El telar de Aracne

Carmen Romero Lorenzo

Categoría: Autoras

Traducción (II) Suficientemente dura de Marissa Lingen

Vuelvo al blog para traeros una nueva traducción. Esta vez se trata del artículo “Suficientemente dura” de la autora estadounidense Marissa Lingen, publicado originalmente en Uncanny Magazine.  Lingen reflexiona sobre el término “ciencia ficción dura” y sobre quiénes están capacitados para escribirla.

Si queréis saber más sobre la autora, Marissa Lingen vive en Minnesota y ha publicado decenas de cuentos de fantasía y ciencia ficción en revistas y antologías especializadas. Aquí podéis consultar toda su bibliografía.

Sin más dilación, os dejo con su artículo:

Suficientemente dura

Marissa Lingen

Viajar más rápido que la velocidad de la luz no es ciencia. Intenta demostrarme lo contrario.

¿Viajar en el tiempo? Tampoco

La lista de tropos de ciencia ficción y la de tropos no considerados lo suficientemente científicos para contar como ciencia ficción son casi idénticas. Así pues, la cuestión sería: ¿de quién es la verdadera ciencia ficción? ¿De quién es la ciencia ficción dura? ¿Quién escribe una ciencia lo suficientemente científica?

Como escritora que oscila entre la ciencia ficción y la fantasía, con algunas obras que son básicamente ciencia ficción dura, he empleado mi grado en física bastante. Utilizó ecuaciones diferenciales parciales con más frecuencia de la que se podría pensar. Y, me apresuro a aclarar, no para calcular órbitas, coeficientes de materiales, o cualquier otra cuestión que pueda parecer lo suficientemente dura e hipercientífica. No. Uso las ecuaciones diferenciales cuando me preguntan cosas como: “¿Por qué las mujeres no escriben ciencia ficción?, que en realidad suele traducirse en: “¿Por qué las mujeres no escriben verdadera ciencia ficción que no pueda confundirse con la fantasía?”

Cuando los fans masculinos se plantan delante de mí (y de mis decenas de publicaciones en Analog and Nature y antologías con nombres como “Ciencia ficción escrita por científicos”) y me preguntan si las mujeres no escriben ciencia ficción porque carecen de currículum científico, las ecuaciones diferenciales se convierten en un recurso muy fácil al que echar mano. Actúan como escudo. Como un caparazón que he desarrollado.

Y lo he hecho. Recuerdo tres ocasiones (y quizás me esté olvidando de alguna, se me mezclan unas con otras) en las que he retado a los asistentes entre la audiencia que han declarado algo similar, que las mujeres no escriben ciencia ficción o ciencia ficción dura, a un concurso de ecuaciones diferenciales. Incluso me ofrecía a empezar yo misma.

Ponme a prueba. Me he endurecido. Soy lo suficientemente dura.

Nunca aceptan el reto, así que logro existir como escritora de ciencia ficción dura. Sé más de ciencia que ellos, así que gano.

El problema es que ellos no son los únicos que pierden.

En el número del 11 de enero de 2018 de la revista Nature figuraba una encuesta del centro Pew Research en la que se afirmaba que la mitad de las mujeres que trabajaban en campos científicos admitían haber sufrido discriminación a causa de su género, en comparación con el 41% en otros campos. El 62% de las personas negras ocupando cargos científicos denunciaban lo mismo respecto a la discriminación racial, en comparación con el 50% de personas negras en otros trabajos. No se proporcionaban números sobre personas no binarias, por ejemplo, o latinas, o nativas, indígenas, o de las Naciones Originarias de Canadá, o de cualquier otro grupo marginalizado.

Y eso es solo un sitio donde comenzar a vislumbrar el problema con las personas a quiénes consideramos las más aptas para escribir ciencia ficción dura. Otro dato básico sería el de quiénes están dedicándose a la ciencia de manera profesional. El censo nos informa de que las personas negras constituyen el 6% de los trabajadores en este campo, en comparación con el 11% total de mano de obra en los EEUU. Tiene sentido cuando una se detiene a mirar el tipo de discriminación que existe en estos trabajos. Y cuando se piensa en el tipo de discriminación que precede a esta.

Obviamente las cifras varían a nivel global. Pero la mayoría de la ciencia ficción que se publica en el mundo anglófono está escrita por personas que trabajan en el mundo anglófono. Y aquí tenemos un problema con los campos científicos, en primer lugar, con el acceso a ellos y después con cuestiones de estatus y acoso a los que consiguen entrar. Y mientras más aceptamos esta división entre los que tienen acreditaciones para escribir ciencia ficción dura y los que no, más reforzamos la idea de que los cualificados son… los sospechosos habituales, que estadísticamente van a ser hombres cis, blancos y heterosexuales.

La imagen de la ciencia que se nos presenta en la ficción también refuerza nuestro ideario de quiénes son los científicos. Y estudio tras estudio nos han revelado que las imágenes que nos muestran, y la que nosotros mismos nos hemos creado, sobre los científicos son de media estadística la de hombres blancos con el pelo alborotado. (Tengo que confesar que lo del pelo alborotado es bastante real). Esto se retrotrae al tema de quiénes escriben ciencia ficción y, por ende, a qué tipo de personajes científicos es probable que vayan a representar.

Y todo esto ya sería lo suficientemente malo si la ciencia ficción dura realmente requiriera de las ecuaciones diferenciales, pero yo he escrito bastante, y leído todavía más, y puedo prometer que ninguna ecuación diferencial sufrió daño alguno en la elaboración de este tipo de ficción. O más bien, probablemente sufrieron daños, al menos a nivel emocional, si echaron un vistazo a lo que se les obligaba a hacer, porque con toda certeza no se las estaba utilizando para construir dicha ficción de manera meticulosa.

Pero ¿no se supone que esto va de la ciencia? ¿No es esa la definición? Más o menos. En partes. La ciencia ficción dura es jugar con la ciencia. Divertirse con ella. Trastear como un niño travieso. Y los fans de la ciencia ficción dura suelen recordarlo perfectamente excepto cuando hay alguien dispuesto a incluir en la etiqueta algo que no es lo suficientemente duro.

Ups.

¿De qué otra manera podríamos hacerlo? ¿Cómo mejoramos esta situación? ¿Cómo dejo de conversar con escritores, inteligentes y con talento, que me dicen que no saben lo suficiente de ciencia como para escribir una historia de ciencia ficción dura, que la suya solo va de una familia en Marte que encuentra una roca de aspecto extraño? Que la suya solo va de zoología o de algo que les interesa mucho sobre la botánica. Hasta cierto punto, siempre que escriban su historia no importa si no quieren batirse a puñetazos por la etiqueta. Escribid la historia, jugad con la ciencia, encontrad ese placer. Disfrutad de vuestros loros, hongos, y de vuestros extraños alienígenas muriéndose de ganas de respirar metano.

Pero los que estamos dentro, los que tenemos las acreditaciones para decir “sí, he hecho la dispersión de Rutherford, he usado un microscopio de exploración y contemplado las relaciones estructurales de los átomos de la substancia que elegí poner en esta historia. He hecho todo eso, hasta en mi DNI pone que soy una friki de la ciencia, lo llevó aquí si quieres verlo”. No creo que sea suficiente sacudírselo de encima y dejarlo caer sobre la espalda de otros. Decir que para ellos no importa. Depende de nosotros, que trabajamos desde dentro, decir: “en realidad, este no es el motivo. Tengo mis acreditaciones de científica, pero no son el motor de mi ciencia ficción. He trasteado bastante con el género. Sé lo que lo hace funcionar. Y no son las acreditaciones”.

Y decir: “Eh, yo trabajo con ciencia, la conozco, y… la botánica también es ciencia y la zoología y la psicología”. Así que, si la ciencia ficción dura es la que especula con la ciencia, tratad de adivina a quién me gustaría proponer para el club.

La ciencia ficción dura es como construir con cubos de juguete. Vuestras obras no tienen que copiar el código de edificación del vecindario, el único requisito es que se no desmoronen durante el tiempo necesario para convertirse en algo guay. Con una caja de cubos versátil, puede construirse un arte conmovedor y que desafié nuestra manera de pensar. Contemplar a un graduado en arquitectura jugar con cubos puede ser increíble, pero eso no significa que sean los únicos capaces de construir algo que merezca nuestra atención. Y casi nunca van a dedicarse a apartar a los demás y decirles que ni lo intenten.

