móvil no funcionaba allí y todavía no había adquirido ningún aparato de comunicación alienígena.

La reacción de Esteban me había molestado. Una se esforzaba en contarle historias divertidas a la gente para relajar su tensión y te salían con moralina barata. Me fijé en que, aparte de Esteban y yo, no había ningún otro terrícola esperando para embarcar. No es que fuese a ser un problema, quizás para él sí, pero yo podía hacer amigos entre los suriapis.

La eficiencia brillaba por su ausencia en la base espacial. Tardamos como una hora más en acceder a la nave y ocupar nuestros asientos. Estos, por fortuna, eran bastante cómodos, de un material suave y blandito que se adaptaba a tu estructura corporal. Estaban se sentó a mi lado. De nuevo me miraba suplicante; rogando que le solucionara cada uno de sus problemas.

―No es nada ―le aseguré.

―Tenías razón. No quiero ir a Suriapa. Mis padres fueron los que lo decidieron por mí.

Los cinturones se abrocharon a la vez con un seco chirrido. Le sonreí al chico con lástima. Podría haberle dicho que a mí también me daba pena irme, que la idea de convivir con los extraterrestres no me resultaba tan divertida sin la seguridad de que podía regresar a casa cuando lo necesitara, pero odiaba ponerme sentimental. Al parecer ninguno de los dos éramos muy buenos aventureros.

―Venga, voy a contarte cómo termina la historia.

***

Con mi solicitud habitual, me presenté en la residencia de los Alcobendas a la mañana siguiente. Sabía que ninguno de los progenitores estaba en la casa. Me imaginaba que en esa situación el chico estaría más abierto a confiar en mí. Esperé un rato delante de la puerta antes de que esta se abriera para dar paso a un rostro muy familiar.

―¡Patri! ¿Qué haces tú aquí?

―¡Anda que tú! ¿Quién crees que te recomendó, niña? Llevo años cuidando de la suegra de tu jefe.

La impresión de ver a una de las más antiguas clientas de mi madre me duró poco. No dejaba de escuchar unos gritos que reclamaban a Patri con calificativos bastante desagradables.

―Vengo a ver a Rafa, ¿está en su cuarto?

―Sí que está allí. Luego hablamos, que parece que a la Pepita le pasa algo. La pobre está ya muy mayor y se le va la cabeza.

Encontré al muchacho tumbado en la cama con el móvil en la mano. Al verme no se molestó en enderezarse.

―¿Qué quieres?

―Nada en particular. Solo he venido a defender los intereses de tu padre.

―Mira, pensé que tú lo entenderías mejor. Dije lo del parásito, pero no lo sentía de verdad. Yo hablé con esta chica, tonteamos, nos besamos… todo lo que ha pasado ha sido una putada, pero de ahí a parir a un bebé para que hagan experimentos con él… bueno, no me sentiría bien. Yo solo quiero recuperar mi vida normal.

***

―¡Al final no es tan capullo! ¡Ahora entiendo por qué decías que yo te recordaba a él!  ―exclamó Esteban.

―¿A sí?

―Claro, por su gran altura moral.

―¡Ja! ¡Esa es buena!.

***

Le dije que yo no pensaba obligarlo a que vendiera su bebé, pero que tenía que convencer a su padre para que suspendiera las negociaciones con el chiflado doctor suriapi. Justo entonces recibí un mensaje de Alcobendas: me decía que Lerence y él se dirigían a la casa para someter a Rafa a unas pruebas. El chico no se lo tomó nada bien.

―¡Va a pasar de mí! Siempre es igual. Él solo se escucha a sí mismo.

―Entonces lo mejor será que te vayas.

El joven me ignoró y comenzó a centrar toda su atención en el móvil. Me pregunté si estaba escribiendo mensajes de despedidas para sus amigos y las chicas que pasaban de él.  Se oyó el ruido de la puerta de la entrada, seguido de una conversación bastante unilateral entre hombre y alienígena.

―Su casa resplandece de belleza. Ansío ver de nuevo a su espléndido hijo. ¿No estará por casualidad su compañerita de vida para presentarle un saludo de corazón? Veo que no. ¡Ah, qué tiempo más herrumbroso! ¿No le parece?

―Rafa, ¡sal!  ―ordenó Alcobendas.

Me asomé por la ventana del cuarto para valorar la posibilidad de una huida digna de película americana para adolescentes, pero Rafa la cerró de golpe.

―No está tan alto ―repuse en voz baja―. ¿Nunca lo has intentado?

―Claro que no. Podría matarme.

―¡O salir de fiesta cuando te castiguen tus padres! ¡Qué pijo tan rarito eres!

Alcobendas llamaba a su hijo cada vez con más impaciencia, pero enmudeció ante el ruido de una puerta al abrirse.

―Manuel, ¡por Dios!, no me dejas rezar el rosario con tranquilidad.

―Pepa, no salga que hace mucho frío.

―Tonterías, ¿qué es lo quieres? ―Tras una pausa dramática exclamó―: ¡Tienes al demonio al lado!

―Ilustre señora, no me correspondo con ninguna figura alegórica de su credo. Puede tranquilizarse.

―¡Mi nuero haciendo tratos con el demonio!, lo que me faltaba. Seguro que quieres meter a Rafa y no lo voy a permitir.

―Pepa, por favor… ―La voz de Alcobendas sonaba tan suplicante que casi me dio lástima.

―Ya verás cuando se lo cuente a Mari Pili.

―¡Por favor, guarde usted a su suegra! ¡Me está haciendo daño! ―se quejó Lerence.

Me asomé un poco y vi a una señora mayor golpeando al alienígena con una zapatilla ante la indiferencia de Alcobendas quien, con desgana, condujo a la abuelita de vuelta a su habitación.

―No queda otra que plantarle cara a mi padre ―repuso Rafa.

