El telar de Aracne

Carmen Romero Lorenzo

LA TIERRA QUE SE MARCHA

De nuevo traigo un relato finalista en la convocatoria Alucinadas de Palabristas. La tierra que se marcha formó parte de la tercera antología de este proyecto que buscaba difundir a las autoras de ciencia ficción en español. Se trata de mi primer relato de ciencia ficción, con una intención claramente humorística, sin dejar atrás la reflexión sobre la autonomía corporal y reproductiva, que es el tema principal de esta historia. ¡Ojalá la disfrutéis!

LA TIERRA QUE SE MARCHA

A todo el mundo se le acaba la buena suerte, o al menos eso me dije mientras recorría en ancho pasillo de la estación espacial. Eran unas instalaciones bastante decepcionantes tras haberme pegado un viaje de dos días para llegar hasta allí. Nada de paneles de cristal enormes, que te permitieran contemplar la magnificencia del espacio, ni sofisticados androides a cargo de los pasajeros. Lo más distintivo era la variedad de razas alienígenas que lo recorrían de un lado para otro, con sus maletas que levitaban o sus animales de carga. Por lo demás, era como un aeropuerto terrestre de lo más corriente; sea cual sea tu lugar de procedencia o tu número de extremidades, si algo nos une es la necesidad de alimentarnos, sentarnos e ir al lavabo.

            Como bicho raro que soy, lo de curiosear y perder el tiempo no sé hacerlo de manera discreta.  Era divertido contemplar la arquitectura escalonada para adaptarse a seres de distintos tamaños. Las miradas de un par de familias piritas, famosos por su tremendo respeto a la intimidad ajena, me recordaron que no tenía tiempo para vagabundear. Que los carteles no incluyeran ningún idioma terrestre no constituía un problema, pero mis cortas piernas se tomaban su tiempo para recorrer distancias largas.

            Tardé en torno a una media hora en encontrar la lanzadera a Suriapa. Era una de las más concurridas, nada extraño si consideramos que la nave estaba destinada a la capital comercial del Círculo, pero aun así me las apañé para encontrar hueco en un banco. A mi lado había un muchacho terrícola encorvado, como si quisiera ocupar el mínimo espacio posible. Daba bastante pena, uno de esos adolescentes de dos metros con cara de crío y perpetuo desequilibrio.  Me aburría, así que decidí mostrarle un poco de solidaridad. Existía la posibilidad de que no hablara español, pero mi instinto me indicaba que me encontraba ante un compatriota.

            ―Menudo frío hace, ¿eh?

            El chico levantó la vista del suelo y pude comprobar que sus ojos estaban húmedos. Quizás no había sido buena idea hablarle, no se me daba bien consolar a la gente.

            ―Yo estoy bien. Puede ser que en mi planeta tengamos una percepción diferente de la temperatura.

            ―Me parece que tu planeta es el mismo que el mío.

            Me divirtió ver la estupefacción que siguió a esa afirmación. Al parecer el crío pertenecía al selecto grupo de terrícolas para el que una negra bajita era una criatura tan ajena como los alienígenas.

            ―Perdón, señora, no quería ofenderla… pero es que con esa bufanda tan gruesa apenas puedo ver su cara.

            ―No me hables tan formal. Algo me dice que podríamos ser vecinos. Me llamo Antonia Miranda. ¿Y tú?

            ―Estaban Ruiz. ¿Eres de España?

            ―Ajá. Aunque cada vez paso menos por allí. ¿Qué te lleva a Suriapa? ―inquirí.

            ―Voy a estudiar en una de las escuelas superiores del Círculo.

            ―¡Vaya, felicidades! No creo que haya muchos terrícolas por ahí.

            ―Sé que soy afortunado. ¿Qué hay de ti? ¿Qué lleva a alguien tan… mayor a dejar el planeta?

            No era una persona sutil, este muchacho. Se estaba preguntando cómo había podido pagarse un pasaje a Suriapa una mujer de semejante desaliño. Me había puesto ropa cómoda y calentita para el viaje; consciente de que la mayoría de los extraterrestres desconocían los códigos de vestimenta humanos. Pero al chico debía de parecerle que iba en pijama.

            ―Llevo desde los primeros días del contacto ejerciendo de enlace y ahora me piden que me saque un certificado. Así que, en realidad, yo vengo a estudiar también.

            ―He conocido a unos cuantos enlaces. De hecho, hay uno que me espera para llevarme a mi residencia en Suriapa.

            ―Seguro que te vendrá bien.

            La conversación cesó. Esteban se dedicó a darle patadas al envoltorio de un dulce que alguien había dejado tirado en el suelo, su rostro sombrío como solo puede estarlo el de un adolescente agraviado.

            ―Supongo que a tu edad es difícil dejarlo todo y arriesgarte de esta manera. Tu familia estará preocupada de que no vuelvas nunca.

            ―En realidad no. Le he dejado mis gatos a mi madre y  a ella lo que más le preocupa es que no haya peluquerías para pelo afro en Suriapa.

            Conseguí que el chico se riera. Me gusta hacer que la gente a mi alrededor se sienta bien, probablemente fuera por eso por lo que me metí a enlace. El contacto con los alienígenas había resultado bastante perturbador para todos aquellos que se habían pasado la vida convencidos de que la vida en otros planetas era cosa de la ciencia ficción.

            De los altavoces surgió un mensaje en suriapi del que solo entendí que nuestra nave iba a retrasarse y así se lo transmití a Esteban. El muchacho se llevó las manos al rostro de manera bastante dramática. Se me escapó una sonrisilla condescendiente; el chaval me inspiraba cierta ternura.