En la práctica, la ciencia ficción dura es casi siempre un término comparativo. Más dura que esto o que lo otro. Cuando alguien empieza una guerra en el género argumentando que Stark Trek está dentro y Star Wars no, es fácil para un fan de Greg Egan dejarlo fuera de combate con una explicación sobre el aspecto de la “verdadera ciencia ficción dura”. Pero desde el punto de vista creativo, ¿adónde nos lleva eso? ¿Es ese el camino para incluir a voces diversas que tradicionalmente se han quedado fuera?

¿No es más divertido tener más amigos, cada uno diferente, que jueguen a la ciencia contigo? ¿No es mejor para la ficción, la ciencia ficción, y la ciencia ficción dura, encogerse de hombros y decir “tiraos a la piscina, el agua está perfecta”? y si da la casualidad de que queréis escribir ciencia ficción dura sobre hidrología, no os hace falta un título universitario, solo documentaros y divertíos especulando.

Desde los blandos interiores de este caparazón de física, os puedo prometer que eso es de lo que realmente va la ciencia ficción dura.

No quiero concebir la literatura como un producto industrial

 

En las redes, existe una presión constante para que todo a lo que dediquemos nuestro tiempo dé rentabilidad  y se traduzca en algún tipo de beneficio tangible. Esta mentalidad se ha abierto hueco también en los ambientes creativos, lo que ha acarreado para muchos artistas una  frustración constante por no producir lo suficiente ni ser capaz de darle una salida comercial a su trabajo. En este artículo voy a centrarme en la literatura, que es mi campo, y los motivos por los que creo que la escritura tiene más en común con la elaboración de una obra artesanal que con la de un producto industrial.

Hace tiempo leí una entrevista de Amélie Nothomb en la que afirmaba escribir tres novelas al año, de las cuales elegía una para publicar, mientras las otras dos quedaban relegadas al cajón. Me llamo la atención porque Nothomb es una autora de reconocido prestigio a nivel internacional y, si se lo propusiera, podría publicar más de una novela anual. Después llegue a la conclusión de que ese freno, que ella misma se ponía, no solo provenía de una voluntad de no saturar a sus lectores, sino que demostraba una capacidad de autocrítica envidiable: la de una autora que reconoce que no todo lo que escribe es publicable. Aun así, esas dos novelas descartadas la han ayudado a mantener su ritmo y rutina de escritura.

No pienso que todo lo que  yo escriba sea digno de ser publicado y, sin embargo, tampoco considero que los proyectos que no salen a la luz ni me han dado un céntimo sean inútiles. Han formado parte de mi proceso de aprendizaje como escritora y siempre consigo aprovechar algo de ellos (un personaje, una idea, una escena) que pueden incluso inspirarme un nuevo relato o novela. Eso sin contar los ejercicios de escritura, que muchas veces están destinados tan solo a salir del bloqueo creativo o a no perder la costumbre de escribir todas las semanas.

A lo que voy es que la escritura es un arte que necesita práctica y dedicación. Para alcanzar tu objetivo, probablemente dejarás tras de ti un interminable reguero de historias abandonadas en el cajón o reescritas hasta resultar irreconocibles. Y eso no es malo.  A escribir se aprende escribiendo (y leyendo) y tu grueso de trabajo sin publicar indica también el número de horas que has estado dedicándole  a tu pasión. En todas las artes se realizan obras simplemente para mejorar la técnica y la escritura no tiene por qué ser menos.

La literatura tiene mucho de prueba y error. Hay veces que en nuestros escritos hay algo que no funciona  y simplemente tenemos que aceptarlo, borrar unas cuantas palabras y ponernos a reescribir.  Al final, lo que nos convertirá en mejores autores es la capacidad de coger lo que escribimos, analizarlo y trabajar para mejorarlo. Nada de esto nos garantiza una publicación o una buena acogida del público, pero sí que nos acerca al lugar en el que queremos estar como artistas.

La concepción de las obras literarias como “productos” me parece fría y más propia del mundo del marketing que de las artes. Y sí, sé que los escritores se ven obligados hoy en día a vender sus propias obras tanto si tienen detrás a una editorial como si no. Quizás precisamente por eso, me parece importante defender nuestra necesidad de crear como algo independiente del mercado. Me apena ver a escritores jóvenes que apenas han empezado su primera novela preocupados de que lo  escriban no sea comercial,  o tenga que ajustarse sí o sí a las demandas de un mercado cuyas tendencias fluctúan cada año. Es difícil disfrutar de la escritura así, o encontrar tu propio camino y tu propio estilo. La prisa por publicar no suele ser buena consejera (y los gurus de la escritura en las redes menos aún). Por eso, apuesto por la concepción de la escritura como un arte que se desarrolla durante toda la vida, en el que cada obra es  única y responde a nuestra identidad como artistas, no  un producto industrial al que ponerle la etiqueta de moda y lanzar al mercado.

 

Traducción (I): Pies de arcilla de Nina Allan

Hoy comienzo una nueva sección en el blog: traducciones de relatos.  Tengo la intención de que sea periódica, con al  menos una entrega al mes. El primero de ellos va a ser Pies de arcilla de Nina Allan,  autora que ya mencioné en mi anterior entrada y que ha tenido la amabilidad de concederme su permiso para publicar mi traducción.

Este relato se publicó por primera vez bajo el título de Feet of Clay en la antología antifascista Never Again (2010), editada por Allyson Bird y Joel Lane y publicada por Gray Friar Press. Más tarde volvió a aparecer en una nueva antología Full Fathom Forty, de cuya edición se encargó David J. Howe y vio la luz gracias a  British Fantasy Society Publications.

Sobre el relato: 

Esta historia se centra en la muerte la abuela de Allis, Hanne, una de las últimas superviviente de Auswitch. Allis  siempre han tenido una relación extraña con Hanne, por una parte la respeta y trata de satisfacer sus altas expectativas, mientras por otra está aterrorizada a causa de sus historias del campo de concentración, que a menudo entrelaza con elementos fantásticos del pueblo judío. Además, la autora establece un paralelismo entre los horrores del nazismo y las maneras en la que el fascismo se manifiesta hoy en día. En definitiva, es un relato sobre los lazos familiares, la pérdida y la resistencia frente al fascismo, aderezado con elementos fantásticos.

Sobre la autora: 

Nina Allan

Nina Allan es una autora británica nacida en Londres en 1966. Estudió Lengua y literatura rusa en la University of Reading y la University of Exeter, además de un máster en Literatura en la  Corpus Christi College de Oxford. Ha publicado relatos y ensayos en multitud de revistas y antologías.  Tiene varias colecciones de relatos, novelas cortas y un par de novelas, a la que pronto se sumara una tercera Dollmaker en marzo del 2019. Sus escritos se caracterizan por un cuidado excepcional del estilo y los personajes, además de un por un acercamiento de los elementos especulativos a la vida diaria.

En nuestro idioma podemos encontrar las siguientes obras suyas:

  • La carrera (Nevsky, 2017)
  • Máquinas del tiempo (Nevsky, 2014)
  • Tejedora (Fata Libelli, 2014)

golem

Pies de arcilla

Nina Allan

Traducido por: Carmen Romero Lorenzo

*Podréis descargar en PDF relato Pies de arcilla en este enlace o leerlo directamente en la entrada.

Allis se estaba preparando para salir cuando Noel llamó. Sonaba culpable.  Pensó que iba a decirle que no podía ir al funeral de su abuela, pero resultó que la llamaba para romper con ella. Le contó que había conocido a otra y que se iban a casar.

—Se llama Nelly —dijo—. Te digo de verdad que nunca quise que esto sucediera.

—No me lo puedo creer —contestó Allis­—. Tengo que estar en el funeral en media hora.

—Otra vez —repuso Noel. De nuevo había adoptado el tono de superioridad moral que ella había llegado a odiar. Se zambullía en él con tanta facilidad como un sapo en un charco de barro—. Siempre tienes que hablar de ti.