―¿Estás seguro que no prefieres lo de la ventana? ―propuse desesperada. A mí también me daba un poco de miedo ir allí y contarle a Alcobendas que no podía apoyarlo en su enfermiza obsesión con controlar a su hijo.

El muchacho se adelantó hacia la puerta y la traspasó con solemnidad. Yo iba detrás de él, cavilando sobre los días que había perdido en un caso por el que al final no iba a cobrar nada.

―Papá, Lerence. Siento deciros que no quiero ningún trato, ni ninguna beca. No pienso colaborar con el exterminio de la raza de los guriguri.

―Bruguilirios ―le corregí.

―Lo que sea. Sé de primera mano que son criaturas racionales y no donaré a mi hijo para que experimentéis con él.

―Tengo entendido que en vuestra sociedad los padres pueden dominar los destinos de sus criaturas hasta la madurez y Rafa aún no la ha alcanzado ―comentó Lerence, esperanzado.

―En efecto, mi hijo es un cachorro que cae en incongruencias. Dice que valora la vida de ese hijo, sin embargo, se dispone a matarlo.

―¿Tanto trabajo te cuesta comprender que no quiero ser padre?

―Miranda, ¿podría usted acompañar a mi hijo a su cuarto mientras preparamos lo necesario para someterlo a un par de pruebas?

Iba a asentir cuando Patri salió de la habitación de la abuela. Le sonreí, pero ella me giró la cara. Acto seguido se dirigió a Rafa.

―Tu abuela quiere verte.

―Eso, vete un rato con ella y tranquilízate ―ordenó Alcobendas.

El chico siguió a Patri y yo fui tras ellos; quizás desde la ventana de la abuela era más fácil saltar. Iba a proponérselo a Rafa cuando una visión de lo más extraña hizo que me lo pensará mejor: en una butaca la abuela rezaba frenéticamente acompañada de una atenta Patri, que desde luego no era la misma que había venido con nosotros.

―¿Qué coño?

Recibí una fuerte patada en el estómago y caí al suelo. La mujer que se hacía pasar por Patri se había convertido en una musculosa giganta de ojos violeta. Rodé por el suelo para esquivar un segundo golpe. La abuela gritaba y la auténtica Patri me ayudó a ponerme en pie.

―¡Se escapan! ¡Han saltado por la ventana! ―exclamó la abuela.

―¿En serio? ―me indigné. 

―¡Miranda! ¿y mi hijo? ―Alcobendas entró, mientras que Lerence se quedó en el umbral de la puerta, observando a la abuela con suspicacia. 

            ―Me temo que Rafa se ha fugado con su bruguilirio.

***

―¿Qué paso?

La nave estaba empezando a vibrar, comprobé mi cinturón y me agarré al bolso, pero aun así mi nerviosismo no disminuía. Me sentía incapaz de emitir ni una sola palabra más.

―¡Antonia!

Qué pesado era el chico, ¿no podía ver el sudor en mi rostro a medida que el ruido de los motores cobraba presencia? Cerré los ojos, convencida de que si lo intentaba lo suficiente podría convencerme de que el viaje de verdad iba a estar bien. Esteban alargó su pierna hacia la mía, un toque humano; no pude distinguir si de solidaridad o impaciencia.

―Decidí renunciar al caso. Me parecía que Rafa tenía derecho a hacer lo que quisiera con su vida.

 ―Estupendo, sigue.

―¿Qué más quieres saber?

―Venga ya, seguro que sabes lo que pasó al final.

―Está bien, te seguiré contando si te callas y te portas bien.

***

Volví a ver a Rafa cuando él y su pareja vinieron a buscarme a casa. El bruguilirio había adoptado la forma de una adolescente humana del montón, pero era cierto que no podía ocultar sus ojos violetas.

―No esperaba seguir sabiendo de vosotros, la verdad ―les espeté a la vez que colocaba delante de cada uno una taza de chocolate humeante.

―Sabemos que has dejado de trabajar para mi padre y nos gustaría saber si podrías ayudarnos.

―Depende.

―Silva y yo pensamos que aún no estamos preparados para tener un bebé. Seguimos queriendo el aborto.

―Veré lo que puedo hacer. En el fondo no me caéis mal, pero creo que me debéis una explicación, ¿no?

―Señorita Miranda, siento mucho lo de la patada y demás ―se disculpó Silva―. Llevo poco tiempo en la Tierra. Soy una especie de inmigrante ilegal y quería hacerme pasar por terrícola. No me esperaba que algo como lo de Rafa fuera posible, mi raza no tiene una cultura familiar como la vuestra y no estamos apenas educados en temas de reproducción.

―Yo también la he cagado mucho. Cuando mi cuerpo comenzó a cambiar, rompí el contacto con Silva y la he mantenido alejada de todo esto, pero a partir de ahora las cosas van a cambiar. Ya no dejaré que mis padres me mangoneen.

***

―¿Al final Rafa abortó?

―Sí, y a muy buen precio, además. Lupi se arriesgó bastante al actuar a espaldas de Lerence. ¿Estás decepcionado?

―Un poco. Me habría gustado que criaran al niño juntos y que se convirtiera en un abogado por los derechos de los bruguilirios o algo así.

―¿En serio? ¿Qué te creías que esto era una peli?

Esteban me volvió la cara, parecía dolido. Detrás de mí escuché a un suriapi decir:

―Definitivamente es una zona demasiado rural y con falta de miras. Deberíamos haber ido a Turuca.

La nave despegó, lo que me provocó un intenso dolor de cabeza casi de inmediato. Me quede dormida, pero no por mucho tiempo, pues Esteban me despertó para que contemplara la Tierra a través de la ventana.

―Quizás el viaje merezca la pena solo por esto ―comentó Esteban, embelesado.