Se dijeron más cosas. Palabra que Allis se esforzó por olvidar, y luego Noel le colgó. Allis llegó a la sinagoga tan solo unos minutos antes de que comenzara la ceremonia. El interior estaba abarrotado. Hannah había sido una persona muy respetada. Había sobrevivido al Holocausto. Su muerte a la edad de noventa años significaba el fin de una era.

Allis se deslizó por el fondo. Jonas, su padre, ya estaba sentado al frente de la sala. Tuvo que abrirse paso entre la multitud para llegar hasta él. Después, en el cementerio, ambos recibieron los pésames de los asistentes junto a la tumba de Hanne. Jonas Ganesh estaba gris y ojeroso, como una versión más pálida y atenuada de su hija. Allis se percató de que la tía Rose lloraba sin reparos, aunque ella y Hanne nunca se habían llevado bien. Rose Steenberg era la hermana de su madre. Hanne siempre se había referido a ella como «la estúpida esa».  Miriam, la madre de Allis, había compartido el carácter extrovertido y la naturaleza sensible de Rose, pero se había redimido a ojos de Hanne por su labor académica. Se graduó en el Imperial College con una matrícula de honor en matemáticas aplicadas. Rose dejó la escuela a los dieciséis para ser enfermera. Con delicadeza, Allis apartó a su tía y la cogió del brazo.

—¿Estás bien, tía Rosie?

Rose la miró con los ojos enrojecidos y se echó a llorar de nuevo. Su tío Amos, el marido de Rose, sacudió la cabeza.

—No es por el funeral —informó—. Han atacado el centro esta mañana. Un matón ha arrojado una bomba de petróleo por la ventana de la cocina. Acabamos de declarar en comisaría. Hemos llegado a tiempo de milagro.

—¡Qué horror! —exclamó Allis—.  ¿Hay heridos?

Rose se había jubilado de su trabajo en el hospital algunos años atrás, pero tanto ella como Amos estaba muy involucrados en el voluntariado que realizaban en un centro local para refugiados. Rose, sobre todo, pasaba una considerable cantidad de tiempo allí. Nunca había podido tener hijos, y Allis sospechaba que los niños del centro significaban mucho para ella.

—Farrook tiene quemaduras graves en los dos brazos —dijo Rose con calma—. Estaba junto a la ventana cuando sucedió. Por suerte, los otros pudieron apagar el fuego antes de que causara demasiados daños, pero los niños estaban muy asustados.

—Farrook es de Afganistán —explicó Amos—. Estaba estudiando medicina, pero los talibanes se lo impidieron. Vino aquí porque pensó que estaría a salvo.

—¿Seguro que estáis bien? —preguntó Allis—. ¿Os gustaría que me quedara con vosotros esta noche?

—No seas tonta. Estamos bien. Tú tienes que estar con tu padre.

Amos le dio un beso en la frente, como solía hacer cuando era una niña. Se unieron a Jonas y volvieron a la casa, donde Allis y uno de los primos habían preparado un bufé para el funeral. Los asistentes se quedaron en las habitaciones de la planta baja, comiendo e intercambiando historias sobre Hanne. Había una multitud considerable, y el ambiente se tornó alegre. Solo Jonas permanecía distante y triste. Allis sabía que, desde la muerte de su madre, los funerales eran una experiencia difícil para él. Ya habían transcurrido diez años, pero su padre jamás había expresado interés por casarse de nuevo. Por lo que Allis sabía, no había salido con ninguna otra mujer.

—Oye —le dijo ella—. Deberías comer algo.

De pasada, Allis rozó el hombro de su padre.

—Comeré luego —contestó él—. No me puedo concentrar con todo este ruido.

***

Alrededor de las cinco, sonó el timbre de la puerta. Allis fue a abrir, esperando a un invitado impuntual. En su lugar, había un hombre con una chaqueta fluorescente, sosteniendo un paquete.

—¿Allis Ganesh? —quiso saber. Era paquistaní y muy atractivo—. Firme aquí.

Firmó el formulario en el portapapeles y el mensajero se marchó. El paquete tenía el tamaño de una caja de zapatos y estaba dirigido a ella. La dirección del remitente era la de su abuela. Por un instante, el corazón de Allis se detuvo. Qué típico de Hanne encontrar la manera de colarse en su propio funeral. Cerró la puerta y se llevó el paquete a la primera planta, que le pertenecía a ella. Dividir la casa en dos pisos había sido idea de su padre. Allis no había estado convencida al principio pero, tras considerar los precios de alquileres en Londres, había aceptado y en la práctica el arreglo funcionaba bien. Le preocupaba lo que Noel pensara sobre que viviera codo con codo con su padre, pero nunca había salido el tema.

Tampoco importaba mucho ahora. Dejó el paquete en su cuarto y bajó las escaleras.

—¿Quién era? —inquirió Jonas.

—Un mensajero. Me ha traído unos documentos del trabajo.

Tanto Allis como Jonas eran peritos geólogos. La madre de Allis los solía llamar rocas gemelas. Jonas había trabajado en el mismo lugar durante veinte años: el departamento nacional de topografía. A Allis la habían contratado en una gran empresa de petroquímicos y ya cobraba más que su padre. Sabía que algunos hombres no habrían sido capaces de soportar aquello, pero Jonas parecía alegrarse genuinamente por ella.

Jonas se acercó y acarició la palma de su mano.

—Gracias por estar aquí ­­—dijo—. No sé qué haría sin ti.

—No te preocupes por eso —contestó Allis—. Van a irse pronto. Tranquilízate.

Una vez que desapareció la comida, los invitados comenzaron a marcharse y para las ocho estuvieron solos de nuevo. Allis empezó a recoger los platos. De pronto, sintió que estaba a punto de llorar.  Ahora que el funeral había terminado, no había nada para distraer su atención de Noel. No podía contárselo a su padre, que ya tenía bastante que gestionar. Estaba sentado en la mesa, destrozando con lentitud una servilleta en pedazos diminutos. Allis se preguntó cómo se sentía él, en qué pensaba. De repente, alzó la cabeza como si hubiera percibido la mirada de su hija.

—Deja eso —dijo—. Podemos hacerlo mañana. Mejor nos tomamos un café y vemos el telediario.

La sensación de que ambos se habían puesto en marcha, ayudó a que resurgiera la normalidad. Allis preparó las bebidas y las llevó en una bandeja. El telediario de las nueve acababa de comenzar, y mostraba las últimas imágenes de la guerra en Afganistán. La explosión de una bomba se había llevado por delante a los niños de un hospital y causado múltiples heridos. Allis pensó que el ambiente de la casa había cambiado con la muerte de Hanne. Nunca había vivido con ellos, pero desde que murió su madre, no solo la presencia de Hanne sino sus gustos, aversiones y deseos se habían vuelto ubicuos. Su ausencia era como la evaporación de una nube.

—Me alegro de que se haya ido —comentó Jonas de pronto. Era como si le hubiera leído el pensamiento a Allis. Ella permaneció en silencio, sin saber qué contestar. Las habladurías de la familia aseguraban que Hanne y Jonas habían estado muy unidos. No era la clase de asunto que se cuestionase en voz alta.

—Tendría que haberse casado y haber tenido más hijos —insistió Jonas—. Yo le recordaba cosas que debería haber olvidado por su propio bien.

—Papá —protestó Allis—. Eso es absurdo.

—No me dijo quién era mi padre. Ahora supongo que no lo averiguaré nunca.

Allis volvió a caer en el mutismo. Años atrás, Rose Steenberg le había contado la historia de cómo Hanne llegó a Londres apenas terminó la guerra. Estaba embarazada, pero no dijo quién era el padre y nadie se atrevió a preguntar, pues Hanne venía de Auschwitz. Todo el mundo sabía que nunca había estado casada, y existía el rumor de que algún guardia podría haberla violado. Sin duda Jonas había escuchado las mismas historias y otras parecidas. Era uno de los muchos asuntos que nunca habían discutido.

—No importa de donde vengas, papá —dijo Allis—. Lo importante es que estás aquí. Quienquiera que fuese él da igual. Olvídalo.