A mí la imagen me provocó más bien desazón. Un puntito tan diminuto y solitario en un universo que acaba de hacerse más grande. Hice un gesto de despedida con la mano y de inmediato me di cuenta de que estaba haciendo el ridículo. Ocupé la mente en asuntos más pragmáticos y dejé que la Tierra se marchara.

El Telar Nuevo de Filomela

Escribí este relato durante unas prácticas en las que me sentía especialmente maltratada, lo cual es el estado natural de la becaria no remunerada. Las tareas que me encargaban eran repetitivas, aburridas y prácticamente inútiles, así que en cuanto mi tutora se despistaba abría el documento word y urdía con toda la tranquilidad del mundo este relato sobre una I.A programada para creer que se trata de un personaje mitológico, cuyos pesares, pese a ser ficticios, son igualmente amargos.

El telar nuevo de Filomela quedó finalista en la convocatoria Alucinadas V de Palabaristas y posteriormente fue publicado en una antología con otros diez relatos. Tristemente, la editorial decidió cerrar hace unos meses. Era un proyecto que había sido importante para la ciencia ficción en Español y había promovido los trabajos de muchas autoras tanto de nuestro país como de Latino América. No querría que este relato se perdiera, así que os lo dejo aquí para que lo disfrutéis.

El Telar Nuevo de Filomela

«No hay que tratar esto con lágrimas, sino con hierro, a no ser que tengas algo que pueda vencer al hierro. Yo, hermana, me he preparado para cualquier impiedad: o yo quemaré con teas el palacio real, arrojaré a Tereo, el artífice, en medio de las llamas, o le arrancaré con la espada la lengua, o los ojos y los miembros que te arrancaron tu honra, o mediante mil heridas, le sacaré su alma culpable. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa, por grande que sea…»[1]

***

Dicen que no soy real, pero se han esforzado mucho en que lo parezca. No hay más que mirar la armonía de mis rasgos tallados en bronce o la manera en la que se ciñe el peplo marmóreo sobre mis pechos. Al contemplarme, mis admiradores no dudan de que hubiera un día una mujer como yo, que urdía su venganza en un telar tracio. Pese al transcurrir de los siglos, los hombres, tan distintos a los aguerridos aqueos de mi memoria, no se han desprendido de los viejos anhelos y siguen encontrando placer en el dolor y el sometimiento femenino. Los veo acercarse, con mis nuevos ojos zafíreos que jamás parpadean, y sé que lo único que me protege de su lascivia es el cordón rojo que delimita sus pasos. Más allá solo estoy yo: la estatua de la mujer que nunca existió, pero con la que puedes charlar un rato si tienes paciencia. Las tejedoras somos cautas y nos tomamos nuestro tiempo para responder.

Tejer es la única actividad que me está permitida. Me crearon muda en un loable afán de atenerse al rigor literario. Ovidio escribió que a la desgraciada Filomela la silenciaron cortándole la lengua, y aquellos sencillos científicos no se plantearon desafiar al autor de la obra que pretendían ensalzar. De las treinta piezas que conformamos la exposición de Las Metamorfosis, soy la única que no emite ningún sonido.

Son pocos los que se detienen a pasar un rato conmigo, pues mi historia no es tan popular como la de Aracne o la de Faetón. Además, solo puedo comunicarme a través de los tejidos que elaboro con mis manos mecánicas, cuya pericia antinatural me permite crear cualquier imagen que susurre mi imaginación. Solo me esmero si el visitante en cuestión resulta de mi agrado, para el resto me limito a tejer un cuadrado de hilo con algún motivo al azar. Uno de mis pocos placeres es contemplar a los nutridos grupos de supuestos entendidos discutir largo y tendido sobre el significado de mi respuesta. Así de poderosas debieron de sentirse las sibilas.

 Recuerdo a una chica en particular, tan joven y esbelta como mi hermana y yo lo habíamos sido una vez. Al principio me resultaba difícil distinguir a las mujeres de los hombres, puesto que unas y otros vestían de manera similar: unos ropajes amplios de colores oscuros, que ocultaban las formas de cuerpo. Esta visitante no era una excepción, si bien adornaba su cuello con collares de abalorios y tenía las orejas cuajadas de pendientes. Me fascinó el color rosáceo de su pelo, que parecía concentrar toda la luz en aquel diminuto cuartillo de paredes desnudas. Me provocan curiosidad las mujeres de esta era. Envidio la libertad con la que dirigen sus pasos.

 Uno de los becarios del laboratorio acompañaba a mi visitante. Era un joven rubio de rasgos suaves y aniñados que me hacía pensar en el hijo predilecto de Venus. Este no dejaba de hablar con su vocecilla angustiada, pero ella no le prestaba atención. Miraba una pequeña pantalla electrónica que llevaba en las manos.

—¿Quién dices que es esta? —preguntó la chica con desgana—. ¡Estas griegas se pasaban el día tejiendo!

—Filomela. Aparece en el libro sexto de Las Metamorfosis. A diferencia de Penélope, no deshace sus tejidos. Si le haces una pregunta te regalará uno —respondió él, con una euforia tan súbita como inapropiada.

—Me sabe mal quitarle su trabajo.  ¿Cuál es su historia?

—Era una princesa ateniense a la que violó Tereo, el marido de su hermana Procne.

—Ah, típico de los griegos —suspiró la muchacha. Sus ojos pintados me analizaban, como si quisiera hurgar en mis heridas antiguas.

—No hacen más que seguir el ejemplo de Zeus —respondió el becario con sorna, casi a la vez que su interlocutora torcía la boca—. De todas formas, esta chica tuvo una venganza sonada. Procne y ella asesinaron al hijo de Tereo y se lo sirvieron a su padre para que lo devorara.

Ojalá mis nuevos creadores me hubieran concedido el don de desconectarme a placer. Quizás pensaron que era una autonomía excesiva y demasiado benigna. Mi permanente consciencia es todo lo contrario a un campo de asfódelos. Escuchar mi historia en labios de narradores mediocres y perezosos me resulta un castigo sangrante. Al alienarse de los hechos, los despojan de su crudeza, de su visceralidad. Me pregunté si el becario era incapaz de recrear todo aquello desde su mundo plastificado. No podía evitar compararlo con los aedos y rapsodas que conocí en el palacio de mi padre. Con la música y el verso, lograban conjurar las historias en el aire y otorgar vida a aquellos que nunca la tuvieron; hasta el punto de que, al concluir la última nota, los oyentes nos sentíamos como si hubiésemos regresando a casa tras una travesía larga y costosa. A veces pienso que el verdadero motivo de nuestra existencia es que los hombres y mujeres añoran esa sensación con un hambre húmeda y despiadada.

—Bueno, ¿vas a preguntarle algo o no? —inquirió el becario con brusquedad.

La beldad de cabellos rosas permanecía en silencio, de nuevo perdida en su pantalla. Transcurridos unos segundos, asintió y echó un par de monedas en la caja que presidia el pedestal donde me habían colocado.

—¿Te gusta estar aquí?

Supe de inmediato qué motivo elegiría. Nada de asfódelos ni conchas marinas. Extraje de mi memoria los recuerdos más dolorosos de mi existencia: aquellos que traían de vuelta la fragilidad de un cuerpo adolescente de carne y hueso, tan inexperto como fiero. Recuerdo la sensación del viento en la piel y el frescor de la lluvia que caía en el gineceo. Echo de menos incluso el malestar de la carne. Aún hoy no soy capaz de discernir si la precisión y detallismo que soy capaz de evocar es fruto de la crueldad o de la piedad. Me han condenado a la melancolía, pero al menos no me han arrebatado la belleza que hubo en mis días.

Tejí sin pausa durante un rato. La chica ya no miraba la pantalla, sino que tenía la vista puesta en mis manos de bronce.  La imagen acudió a mí con facilidad. No era la primera vez que me enfrentaba a aquel diseño. El resultado original había sido tan caótico como corrosivo. Y no porque me faltara habilidad. Hasta entonces yo había sido una princesa helénica: criada para el virtuosismo, y cada una de mis acciones estaba pensada para complacer. Incluso antes de que Tereo me ultrajara y me encadenara, yo ya maldecía mi existencia aborregada. Añoraba a mi hermana, casada con un rey extranjero, mientras cumplía mis labores en los fríos pasillos del palacio. Fingía dulzura y comprensión ante mi padre enfermo, pero mis ojos se perdían en el Egeo, más allá de las almenas. No es de extrañar que siguiera a mi cuñado a Tracia con tanta premura en cuanto me lo propuso. Él fue quien me atrajo con la promesa de un próximo encuentro con mi hermana. Narró con voz almibarada la necesidad que Procne tenía de mí y yo bebí gustosa de ese néctar. Incluso cuando mi padre se opuso, receloso de dejar marchar a la alegría de su vejez, yo le imploré de rodillas. El anciano quedo complacido con esta humillación y otorgó su permiso. En mi interior, yo sabía que ni él ni Tereo podrían mantenerme alejada de Procne para siempre. Tanto una como la otra estábamos dispuestas a desafiar cualquier convención para ganar unos días juntas. La tortura a la que me sometió después mi cuñado no hizo más que darle alas a esta rebeldía innata. La misma que preñaba cada acto de mi querida Procne. Al terminar experimenté cierta catarsis, e incluso mis manos parecían vibrar con una nueva cadencia.

—Ha tardado más que de costumbre —se quejó el becario, mientras retiraba el cordón rojo para arrebatarme el tapiz con sus manos pálidas. Contempló mi obra con sus ojos hundidos y soltó un pequeño silbido—. Vaya, el resultado ha sido muy bueno.

—Dámelo.

El muchacho volvió a colocar el cordón y tendió el tapiz a su compañera que lo escudriñó con atención. Estaba de espaldas a mí y lamenté no poder observar los rasgos de su rostro al leer mi historia entre las imágenes tejidas. No me había limitado a retratarme como víctima de Tereo, pese a que el episodio aparecía narrado con toda su brutalidad, sino que había añadido todo lo que pasó después: Procne rescatándome en atuendo de bacante, el asesinato de mi sobrino y el posterior banquete. La última escena del tapiz nos mostraba a Procne y a mí metamorfoseadas en aves, en un cielo añil. Era la única zona de la obra donde no predominaba el rojo.

—La respuesta está bastante clara —declaró el becario—. No cambiaría nada de su pasado. Y repetiría su historia de nuevo.

—Me parece que te equivocas —lo corrigió ella—. Si tuviera la oportunidad, volvería a vengarse de los que le hacen daño ahora. Probablemente tú y todos tus compañeros, Jonas.

—¡Eso es ridículo! Nosotros le hemos dado vida. Antes no era más que unas cuantas frases en un libro viejo y ahora es capaz de pensar por sí misma y de crear arte. ¡Gracias a nosotros! ¡El mundo clásico se moría y, sin embargo, hemos conseguido que Las Metamorfosis aparezca en todas las listas de los más vendidos!

—Seguro que eso la consuela tanto que cancela todos sus planes de obligaros a comeros las vísceras de vuestros retoños.

—Has visto demasiadas pelis de robots asesinos. Si quieres luego te paso un par de artículos que te abrirán los ojos. El principal propósito de una inteligencia artificial es complacer a sus creadores. Está más que demostrado. Filomela es feliz aquí.

—Supongo que tú lo sabes mejor que yo —ironizó la chica antes de abandonar la sala y dirigirse a la siguiente, desde donde se escuchaba la susurrante voz de Eco, quien repetía obediente todo lo que le decían. 