Era consciente de que había hablado de manera superficial y manida, pero quería que dejaran el tema lo antes posible. La charla sobre el matrimonio y los hijos la llevaría a acordarse de Noel. Su padre mantuvo la vista en la pantalla. Era imposible deducir en qué pensaba. El telediario local emitió un breve informe sobre el ataque al centro de refugiados. Hubo imágenes de la llegada de la ambulancia y de algunos voluntarios barriendo los cristales rotos. Allis no pudo evitar pensar que podría haber sido Rose la que acabara en la ambulancia en lugar de la mujer afgana. El cristal brillaba en el suelo como pedazos de hielo.

Allis contuvo un bostezo.

—Creo que me voy a la cama —informó a Jonas—. ¿Estarás bien si te dejo solo?

—Perfectamente. Ve arriba. Pareces cansada.

Allis le dio un beso rápido y le deseó buenas noches. Al subir a la primera planta recordó el paquete. De nuevo, pensó que era muy propio de Hanne hacer que se sintiera su presencia, incluso ahora que carecía de ella. No era ya más que la aglomeración de recuerdos ajenos y las escasas posesiones que había dejado atrás. Allis se preguntó qué habría en el paquete. Tenía la esperanza de que fuera alguna joya: quizás los pendientes de ágape o el brazalete granate. Rompió el papel marrón del envoltorio. Dentro había un sobre de apariencia oficial que contenía una carta del abogado de Hanne. Al parecer su abuela había dejado instrucciones de que se le entregara el paquete a Allis inmediatamente después de su fallecimiento. Junto a la carta, había una caja de madera similar a las que se fabrican para guardar hojas de té, y de pronto Allis supo lo que había dentro. Retiró el papel y abrió la tapa. Había un cuadrado enrollado de tejido rojo, como una manta en miniatura. Dentro de la tela estaba Jonny Clay.

Jonny Clay era el golem de Hanne. Allis tenía unos siete años cuando lo vio por primera vez. Era una figurilla de arcilla de unos quince centímetros y aspecto primitivo. Sus brazos se fusionaban con sus costados y tenía las piernas unidas por el centro. Le recordaba a un bebé en un carrito. Hanne le explicó que esto era para impedir que se rompiera cuando lo dispararan. Estaba completamente hueco, y si se soplaba por la ranura de sus labios emitía un sonido silbante. Hanne lo guardaba en una caja de manera en el fondo del armario.

—¿Sabes lo que es un golem, Allis?  —le había preguntado Hanne.

Allis negó con la cabeza y no dijo nada. No sabía si le gustaba Jonny Clay o si le tenía miedo.

—Un golem es un monstruo —explicó Hanne—. Hay académicos que aseguran que son una leyenda, una alucinación colectiva o la voluntad del pueblo judío alzándose para derrotar a sus opresores. Pero la mayoría sabemos que la realidad es aún más extraña. Los golems son muy reales. Son la fuerza a la que se acude cuando a una ya no le queda.

Hanne decía que los golems permanecían tranquilos la mayor parte del tiempo, escondidos en los cajones de los escritorios, armarios de cocina o cajas de hojalata bajo la cama, pero si se conocían las palabras y signos adecuados se les podía otorgar vida. Hanne me contó que había fabricado a Jonny Clay para que la protegiera cuando estuvo en Auschwitz.

—Cavé un poco de barro del patio. Aunque no era simple barro, sino que estaba mezclado con sangre, suciedad y cenizas que provenían de los cuerpos humanos del crematorio. Extendí el barro sobre las piedras que había tras las letrinas para que se secara un poco y un día después se había convertido en arcilla. Yo sabía cómo trabajar con ella, pues lo había aprendido en el colegio antes de la guerra. Todos mis amigos habían muerto y no tenía nadie con quien hablar. Jonny Clay cuidó de mí. Me ayudó a continuar.

Allis solo comprendía un poco de las cosas a las que se refería Hanne. Escuchó la palabra sangre, y la idea de que Jonny Clay tuviera sangre real en su interior la aterrorizaba. Más tarde, cuando estudió los campos de concentración en el colegio, se convenció de que Hanne había horneado a Jonny Clay en el crematorio. Se le ocurrió que podría haber chantajeado a un guardia, o escalado durante la noche para desenterrar las cenizas. Comenzó a tener pesadillas. Cuando al final reunió el valor de preguntarle a Hanne al respecto, su abuela se rio y lo negó: había horneado a Jonny Clove en uno de los fogones de cocina de las cabañas de los prisioneros.

—No teníamos mucho para cocinar —le dijo —. La piel de las patatas si había suerte. La mezclábamos con agua enlodada y lo llamábamos sopa.

Jonny Clay tenía una expresión amable. Era difícil catalogarlo de monstruo. A veces Hanne dejaba que Allis lo cogiera. Su exterior era áspero, con trozos de arena y gravilla horneados en la superficie, como si fuesen los botones de pasas de un muñequillo de jengibre. A veces, si Jonas y Miriam estaban fuera, Allis iba a casa de Hanne después del colegio. Una vez, Jonas llegó antes que de costumbre a recogerla y la encontró en el dormitorio de Hanne con Jonny Clay.

—Quédate, y te hago un café —dijo Hanne —. Voy a poner a calentar la tetera.

—Hoy no podemos —contestó Jonas —. Miriam ya estará preparando la cena. Mejor espero en el coche.

Abandonó la habitación de golpe, cerrando la puerta de un portazo. No abrió la boca en todo el camino de vuelta. Allis se preguntó si había hecho algo malo, pero su padre parecía más alterado que enfadado. Después de aquello, Hanne le dijo a Allis que era mejor mantener sus juegos con Jonny Clay en secreto.

Allis enrolló a Jonny Clay en su manta y lo puso de nuevo en la caja. Incluso después de todos aquellos años, la figurilla de arcilla aún la ponía nerviosa, y descubrió que tenía un supersticioso pavor a romperla. Empujó la caja al fondo de su armario y trató de olvidarla. Ahora que estaba sola en su cuarto, podía pensar en Noel. Suponía que estaría con Nelly en alguna parte, probablemente en la cama. Follarían hasta la extenuación y después Noel volvería a insistir sobre lo ocurrido y lo terrible que había sido para él:  Allis gritando, llorando y poniéndose en evidencia. Nelly le daría palmaditas en la cabeza y le diría que ya había terminado todo, y que al fin podían continuar con sus vidas.

«Noel y Nelly», pensó. «Suena a dibujitos para niños». Allis contuvo las lágrimas que empezaban a brotar; si lloraba ahora no terminaría jamás. Encendió la radio para ahogar el sonido de sus pensamientos. Había una novedad en las noticias sobre el centro de refugiados: al parecer la mujer afgana había salido del hospital.

Fue al servicio y se lavó la cara. Por la mañana, su padre le dijo que había decidido cogerse el resto de la semana libre y que estaba considerando ir al norte en coche hasta el parque Peak Districk.

—¿Quieres acompañarme? —preguntó—. Podemos ir a ver la caverna Blue John.

Allis aceptó casi sin darse cuenta de que esa era su intención. La idea de alejarse Noel era tan liberadora que ardió en su interior como una llamarada de furia.

***

Se alojaron en un pequeño hotel a las afueras de Bakewell.  Las comodidades de la vida moderna escaseaban y despedía un aire anticuado, pero las sábanas olían de maravilla y los altos ventanales mostraban una vista directa de las colinas circundantes. Allis descansó en su cuarto durante una hora, antes de reunirse con su padre en la entrada.

—¿Todo bien? —inquirió.

—Es genial, papá. Perfecto —. Allis cogió su mano y la apretó por unos instantes. Su padre parecía feliz y tranquilo, como nunca antes lo había visto. Sus ojos, tras las gafas redondas, brillaban como el ágata musgosa.