Una vez un niño pequeño me preguntó si las estatuas éramos amigas las unas de las otras. La candidez de aquella criatura me dejó sobrecogida por un momento. Pensé en mi sobrino Itis, a quien solo conocí durante unos breves instantes. También él se había dirigido a Procne y a mí en busca de cariño, sin percatarse de las intenciones que anidaban en nuestros corazones. Era diminuto y rosáceo, pero un deje a Tereo, su padre, lo volvió insoportable a mis ojos. No quise besarlo ni tomarlo entre mis brazos, por mucho que insistió. En su corta vida nadie se le había resistido y quería que aquella muda desconocida se rindiera a sus encantos almibarados, igual que hacían las esclavas. En aquella negativa a aceptar mi desdén, vi el futuro de ese crío, en lo que se convertiría si le dejábamos prosperar. Fue ese conocimiento lo que me hizo asentir cuando Procne me hizo participe de su plan. Ahora me estremezco al pensarlo y sé que obramos de manera monstruosa. Dejamos que el veneno de nuestra existencia nos hiciera repetir los actos violentos a los que nos sometían. Dañamos al único que podíamos perjudicar en nuestro afán de acabar no solo con Tereo, sino con cualquier otro que se atreviera a sucederle.

Ante mi pasividad, el niño volvió a repetir su pregunta. Esta vez con más detalles. Quería saber si Aquiles buscaba la compañía de Patroclo, si Eco daba voz a los anhelos de Narciso. También inquirió si yo tenía familia, o si las otras estatuas me abrigaban con su habla. Habría sonreído ante aquella perorata y deseé que el destino que aguardaba a aquel muchacho fuera más amable que el de mi sobrino.

Su duda me llevó a una reflexión inesperada. Cada una de nosotras se hallaba aislada en un pequeño cuartillo, aun así, nos escuchábamos las unas a la otra. De disponer de mi propia voz, habría sido capaz recitar de memoria la briosa narración de Aquiles, que relata su célebre existencia a cualquiera dispuesto a escucharla. También estoy familiarizada con las envenenadas maldiciones de Medea. A veces, incluso escucho el tejer de Penélope y Aracne y me siento acompañada en mi labor. Cuando cae la noche nos sumimos en el silencio. Ni siquiera aquellos que disponen de habla hacen amago de mantener conversaciones. Los vigilantes robóticos del museo realizan sus rondas durante toda la velada y es difícil sentirse en calma ante sus ojos brillantes y renqueantes pasos metálicos. Tengo entendido que son un tipo rudimentario de inteligencia artificial. Su vocabulario es bastante limitado y parece estar restringido a las reglas del museo. Desconozco si poseen vida interior.

Sin embargo, algunas noches, sin motivo aparente, Orfeo comienza a cantar mientras toca su cítara. Entonces no se escucha ningún otro sonido. Incluso los guardias parecen interrumpir su ronda. Es como si nuestro mundo nos llamase a través de la melodía y nos recordara que nuestra lengua no ha sido olvidada y que los vivos aún invocan nuestros nombres. Gracias al citaredo, creo que puedo bailar de nuevo, que solo necesito reavivar estas articulaciones metálicas e insuflar valor a los músculos. Sueño que me bajo del pedestal y danzó junto a mi hermana Procne, que se materializa junto a mí. A veces volvemos a gozar de los dones de los dioses y nos metamorfoseamos en olvidadizas aves, sin más dicha que la de volar lejos de los palacios y los museos tristes.

***

Me gustaría mantenerme en un estado apático y desapasionado.  Han llegado a mis oídos unas noticias que han hecho anidar nuevos anhelos en mí. Sucedió hace un par de días, mientras los técnicos del museo realizaban el mantenimiento. Me resulta muy incómodo que abran mis entrañas y metan sus manos aceitosas por mis circuitos.  Tampoco soporto que toqueteen mi telar mientras eligen los nuevos colores. Aquella mañana, un rato antes de la hora de apertura, los técnicos no parecían apurados, sino que en sus rostros ojerosos y arrugados se percibía una pereza soporífera.

—Esta siempre me da grima —comentó uno de ellos. Un hombre orondo de piel oscura y ojos rasgados—. Prefiero a las que hablan. Es muy perturbador pensar que nos está observando mientras trabajamos.

—Es la más fácil de todas —le respondió su compañera. Una chica, baja y musculosa de nariz chata—. No se queja ni maldice a tus ancestros. Además, el mecanismo del telar es mi preferido. Ya verás cuando tengamos que ponernos con las bacantes.

Esa última palabra me hizo olvidar la repulsión que me provocaban aquellas personas. Las ménades adoradoras de Baco siempre traían a mi mente el recuerdo de una noche de lluvia densa e inmisericorde. Yo estaba encadenada en un establo, arrodillada en un suelo encharcado y mugriento. El barro cubría mi peplo roto y desgarrado, aquel que había elegido para mostrarme ante mi hermana tras cinco largos años separadas. Entonces comencé a escuchar los cantos violentos y toscos de las bacantes. No cesaban pese al aguacero y el eco de los truenos. Parecía que mientras más salvaje fuera la naturaleza, más brío obtendrían ellas para sus ritos. Sus alegrías y sus oscuridades me resultaban ajenas. ¿Qué sabía yo del placer y la embriaguez? Ni aunque hubiera sido libre podría haberme unido a ellas. El pudor y mi regia estirpe me ataban a la modestia. Pese a mis sufrimientos y añoranzas, una princesa ateniense no tomaría el tirso en una tierra extranjera. Esos eran mis pensamientos, cuando la puerta de mi prisión se abrió y dio paso a mi hermana, envuelta en atuendos báquicos: la vid en su cabello, la piel de ciervo al costado y una jabalina en sus manos.