Encontraron un bar que servía comida casera: empanada de carne, cerveza y tarta Bakewell. Allis pidió una copa de vino, pero Jonas se bebió un zumo y después varios vasos de agua. Allis sabía que apenas si probaba el alcohol, aunque nunca lo había escuchado expresar prejuicios contra él. Hablaron sobre todo de su trabajo; un tema que ambos disfrutaban y podía mantenerlos ocupados y felices durante horas. Ninguno de los dos mencionó a Hanne o el ataque al centro de refugiados. Durante un instante, Allis pensó en Noel, palpando el tema con la cautela con la que observaría un corte o un rasguño para comprobar que estuviera sanando. Su dolor la rodeó cual felino furioso, como si aquella atención lo irritara.  Lo dejó en paz, preguntándose si escaparía alguna vez de su padre ahora que Hanne estaba muerta. Jonas era el hombre menos posesivo y apegado al mundo que pudiera imaginarse, y aún así se le antojaba inevitable que acabaran los dos solos: tornándose viejos y frágiles como dos palos en una zanja.

«¿Y qué hay de malo con eso? ¿Sería tan terrible?» reflexionó. Escuchó con satisfacción a Jonas narrando su último viaje al norte. Amaba su risa tranquila, con un leve hipo y la manera en la que se recreaba en detalles triviales por el simple placer de contar una historia. Rara vez era tan comunicativo en casa.

Se quedaron en el bar hasta la hora del cierre y después se encaminaron al hotel a través de las ensombrecidas calles. La pequeña ciudad parecía viva y alerta, como una prolongación de la fértil y ágil oscuridad del páramo colindante. Allis se quedó dormida casi al instante. Cuando despertó eran más tarde de las ocho. Se sintió descansada y renovada, como si los fragmentos más difíciles de su pasado hubieran sido erradicados durante la noche. No había dormido tan bien en varias semanas.

***

El cielo era azul lapislázuli. Condujeron por el páramo hacia Castleton y Edale, donde estaban las cuevas Blue John y por donde tenían planeado caminar un trecho de la Ruta Pennine. Allis estaba sorprendida de la confianza con la que su padre manejaba el coche. En Londres apenas conducía, y si lo hacía se mostraba nervioso y desalentado. El estrecho páramo parecía despertarlo y liberar en su interior la expectación, rapaz y azuzada por la necesidad, de un buscador de oro. Aceleró el Renault, arrastrándolo con naturalidad sobre aquel asfalto cuajado de baches. Tenía un aire despreocupado con el codo apoyado en el borde de la ventanilla abierta.

Allis se percató de que su padre amaba aquella tierra y la conocía al dedillo. Se preguntó por qué durante su infancia, a excepción de unos días en Scarborough cuando tenía diez años, no viajaron en familia por la zona.

Se apuntaron a una visita guiada por las cuevas Blue John, que realizaron subidos a un pequeño esquife a través de techos bajos y pasajes inundados por el agua hasta alcanzar la cueva principal, cuyas paredes brillaban gracias a los depósitos de espato de flúor y barita. Allis no pudo evitar acordarse de una pieza musical que le gustaba a Noel, y que a veces le ponía en las noches que habían pasado juntos: La catedral sumergida de Debussy. A ella nunca le había gustado estar bajo tierra y se alegró cuando salieron al exterior, pero su padre se había mostrado a gusto, incluso feliz. Le hizo preguntas al guía y tocó las resplandecientes vetas de cristal en la piedra de granito.

Almorzaron en un café de Castleton y después se dirigieron a las colinas. Había una brisa agradable, que le recordó a Allis el fresco olor a clorofila de las sábanas del hotel Bakewell. De vez en cuando, el viento cesaba y el sol cargaba con toda su fuerza. Su calor era tan vasto y sangrante como un caldero de cobre.

Al rato detuvieron el coche y salieron fuera. Allis rodó por la hierba primaveral, protegiéndose de la líquida luz solar con el reverso de la mano. La tierra bajo su cuerpo era granulada y seca, con un aroma de intenso acre que le resultó embriagador. Jonas estaba de pie sobre una roca de granito, observando el páramo. Comparado con el resplandeciente azul del cielo, parecía adusto y gris como un dolmen o un árbol maldito. Tía Rose y, sobre todo, Hanne se preocupaban mucho de su delgadez y escaso apetito. Sin embargo, apenas enfermaba. Y al final fue la madre de Allis quien murió.

Inspeccionando la tierra, Jonas estaba en su elemento.

—Por allí hay fluorita amarilla —señaló.

Caminaron hacia un barranco angosto, trepando arriba y abajo de las escarpadas rocas. Jonas sacó un ejemplar de su amplia colección de martillos geológicos del bolsillo izquierdo de los vaqueros. Se agachó en el suelo, cogió los fragmentos de granito que se habían desprendido y, con unos precisos golpes de su martillo, comenzó a quebrarlos por lo bordes. Como había predicho, las rocas estaban preñadas de cuarzo: los mechones de cristal amarillento constituían la variedad más común de la fluorita de Blue John que se excavaba debajo de la ladera de las colinas. Al contemplar la manera experta y cuidadosa de la que trabajaba su padre, Allis experimentó un repentino ataque de rabia contra Hanne, que solía echarle en cara su falta de ambición y que, o al menos eso le parecía ahora, había hecho todo lo posible para separarlos.

Fue Hanne quien pagó por las excursiones escolares de Allis, y quien le compró su primer portátil. Decía a menudo que su más ansiado deseo era que su nieta aprovechara al máximo su potencial. Aquellas palabras constituían tanto un honor como una sutil presión para Allis; implicaban que Hanne pensaba que su padre no le había sacado provecho a su potencial y que le había fallado. Detestaba aquella injusta crítica a su padre con la misma intensidad con la que estaba determinada a demostrarle a su abuela que ella no fallaría, que al contrario de Jonas haría lo que se le exigía.

«Cometí una estupidez», pensó, «dejé que ese vejestorio malvado me hechizara, cuando podría haber pasado todos los veranos aquí con papá».

—Papá —dijo de pronto—. ¿Te acuerdas del paquete que llegó el día del funeral? No era del trabajo. Era de la abuela.

Jonas dejó su martillo en una roca y se restregó las manos con brusquedad contra los vaqueros. Manchas gemelas de polvo se derramaron de manera irregular sobre sus rodillas.

—¿Qué era? —quiso saber.

Allis se percató de que sus palabras no lo habían sorprendido. Parecía que lo hubiese adivinado desde el principio.

—La figurilla de arcilla que guardaba en el armario. Ya sabes: Jonny Clay—. Allis sacudió la cabeza—. Me asusté mucho cuando abrí la caja. Jonny Clay me daba miedo cuando era pequeña.

Jonas suspiró. Se sentó en una de las rocas y se quitó las gafas. Sin ellas parecía desnudo y mucho más joven. También se asemejaba más a su hija. Por un momento, Allis se sintió como si estuviera frente a un espejo.

—A mí también —confesó Jonas—. Aquel diablillo de arcilla me aterrorizaba, y ella lo sabía. Solía obligarme a que lo sostuviera y jugara con él. Pero lo peor eran las historias que me contó sobre su origen. Su favorita era la de la noche en la que Jonny Clay le salvó la vida durante una marcha forzosa a través de Polonia. Tenía seis años cuando la escuché por primera vez, y desde entonces me la repitió docenas de veces, incluso cientos. Alteraba los detalles, pero la historia principal era siempre la misma: Las SS sabían que estaban perdiendo la guerra y decidieron esconder las pruebas de lo que habían hecho en los campos de concentración. Se incineraron a los muertos o se los enterró en fosas comunes. Se abandonó a los enfermos y moribundos en el sitio. Sacaron de los campos a los prisioneros que aún eran capaces de caminar y se dispusieron a conducirlos a pie de vuelta a Alemania. Era invierno, e incluso los alemanes disponían de pocos alimentos. Los prisioneros carecían de ropa apropiada para el exterior y estaban al borde de la inanición. Morían a cientos cada día. Hanne estaba enferma y exhausta. Llegó el día en el que supo que se le había agotado la fuerza, pero Jonny Clay le dijo que resistiera hasta la noche. Tenía tanto frío que no sentía los pies. Sabía que tan solo tenía que detenerse, y uno de los guardias de las SS le dispararía al momento. Me dijo que aquel pensamiento comenzó a dominarla. Se convirtió en un consuelo tan necesario como la idea de plantarse en uno de los iluminados portales de las casitas que se vislumbraban de tanto en tanto a través de los árboles. Pero Jonny Clay le pidió que esperara, así que ella siguió aferrándolo entre sus dedos, y fue capaz de continuar.