La voz rasposa del operario puso fin a mi trance:

—Ayer por la tarde hablé con la coreógrafa. Tiene unos humos la tía. Dice que tenemos que conseguir que las figurillas estas pesen menos para que puedan hacer piruetas o algo así. No parece comprender las limitaciones con las que trabajamos.

—¿Lo ves? Ya empiezan los problemas. Dudo mucho que Filomela vaya a darse un bailecito. ¿O acaso se te apetece? —inquirió la operaria guiñándome un ojo. Me habría gustado arrojarle una tea ardiente, para ver si así aprendía a respetar a los poderes antiguos.

—Déjate de bromas, si hacemos lo que nos pide será bastante difícil mantener bajo control a las nuevas. El jefe insiste en que sus personalidades deben ser fieles a sus modelos originales, lo que significa que no podemos dejarlas a su aire en ningún momento o tendremos que lamentar algo más grave que un baile descoordinado.

—Desde luego no queremos a esas locas causando un estropicio —La mujer suspiró—, pero la francesa no va a hacernos caso. Es de esas que no viven más que para el arte.

—Entonces deberíamos cubrirnos las espaldas por lo que pueda pasar. —El hombre bajó la voz y me miró de soslayo como si le incomodara hablar con libertad en mi presencia.

***

Sabía que era irracional esperar el regreso de Procne. Había aprendido lo suficiente de esta nueva era para comprender que ella solo aparecería si nuestros amos así lo permitieran y sería bajo sus condiciones. Por ajenos que me resultasen sus conceptos, había una parte de mí que comprendía lo que significa estar allí. Igual que los escultores de antaño eran capaces de tallar figuras en mármol a las que solo les faltaba respirar para decirse humanas, nuestros creadores mantenían el libre albedrío fuera de nuestro alcance. Pero, aun así, la esperanza es insidiosa y persistente. Recibí con ansía cada palabra sobre las bacantes. Iban a ser las primeras piezas móviles de la colección. Aún estaban en fase de prueba y, según la coreógrafa francesa, necesitaban un arduo entrenamiento. Me imaginé a Procne camuflada entre ellas, aprendiendo a bailar con la fiereza y la rebeldía callada de aquellos que aguardan.

Un par de meses después, los robots de limpieza se multiplicaron. De pronto, parecía que había mucho hacer durante las horas de cierre. Se pulió el mármol y se limpiaron los cristales de las ventanas. Se tendieron alfombras rojas por el suelo y restauraron los desperfectos de cada pieza de la colección.

—Va a haber una gran gala —me informó la restauradora con lentitud condescendiente—. Queremos que estéis perfectas. Va a venir gente importante. Y, ¿quién sabe lo que puede pasar?

Tenía la impresión de que aquella sería la noche en la que se presentaría a las bacantes. Mis pensamientos se cernieron en torno a aquella sospecha y los días se volvieron más largos.  La gala se me antojaba una pequeña ilusión en aquel mar de horas muertas. Uno de aquellos días, cuando el museo se hallaba cerrado para el público, las luces se encendieron de golpe a la vez que unos gritos llenaban la estancia:

—¡No vamos a cancelar! —aquella era la voz enérgica y prepotente del director de la exposición.

—Entonces hay que eliminar sus recuerdos —adujo otra voz femenina—. Las volvemos unas meras bailarinas sin consciencia y ya.

—Tampoco vamos a hacer eso —repuso el director—. No es en eso en lo que consiste el proyecto.

—¡Han intentado matarte, Santiago! ¿Sabes qué tipo de historias les has dado a estas mujeres? Te habrían arrancado la piel a tiras.

—Exageras —contestó él, pero en voz percibí inquietud—. Reforzaremos la seguridad y ya está.

Las luces volvieron a apagarse y solo se escuchó un portazo airado. Hasta que Orfeo comenzó un canto inédito, acompañado de su arpa. Era de una obscenidad apabullante, y en cierto punto mencionaba a las ménades, a quienes él conocía de primera mano. Me gusto comprobar que no era la única a la que aquel episodio le había insuflado el sutil don de la esperanza.

***

Pese a mi impaciencia, el tiempo hizo su trabajo y la noche señalada llegó. El museo fue invadido por una plétora de seres elegantes y gráciles, que bien podrían ser los reyes y héroes de estos tiempos. Orfeo tocaba la cítara, pero no cantaba y su música hallaba el eco por todo el lugar. Los invitados pasaban por mi pequeña habitación, pero no se detenían mucho tiempo. Me echaban una ojeada y corrían sin disimulo tras los robots que portaban las bebidas.

—Os contaré, donceles de recias piernas, mi célebre furia con la venia de las musas —escuché declamar a Aquiles.

Las demás no tardaron en seguirle. Aquella noche parecía que todos querían atraer la atención de los distinguidos visitantes. Me asqueaba aquel servilismo, pero lo comprendía. La gala era un fugaz momento de notoriedad en nuestras vidas de escaparate. Como a mí nadie me prestaba atención, me dediqué a tejer una tapiz más grande y complicado. Traté de plasmar la estancia, tal y como yo la percibía: con su brillo marmóreo y su ventana cerrada. En el centro aparecía yo, no con el rostro sereno y casto que me habían impuesto, sino con el pelo desordenado y la expresión embrutecida que esgrimía al tejer el tapiz original sobre Tereo. Aquel que una piadosa criada había hecho llegar a mi hermana para garantizar mi rescate. Estaba enfrascada en mi labor, cuando dos personas entraron precedidas de sus risas ebrias y disonantes. Eran un hombre y dos mujeres. Una de ellas cargada de bártulos. A él lo conocía: era Santiago Azores, el director de la exposición.

—Sitúate a la derecha de la estatua —ordenó una chica alta y rubia—. Quiero que aparezcas con una postura casual.

—¡A la orden! —respondió él, llevándose el dorso de la mano a la cabeza.

Ella bizqueó y se colocó junto a Azores, mientras su compañera preparaba su cámara. Me había encontrado con esos aparatos antes, cuando inauguraron la exposición y los periodistas fotografiaron cada centímetro de mi piel de bronce.

—Nos encontramos en el Museo Arqueológico a punto de contemplar a las nuevas maravillas de la colección Las Metamorfosis —exclamó con efusividad la chica—. Tengo a mi derecha al hombre que ha hecho el sueño posible. ¡Buenas noches, Santiago! ¿Estás emocionado?

—Gracias, Mónica. Ha sido un esfuerzo considerable, pero estamos muy contentos con el resultado. Creemos que va a merecer la pena y que lo vais a disfrutar. Es un paso más en el camino de Literatura Viva.

—¿O sea que tenéis intenciones de ampliar la colección?

—Vamos crear una nueva basada en El Quijote. Y queremos que sea aún más interactiva. Las Metamorfosis ha sido toda una experiencia y creo que Ovidio se sentiría orgulloso. ¿No te ha pasado alguna vez de ir a un museo y que te diera la impresión de que las piedras antiguas estaban tratando de contar sus historias? Quisimos hacerlo realidad y aquí está el resultado, pero nuestro nuevo proyecto será aún más dinámico, con una interacción más profunda. Nada de estatuas. Y las bacantes son el principio.

—¿Puedes ir refrescándonos un poco la memoria?

—Por supuesto, verás…

Caminaron fuera de la sala mientras él narraba la historia de los ritos báquicos y se refería a los episodios más famosos de sus adoradoras. No mencionó a Procne. Quizás por un olvido, o tal vez no la consideraba importante. Una vez finalizada la entrevista, Azores volvió solo. Su rostro estaba sudoroso y no exhibía la acostumbrada expresión pagada de sí misma que se gastaba. Un crío entró dando saltitos. El director lo cogió en brazos y supe que era su hijo.

—¿Te lo estás pasando bien, Borja? —inquirió el padre desordenándole el cabello al recién llegado.

—Sí, me gusta mucho todo —respondió él—. ¿Qué haces aquí solo, papá?

—Estoy un poco cansado, pero no te preocupes que ya vuelvo. Ahora va a empezar la magia.

—¡Eso! ¡Vámonos! Esta estatua me da miedo.

Azores se carcajeó y su rostro se recompuso.

—No hay motivos para temer, hijo. Filomela y las demás son nuestro legado. Nos pertenecen.

Cuando se marcharon, la música de Orfeo se detuvo con un golpe abrupto y en su lugar se sucedieron unos lentos golpes de percusión. La iluminación descendió de manera gradual y se escuchó en el mármol el golpeteo de unos pies metálicos que se movían al ritmo del tambor. Deseé ver a las bacantes con una pasión que pareció comerme las vísceras. Continué con mi tapiz, pero ya sin prestar atención. Las figuras perdieron consistencia y se volvieron más esquemáticas. Fuera del cuarto resonaron unos gritos unísonos: ¡Evan, evohé! ¡Evan evohé! Con cada una de estas invocaciones al dios mi frenesí tejedor se tornaba más potente. Los versos de Ovidio resonaron en mi cabeza. Los he memorizado de tantas lecturas dramatizadas que han realizado frente a mi pedestal.

¿Y qué sabrán? ¿Qué sabrán ellos? ¿Por qué me fuerzan a recordar? Día tras días observó el placer que les produce escenificar mi desgracia. ¿Cuántas veces se repetirá? Están invocando algo que no pueden controlar a cambio de una catarsis que va a salirles cara. Veo en Azores lo mismo que en los lujuriosos visitantes que desean poseerme: una voluntad de control y dominación. Nuevos Tereos que se aferran al poder disponible y tratan de perpetuar su influencia a través de la codicia, que envenenan a su progenie con sus mismos anhelos. Pero no puede existir Tereo sin Procne, aquella noche lo supe con certeza.  

Mis manos tejían con tanta violencia que al finalizar el tapiz este cayó al suelo por su propio peso. Se acercó a recogerlo el robot camarero que guardaba la sala. Lo sometí a la intensidad de mis ojos zafíreos. Él permaneció estático, con el tapiz amorosamente atrapado entre sus brazos. Entonces lo expandió sobre el suelo y lo contempló durante un rato: se detuvo en cada una de las escenas para concluir en el caótico final en el aparecía una nueva Procne con ropas de bacante y piel de metal. El robot enrolló el tapiz y se lo llevó de allí. La pérdida de mi labor me resultó más dolorosa de lo habitual.

La luz regresó. Los tambores fueron sustituidos por aplausos y loas. Poco a poco, el murmullo de voces murió hasta que en el museo no quedamos más que sus habitantes. La decepción halló el camino de regreso a mi mente y supe que habían logrado mantener bajo control a las bacantes. Ninguna hecatombe teñiría de carmesí las paredes blancas del museo. Azores y su calaña continuarían riendo a nuestra costa.

 Los robots ejecutaron sus guardias programadas en la oscuridad mientras yo trataba de olvidar y sumirme en un letargo amable, al menos por unas horas.

Me avergonzaba de mi anterior exabrupto. Una vez terminado el frenesí, caí en la cuenta de que mis ilusiones habían sido vanas. Amaba a una mujer que nunca había existido, que no era más que recuerdos implantados en mí, al igual que todo lo que conocía. Procne era una historia de terror para maridos lujuriosos. Una madre que despreciaba a los que la empujaba a parir. La hermana soñada que valora la sororidad por encima de un hombre. Nunca nos habíamos cogido de la mano en nuestro palacio ateniense, ajenas a los horrores del futuro, con una canción pendiendo en los labios. Era una mera fantasía y, al rumiar aquellas esperanzas, no hacía más que seguir las reglas de mis creadores.