»Al final les permitieron descansar en un claro del bosque. Sabía por la noche anterior, y todas las que la habían precedido, que no serían más que un par de horas de respiro, pero en esta ocasión no le importó, pues estaba convencida de que estaría muerta por la mañana. Tan pronto como se durmió, la despertó un terrible estruendo de alaridos y disparos. Al abrir los ojos, vio que la fogata de los guardias se había convertido en una pira enorme. Gracias a la luz de las rugientes llamas, contempló a los guardias correr despavoridos, pues trataban de escapar de una figura monstruosa que los atacaba. Mientras Hanne observaba, uno de los guardias fue arrojado a los brazos del fuego. Cayó de espaldas, se retorció por el suelo con el brazo alzado, y un enjambre flamígero revoloteó a su alrededor. Chillaba como un cerdo, me dijo. Entonces una forma colosal y oscura descendió, aplastando el resplandeciente cuerpo del guardia de la misma manera que uno se deshace de una polilla que se ha prendido fuego con la llama de una vela.

»Aquella oscura forma era la vasta y cenicienta bota de Jonny Clay. El golem había crecido tanto que no permitía ver la luna.

»Después de eso, Hanne cerró los ojos, pero aún podía escuchar los sonidos: los golpes y alaridos a medida que Jonny Clay descuartizaba a los guardias y los asaba en la pira. Pero al final los gritos se detuvieron. Hanne escuchó los crujidos de las hojas como si algo grande y pesado atravesara el claro en su dirección. Entonces sintió que la recogían del suelo y la transportaran. Aquello prosiguió durante lo que le parecieron horas hasta que fue depositada con delicadeza en una pila de paja y hojas muertas. Soñó que Jonny Clay yacía a su lado, protegiéndola del frío. Cuando despertó a la mañana siguiente, se encontraba en un establo de vacas a las afueras de un pueblo. Alguien la había tapado con viejos sacos de trigo, y eso había impedido que muriera de congelación durante la noche. Jonny Clay estaba en su bolsillo, como siempre. Había manchas negras en su cabeza y su cuerpo, como si lo hubieran pasado por los rescoldos de una hoguera.

Jonas calló por un momento, con la mirada perdida en la inmensidad de los páramos colindantes.

—Lo que más me asustaba no era lo que les había sucedido a los guardias, sino la idea que me habían puesto el nombre por Jonny Clay, que él fuera mi auténtico padre. Me preocupó durante años. Nunca se lo mencioné a Hanne. Sabía que o bien se reiría o bien confirmaría que mi peor temor era cierto. Cuando me hice mayor, comenzó a parecerme ridículo, pero aún tengo dudas sobre mi madre. No hago más que preguntarme si se volvió loca por todo lo que vio.

Allis permaneció en silencio. Recordó cómo se había reído Hanne cuando le preguntó si había cocido a Jonny Clay en el crematorio. No podía ni imaginar lo que había sido para Jonas crecer bajo la sombra del terrible pasado de su madre. «No había nadie con quien pudiera hablar», pensó, «mientras que yo siempre lo he tenido a él».

—¿Cómo se llamaba el pueblo donde encontraron a Hanne? —preguntó al final.

—Przdyno. Está en medio de ninguna parte. Nadie pudo explicarse cómo llegó allí. Los prisioneros que estaban con ella acabaron a kilómetros de esa zona. Muchos murieron a causa del frío, pero otros sobrevivieron en el campo hasta que llegaron los rusos. Hace años, antes de conocer a tu madre, fui a París a hablar con uno de ellos. Cuando le pregunté cómo escaparon de los guardias, me contó que no hubo necesidad de ello porque al despertar los encontraron muertos. Parecía que se habían vuelto los unos contra los otros.

Jonas jugueteó con sus gafas, abriendo y cerrando las monturas, y después limpiando los cristales con su camiseta.

—¿Y a ti cómo te va, Allis? —dijo de pronto—. ¿Ha pasado algo con Noel?

Allis lo escudriñó con cautela, tratando de discernir por su expresión cuánto podría saber, pero él aún tenía la atención puesta en sus gafas.

—Hemos roto —contestó—. Me ha dejado. Se va a casar con una tal Nelly. Al parecer soy una egoísta y una egocéntrica.

—Ese hombre es estúpido, Allis. Eres demasiado buena para él.

—Sé que tienes razón.

Entonces pareció liberarse algún tipo de barrera en su interior, y se puso a llorar, con lágrimas que trazaron ríos de cuarzo sobre su rostro. Su padre se sentó junto a ella y le cogió la mano para besar sus tensos y húmedos nudillos. Allis enterró la cara en sus hombros, llorando como no lo había hecho desde que era pequeña. Al final, su duelo terminó. Alzó la cabeza, parpadeando en el cielo del mediodía.

—Lo siento, papá. Pensarás que soy una idiota.

—El idiota es él. Y no te hace falta para nada. Debería ser yo el que me disculpase. Me siento mal por lo de Hanne. Nunca debí permitir que te contara todas esas tonterías. No debería haberte dejado sola con ella.

—No seas tonto, papá. Solo era una anciana a la que le gustaba contar historias.

Le sonrió mientras la última lágrima descendió por sus mejillas. De pronto sintió una inmensa felicidad al pensar que pasara lo que pasara en sus vidas siempre se tendrían el uno a otro. «Estamos hecho de los mismo», pensó. «Dos rocas gemelas, tal y como dijo mamá».

Se fueron y condujeron de vuelta a Bakewell. Aquella noche soñó con Noel. Estaba de rodillas sobre ella, agarrando sus caderas y alzando su cuerpo hacia él como si estuviera preparándose para follar. Pero cuando la penetró, Allis se percató de que el rostro que la miraba desde arriba no era el de Noel, sino la rojiza y cacariza máscara de Jonny Clay. Su expresión poseía una extraña ternura y sus carnosos labios de terracota se abrieron para revelar el sombrío vacío de su abdomen hueco. Tuvo un orgasmo al despertar, al presionar ambas manos contra su entrepierna. De nuevo las lágrimas volvieron a manar de sus ojos. Sintió que sus pezones se habían irritado, como si las almidonadas sábanas hubiesen descascarillado su piel.

Permaneció tumbada y despierta durante un par de minutos antes de volver a dormirse, contenta de haber estado con Jonny Clay y no con Noel.

***

Sabía que Jonny Clay tenía un pasado, que los golem fueron un poderoso símbolo de la mitología judía y, tras volver a Londres, Allis decidió que quería averiguar más sobre ellos. Existía una sorprendente cantidad de libros en la materia. En los estantes de la biblioteca universitaria, Allis encontró desde filosofías arcanas hasta novelas pulp de los años cuarenta. Muchos no recogían nada más que rumores y folclore; fantasías decadentes escritas por discípulos trasnochados de Gustav Meyrink y Elmer Shapiro. Los libros que le resultaron más interesantes a Allis fueron los que proporcionaban una perspectiva científica. Especialmente, un fascinante panfleto, obra de un lituano conocido como Mical Velius, El golem de Prada y sus mil hijos. Trataba con detalle el asunto de la arcilla, en particular cuál eral el tipo con mayor índice de éxito a la hora de la activación. Según Velius, un golem corriente de arcilla roja no poseía consciencia, era un mero instrumento, y para crear un golem con inteligencia además de fuerza era necesario utilizar materiales más refinados. Recomendaba las arcillas de feldespato de Leópolis, o la arcilla azul y altamente plástica que podía excavarse tan solo en un afluente menor de la zona superior del Volga. Añadía que el poder de un golem también se acentuaba con la mezcla de arcilla básica con otros elementos, como el hierro y el oro.

En un capítulo titulado «Los golems y la guerra», Velius afirmó que una mujer que hubiera perdido a su marido en la guerra podía, algunas veces, conseguir que un golem le proporcionase un hijo.

Allis devolvió los libros a las estanterías y dejó atrás las pilas, preguntándose por qué había hecho aquello. Los libros le recordaban a Hanne, a su solitaria obsesión y creencias tóxicas. No quería tener nada que ver con ellos.

Los Steenbergs la habían invitado a tomar el té. Mientras avanzaba hacia la estación de metro, Allis se preguntó si lo habían hecho para preguntarle sobre Jonas y asegurarse de que llevase bien la muerte de Hanne. Aquella sutil intromisión en su privacidad no le molestó. Sabía que sus tíos tenían buenas intenciones. Además quería hacerle algunas preguntas a Rose.

La casa de los Steenbers estaba llena de carteles y pancartas.

—Vamos a tener una jornada puertas abiertas en el centro —informó Rose—. Queremos conseguir el apoyo de la gente y que conozcan el trabajo que estamos realizando. Van a venir conferenciantes de todo el país. Yo estoy ayudando a organizar la publicidad.

—¿Crees que es una buena idea? ¿Y si vuelven los ultraderechistas?

—Ellos son el motivo por el que es tan importante actuar y demostrar que no tenemos miedo. Musulmanes, cristianos y judíos tenemos que permanecer unidos contra esa gente. Ya sabemos lo que ocurre cuando miramos a otro lado. Solo hay que recordar lo que le sucedió a tu abuela.

—¡Eso no va a pasar aquí, tía Rose! Las cosas han cambiado.

—Le sucedió a Farrook hace solo dos semanas. Las cosas no cambian nunca en ningún sitio —Su voz se había vuelto un tono más aguda y Allis vio cómo sus manos se cerraban en puños—. Por favor, dime que vendrás y que nos apoyaras.

—Iré si tengo tiempo. No quiero que os pase nada, eso es todo.

Rose rio y de su voz se desprendió parte de la tensión.

—Ya soy mayorcita —dijo y golpeó sus abundantes pechos—. Puedo cuidar de mi misma. Pero eres un encanto, Allis, y tan lista. Tu abuela estaba muy orgullosa de ti.

Allis le dio abrazó y la besó en la mejilla. En los breves instantes de contacto físico captó el evasivo y fugaz aroma de Miriam, su madre. Pensó en lo extraño que era que Rose mencionara a Hanne, que no le caía bien, en vez de su hermana a la que adoraba. Nadie en la familia hablaba nunca de Miriam. Parecía que la pérdida aún fuera demasiado reciente y cruda. Era más fácil con Hanne, a quien todos habían admirado, pero ninguno amaba.

—¿La abuela tenía amigos? —inquirió de pronto—. Me refiero a gente que conociera de antes de la guerra.

La expresión de Rose se volvió precavida.

—No estoy segura. Tu abuela era una persona muy reservada. Sé que tenía dos hermanas, y que también acogieron a una niña adoptada. Creo que sus padres habían muerto o les había pasado algo. Cumplía años el mismo día que tu abuela, lo recuerdo ahora. Claro que no eran hermanas de verdad, no compartían sangre. Y supongo que también tuvo que haber un hombre que engendrara a tu padre —Frunció el ceño—. Nunca hablaba del pasado. Mudarse a Londres fue para Hanne como cruzar el Rubicón. Todo lo que conocía quedo atrás.

«Excepto Jonny Clay», pensó Alis, «Jonny Clay era lo único que le quedaba». Se acordó de Farrook, la mujer afgana que creyó que al escapar a Inglaterra encontraría una nueva vida, solo para que unos patéticos fascistas de mercadillo le arrojaran una bomba.

De repente se sintió furiosa y avergonzada.

—Iré a la jornada de puertas abiertas —confirmó a Rose—. Por supuesto que sí.

Más tarde, al llegar a casa, encontró que le había llegado un paquete. Era de Noel y contenía algunos trastos que había ido dejado en su piso: un anillo de amatista, un libro sobre fósiles y un CD de Bob Dylan. Ni siquiera había una nota. Y fue esa ausencia lo que la hizo desear asesinarlo.

Pero también le produjo una curiosa sensación de libertad, como si también ella acabara de escapar por un golpe de suerte.

***

Al final, Allis se perdió la jornada de puertas abiertas porque coincidió con un seminario obligatorio en la universidad de Strathclyde. Se quedó en Glasgow a pasar la noche y cogió el tren de vuelta a Londres antes del desayuno. Volar habría sido más rápido, pero la ponía nerviosa, y además un tranquilo viaje al sur siempre era una oportunidad de volver a conectar con viejos amigos: los escabrosos accidentes que el viento había trazado en las fronteras del país, la espalda negra y jorobada de Cumbria Norte y las vistas grisáceas de Lakeland. Cada uno de ellos constituía una familiar fuente de alegría.

Presionó su rostro al cristal mientras contemplaba cómo el paisaje se estrechaba y aplanaba a medida que alcanzaban el área central, bastante más populosa. De nuevo se percató de lo bien que le sentaba estar tan lejos de Noel. Era la primera vez que pensaba en él en las últimas veinticuatro horas. Cuando sonó su móvil, pegó un salto, convencida por un instante de que sería él y que sus imprudentes pensamientos lo habían invocado, como si fuese un demonio. Era su padre. Lo cogió con sorpresa. Jonas casi nunca llamaba al móvil.

Su voz sonaba metálica y distante.

—Lo siento —se disculpó Allis—. No te oigo. La señal es débil.

Le estaba diciendo que no estaría en casa cuando llegara.

—Estoy en el hospital. Amos ha tenido un ataque al corazón.

Allis contuvo la respiración. Por un momento había pensado que sería su padre el que estuviera enfermo u herido. Experimentó un fugaz alivió culpable al enterarse de que solo era su tío.

—Dios —dijo a Jonas—. ¿Qué ha sucedido?

—Los matones ultraderechistas se plantaron en el centro ayer. Cuando tenían lo de las jornadas de puertas abiertas. Uno de ellos se enfrentó con Rose y la tiró al suelo. No creo que fuera a propósito. Tan pronto como vio lo que había hecho, salió corriendo. Amos fue detrás de él, y ya sabes que ahora mismo no está precisamente para correr —La línea se quedó en silencio, por un segundo Allis pensó que se había cortado—. Todavía sigue en estado crítico, así que lo tienen sedado. Le he dicho a Rose que debería descansar, pero no está dispuesta a separarse de él. Me he quedado con ella casi toda la noche. He salido un momento para llamarte, pero debería volver y asegurarme de que tu tía está bien.

—De acuerdo —contestó Allis—. Iré tan pronto como pueda.

Colgó, con una sensación de bloqueo. Lo que más le habría gustado habría sido bajarse del tren en la siguiente estación y dirigirse de nuevo al norte. No quería ver a Amos yacer inconsciente y quizás morir en una cama de hospital. Tampoco deseaba contemplar a Rose con los ojos enrojecidos de llorar e insistiendo en que había sido culpa suya. Era como un déja vu. Le dijo a su padre que cogería un taxi desde Euston, pero en el último momento se arrepintió y se decantó por el metro. Razonó que tenía más sentido ir a casa primero, soltar su equipaje y cambiarse de ropa.

La casa estaba envuelta en un silencio sacro. Fue al piso de arriba, se desnudó y se metió en la ducha. El sonido del agua al caer era como la lluvia de Pennine. En su habitación, los objetos que Noel le había devuelto aún yacían apilados en el tocador. Verlos ahí le resultó horrible y deseó haberlos guardado antes de irse a Glasgow. Mientras se vestía con ropa limpia se imaginó la voz de Hanne, hablándole desde el interior del armario.

«Esos hombres son unos criminales. ¿De verdad vas a dejar que esto vuelva a suceder?».

Recordó cómo había despertado en Bakewell, con el abrazo de Jonny Clay aún ardiendo en su piel. Los libros antiguos decían que la manera correcta de activar un golem era con marcas cabalísticas que debían pintarse en la arcilla con óxido de magnesio, puesto que cuando este se secaba se volvía de un color marrón rojizo, y simbolizaba la sangre.

Allis se preguntó si la sangre de verdad no sería más poderosa, y entonces recordó que Jonny Clay ya la tenía horneada en su interior.