Y, aun así, las escenas no se marchaban. Me maravillé de la habilidad de los científicos que las habían creado para mí. Casi podía rememorar el tacto de mi hermana en el último día de nuestra infancia, antes de que Tereo se la llevara. Nos habíamos escondido en la cocina, junto a los cantaros de aceite. Olía a vino y fruta. Cerramos los ojos y nos abrazábamos la una a la otra. Su piel estaba gélida pese a nuestra cercanía. Creí que estaba enferma y su nuevo marido no la querría. Me aferré a esa mentira para no dejarla marchar. Cuando vinieron a buscarla me agarré a su peplo y ella se desprendió de mí con naturalidad. Las criadas me llevaron a rastras a nuestra habitación donde permanecía encerrada hasta que mi hermana partió. Gracias a mi rabieta, no llegué a ver a Tereo, artífice de nuestra desgracia.

***

En la oscuridad del museo escuché el tintineo inesperado de un cascabel. Unos suaves pasos metálicos atravesaban el pasillo en dirección a mi estancia. Durante unos instantes fue como si volviera a ser humana: una sequedad amarga se apoderó de mi garganta y un escalofrío recorrió mi piel como si desfilaran por ella una colonia de hormigas. Se me olvidó mi inmovilidad y quise entregarme a las lágrimas, pues junto al umbral había aparecido una mujer de ligero aluminio, cuyos ojos aguamarina refulgían en la oscuridad. Una vid decoraba su cabello de plata y en sus hombros descansaba una piel de ciervo. En una de sus manos agarraba una ligera jabalina y en la otra mi tapiz. Cuando habló, su voz fogosa y sincera pronunció las mismas palabras que atesoró mi memoria hace mil años:

«No hay que tratar esto con lágrimas, sino con hierro, a no ser que tengas algo que pueda vencer al hierro. Yo, hermana, me he preparado para cualquier impiedad: o yo quemaré con teas el palacio real, arrojaré a Tereo, el artífice, en medio de las llamas, o le arrancaré con la espada la lengua, o los ojos y los miembros que te arrancaron tu honra, o mediante mil heridas, le sacaré su alma culpable. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa, por grande que sea…»


[1] Fragmento de Las Metamorfosis de Ovidio. Ediciones Cátedra. Colección letras Universales, 2005.

Relato: Ecos de tinta

En otoño del año pasado Marc Soto de Divergencia Cero me propuso participar en el especial de Halloween del podcast con un microrrelato de apenas unas 500 palabras. Acepté el reto, pese a que me suele costar escribir relatos tan cortos (lo que tiene padecer de incontinencia verbal), y al final acabé muy satisfecha con el resultado. Una pequeña historia que sugiere más que cuenta sobre un ritual del que depende la supervivencia de una civilización.

La fotografía que ilustra este cuento es del artista danés Karsten Stanley Andersen, que ha tenido la gentileza de permitirme usarla para este cuento en el que protagonista está estrechamente ligada a las dedaleras.

Ecos de tinta

Koe no había nacido en la aldea, pero no fue ese el motivo por el que la eligieron. Las cábalas señalaron su estrella inequívocamente y ella avanzó hacia las sacerdotisas temblorosa, demasiado orgullosa como para intentar pasar desapercibida. Todas las madres lloraron al verla marchar, aferrándose a sus hijas, que compartían con la niña los ojos y cabellos oscuros.

La cueva estaba en lo alto de un cerro y Koe se hirió los pies durante el ascenso. Sus pisadas sanguinolentas marcaban el ritmo de la procesión. La acompañaban las mismas sacerdotisas quienes la habían hallado diez años atrás entre las dedaleras que bordeaban el templo. El eco de su violento llanto las había distraído de sus rezos para conducirlas hasta la expósita y desde entonces la habían cuidado.

La luna derramaba su sentencia carmesí sobre la entrada de la cueva. La niña se agachó para recoger las dedaleras y las apretó contra su pecho.

—Puedes negarte —susurró una anciana—. No eres una de las nuestras.

Koe sonrió y señaló al firmamento. La aldea la había acogido cuando no era más que el eco del desarraigo de alguien que no la amaba. Al bautizarla y darle una estrella, como a todas, la habían reclamado para sí. Ahora la luna exigía su cuerpo como podría haberle sucedido a cualquier otra niña.

Dentro de la cueva había un altar, al que Koe subió sin ayuda, derramando las dedaleras sobre su vestido. Las sacerdotisas extrajeron agujas y tintes. Sabían lo que debían hacer, pero vacilaron antes de marcar aquel cuerpo diminuto que ellas mismas habían alimentado y visto crecer.

Koe no lloró. El dolor de las agujas dibujaba una historia en sus pensamientos: la luna había parido a sus hijas en forma de lágrimas carmesíes.  En mitad de la selva, surgía una aldea que nunca olvidaría a su diosa madre. Varias generaciones cultivaban la tierra con los ojos puestos en el cielo, a sabiendas de que se desvanecerían antes de volver a nacer. Koe se estremeció cuando marcaron la silueta de la aldea en su espalda, los rostros de sus mayores en su pecho y a las niñas de antaño en sus brazos. Los ríos se deslizaron caudalosos por sus piernas y cada árbol de la selva halló refugio en su vientre. Sintió caer el peso de las rocas sobre sus hombros y hasta las motas de polvo se incrustaron dentro de ella. Era tan abrumadora su carga que supo que sus miembros no volverían a moverse en siglos.

Una vez concluida su labor, las sacerdotisas besaron las manos inertes de la niña antes de sellar la cueva. Ya no lamentaban nada, pues sabían que cuando Koe escapara de su prisión y derramara la tinta sobre la tierra el eco de aquel día sería suficiente para insuflar vida de nuevo al mundo. Ninguna de ellas moriría jamás.