En su mente, pudo ver a Jonny Clay, convirtiendo la ciudad de Londres en una gran hoguera.

«Eso debería sacar a esos cobardes de su escondite», pensó. Se preguntó qué dirían de aquello en el telediario.

 

 

Lecturas veraniegas: de Pilar Bellver a Nina Allan

Es un poco extraño comenzar a escribir un blog. Muchas veces se me ha pasado por la cabeza  crear un espacio donde publicar pequeñas reflexiones o reseñas, pero he acabado desestimando la idea por falta de tiempo y, quizás, por  timidez. No sabía cómo empezar. Así que me he decantado al final por algo sencillo: un repaso a mis primeras lecturas veraniegas, porque si hay algo de lo que me gusta hablar son los libros.

Ha dado la casualidad de que hay bastante variedad entre mis lecturas, lo único que tienen en común es que todas han sido escritas por mujeres, lo cual no responde a un reto ni un propósito especial, sino más bien a mis propios gustos. ¿Qué se le va a hacer? Las autoras escribimos muy bien.

VyV. Violación y venganza de Pilar Bellver

Portada de VyV. Violación y Venganza. Pilar Bellver.

 

Editorial: Dos Bigotes

Año de Publicación: 2017

En primer lugar me gustaría hablar sobre este novelón de Pilar Bellver que recupera el espíritu de los grandes autores del XIX para crear una épica feminista ambientada en la actualidad. Se trata de un retelling del mito de Filomela y Progne, tal y como aparece  en Las Metamorfosis de Ovidio .  Fue esto lo que me llamo en primer lugar del libro.  Había oído hablar muy bien de su autora, Pilar Bellver, y de su anterior novela A Virginia le gustaba Vita, así que cuando lo vi la víspera de Navidad, colocado con mucho primor sobre las estanterías de una de mis librerías favoritas, no me lo pensé mucho.

Y es que hacía tiempo que el mito de Filomela y Progne se había ganado un lugar en mi corazón. Tuve una asignatura en la carrera sobre Las Metamorfosis y, en general, fue una lectura de la que disfruté mucho, pero ninguno de sus mitos me llegó tanto como el de estas princesas atenienses separadas por un matrimonio desgraciado y unidas por la sororidad. En estos días en los que tenemos que gritar cada vez con más fuerza: YO SÍ TE CREO, una novela como la de Bellver no es solo bienvenida, sino necesaria.  Violación y Venganza ofrece una salida catártica a las supervivientes de violencia sexual a través de la historia de dos hermanas que se aman sobre todas las cosas, con unas ideas políticas muy definidas y, en caso de una ellas, una militancia feroz. También me gustaría señalar que esta novela aúna el feminismo con la lucha ecologista de una manera original y simbólica que, sin duda, invita a la reflexión.

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de entrevistar a Pillar Bellver para el blog Caja de letras: aquí podéis saber más sobre y ella y el proceso de creación de Violación y Venganza. 

La madriguera del conejo de Laura López Alfranca

Portada de la madriguera del conejo de Laura Alfranca

Editorial: Café con leche

Año de publicación: 2018

Esta encantadora novelette no es lo primero que leo de Laura. Es una autora con la que he tenido la suerte de interaccionar durante bastante tiempo e incluso aparecemos juntas en alguna antología. Estoy familiarizada con las locuras que surgen de su pluma y sus personajes carismático. En esta ocasión, nos encontramos con un multiuniverso poblado por los personajes de varios clásicos infantiles, que Laura reinventa a su gusto. Además de divertida y alocada, esta novelette nos hace reflexionar sobre la familia y nos advierte de los peligros de aferrarnos al pasado. Si bien a veces es confusa y avanza demasiado rápido, es una lectura muy agradable, sobre todo por la imaginación desatada que destila. Vuelvo a hacer un llamamiento a su autora para que nos bendiga con una segunda parte.

The Beast Player de Nahoko Uehashi

Portada de The Beast Player de Nahoko Uehashi. Lectura Veraniega

 

Editorial: Pushkin Press

Año de edición: 2018

Traductora: Cathy Hirano

La tercera de mis lecturas veraniegas es esta fascinante novela juvenil firmada por Nahoko Uehashi y traducida al inglés por Cathy Hirano. Es una lástima que todavía no se encuentre disponible en español esta pequeña joya, pues sin duda la excepcional habilidad para contar historias de Uehashi la hace merecedora de mayor reconocimiento internacional. Tengo entendido que en su propio país sí goza de popularidad y se han producido animes sobre sus obras. De hecho  existe una adaptación de The beast player con el título de Kemono no Sōja.

Es una novela coming of age sobre una niña llamada Elin que aspira a convertirse en una médica de bestias al igual que su madre, que está a cargo de unas terribles serpientes marinas conocidas como toda. El reino cría a estos seres como armas de guerra, por lo tanto este trabajo es de gran importancia. Desde el principio, la protagonista nos plantea un conflicto entre las necesidades humanas y la naturaleza de estas bestias y otros animales. Este tema se va desarrollando de manera progresiva a través no solo de la trama, sino de un worldbuilding muy cuidado en el que nada es casual y de la relación de la propia Elin con las bestias, que está tan desarrollada, e incluso en ocasiones más, como la que mantiene con personajes humanos.

Esta novela, con su lenguaje poético y simple, es una delicia de gran potencia emocional y madurez. Si bien a veces peca de expositiva, me parce un gran ejemplo de cómo construir un universo de fantasía sin descuidar los personajes y la historia.

The five daughers of the Moon de Leena Likitalo

Resultado de imagen de The five daughters of the moon

Editorial: St. Martin’s Press

Año de publicación: 2017

No todo iban a ser lecturas placenteras. Esta novela de la finlandesa Leena Likitalo ha sido una de las grandes decepciones del año. Tampoco está traducido al español, pero en este caso no lo lamento demasiado. Compré en digital esta novela, porque no pude resistirme a su premisa: un retelling híbrido de fantasía y ciencia ficción de la historia de las hermanas Romanov.

La historia se desarrolla en un universo imaginario donde existe una religión que adora a la luna y los sacerdotes utilizan almas de animales para sus hechizos. El imperio está regido por la emperatriz, que es a la vez hija y esposa de la luna. Si bien la simbología y estética me han resultado atractivas, me parece que la autora ha plantado unas bases superficiales sobre las que no sabido trabajar.  Tanto la traslación de los personajes históricos a su novela (Rasputín, la emperatriz, las hermanas) como el tratamiento de unos temas complejos  (revolución, privilegios, violaciones) fallan en su ejecución. Los personajes son planos y sus voces narrativas prácticamente indistinguibles, además las dinámicas entre ellos apenas se sostienen y carecen de interés.  En definitiva, no creo que le de una oportunidad a la segunda parte.

The Rift de Nina Allan

Portada de The Rift de Nina Allan

La última de mis lecturas ha sido esta fascinante y compleja novela de la británica Nina Allan, quien se está perfilando en los últimos tiempos como una de mis autoras predilectas. Me encanta su manera de introducir lo maravilloso dentro de lo cotidiano, al igual que la calidad y belleza de su pluma. En español, podemos encontrar bastantes de sus obras, pero esta novela aún permanece inédita en nuestro idioma (esperemos que no por mucho tiempo).

La novela se centra en la desaparición de Julie cuando era adolescente y las consecuencias que esto tuvo para su hermana Selena. El título que se traduciría como “la grieta” hace referencia al tema principal de la novela: las separaciones y rúpturas, tanto simbólicas como reales. La familia de Selena se rompe con la desaparición de Julie y cuando esta regresa, veinte años más tarde,  la fisura parece irreparable. Durante toda la novela, Allan nos hará reflexionar sobre lo que mantiene unidas a las familia, las enfermedades mentales y los límites de la realidad a la vez que alimenta esta grieta entre las dos hermanas. Los elementos de ciencia ficción son también bastante reseñables y están presentados con una elegancia exquisita.

Próximas lecturas veraniegas

Todavía queda mucho verano, así que espero poder hacer otra entrada similar a esta en unas pocas semana. De momento adelanto que estoy leyendo La maldición de Chalion de Lois McMaster Bujold y que me está encantando. ¡Nos leemos!