            ―Quizás te asuste esto un poco, pero me recuerdas muchísimo a un cliente que tuve hace unos diez años. Tendría tu edad por aquel entonces. Si quieres te cuento la historia y así pasamos el rato.

***

Sucedió en pleno florecimiento de mi negocio. Apenas hacía dos años que la Tierra había entrado oficialmente en el Círculo y nadie sabía cómo tratar con alienígenas. Las demandas que me llegaban era tan numerosas como variadas: desde empresas que necesitaban intérpretes, hasta particulares indignados por las peculiares costumbres de sus nuevos vecinos suriapis. Yo podía permitirme elegir y normalmente me decantaba por los que pagaban mejor o eran más extravagantes.

            Peco de ser un poco roñosa y por entonces aún vivía en la casa de mi madre, que al mismo tiempo usaba como oficina. En una ocasión, mientras merendaba chocolate caliente, mi progenitora depositó un sobre encima de mi mesa.

            ―Me he encontrado esto en la puerta, Antonia.

            ―Vaya, qué anacrónico ―respondí, mientras toqueteaba el sobre para comprobar que no se tratara en realidad de algún sofisticado invento alienígena.

            ―¡Ten cuidado! A ver si va a ser una carta bomba ―exclamó mi madre.

            ―No digas tonterías. Será alguna factura que me he olvidado de pagar.

            ―Últimamente tienes unas compañías muy estrambóticas, hija.

            ―Corta el drama, mamá. Siempre he estado rodeada de gente rara.

            Mi madre se marchó ofendida, mascullando algo sobre mi próxima abducción y transporte a algún planeta alejado de la mano de Dios. Abrí el sobre para encontrar una simple tarjeta que rezaba: «Se requieren sus servicios para un trabajo que exige máxima discreción». Incluía un número de teléfono en una tipografía más grande.

            Busqué el móvil, enterrado como de costumbre debajo del sillón del sofá, y me encerré en el cuarto de baño. Tras marcar el número me respondió una susurrante voz masculina.

            ―¿Antonia Miranda?

            ―La que viste y calza. ¿Qué puedo hacer por usted?

            ―Necesito contratar los servicios de una especialista. ¿Podríamos vernos mañana en su oficina?

            ―Me temo que está de reformas ―respondí, golpeando el lavabo con el cepillo de dientes.

            ―¿En ese caso, le supondría algún inconveniente presentarse en San Asunción a eso de las diez?

            ―¿La pastelería? ―inquirí, entusiasmada ante la idea de un potencial cliente invitándome a croissants calentitos.

            ―No, la iglesia.

            Allí me planté a la hora convenida, con antojo de dulces y el rostro cubierto por una bufanda. En realidad, nunca le había prestado mucha atención a aquella iglesia. Muy barroca, con su decoración asfixiante y sus esculturas agónicas, nada especial en el lugar de dónde vengo.

 Me paseé contemplando los frescos del techo, mostraban la asunción de la Virgen; su divino retoño y el padre de este la esperaban rodeados de un coro angelical. Se me ocurrió que podría interpretarse como una abducción. María atrapada por unos extraterrestres alados, prestos a examinar un útero capaz de producir críos con poderes.

            Tan absorta me encontraba, que no me di cuenta de que había un hombre de mediana edad tocándome el hombro hasta que levantó la voz, lo cual me pareció de muy mala educación. Para algo estábamos en una iglesia.

            ―No es horario de visitas ―me espetó el desconocido.

            ―Por raro que suene, estoy aquí por una cita de negocios.

            ―¡Así que es usted Miranda! Perdone mi grosería.

            Era un tipo trajeado con el pelo engominado y la medallita de la virgen en el pecho. Tuve que controlar el repelús. Por lo menos no tenía patillas. Se presentó como Manuel Alcobendas, hermano mayor de la Hermandad de la Asunción. Sin ofrecerme pastelitos ni nada, me guio hacia una salita cubierta de pósteres en los que se mostraban a adolescentes muy sonrientes y muy cristianos bajo lemas como: «Dios te ama».

            ―En caso de que aparezca alguien, diga que viene en nombre de un comedor social, por favor.

            ―Descuide, soy una excelente actriz. ¿Qué es lo que necesita? ―pregunté, mientras rompía en pedacitos unos trípticos de catequesis para adultos que encontré en la mesa.

            ―Se reirá usted de mí, pero es un asunto tan delicado que me ruboriza incluso hablar de ello.

            ―Yo no juzgo a nadie.

            ―Necesito un servicio que solo un… visitante de otro planeta puede proporcionarme, pero es terriblemente embarazoso.

            Comencé a aburrirme de los reparos del tal Alcobendas. Además, parecía el típico tío con tanto dinero que podría haber contratado algún esbirro para tratar conmigo y ahorrarnos a ambos media hora de incomodidad.

            ―Mire, si no habla claro no podré ayudarle.

            ―Me refiero a problemas derivados de relaciones íntimas.

            ―Ya veo. ¿Relaciones íntimas con un visitante de otro planeta? ―sugerí.

            ―Exacto. No sé por dónde empezar a buscar información y al mismo tiempo…

            ―Lo siento mucho, pero yo no me dedico a eso. No es que lo vea inmoral ni nada, pero no me muevo en ese campo. Como mucho le puedo pasar una página de internet que…

            ―¡Miranda! ¿Cómo se atreve usted a insinuar que busco la compañía de súcubos verdes?

            ―Bueno, en algunos de los planetas del Círculo, las prostitutas tienen mucho prestigio social. Y casi ninguna de ellas es verde.

            ―Mi caso va por otros derroteros, nada que ver con eso. Resulta que alguna de esas señoritas marcianas tan liberales ha dejado a mi hijo embarazado.

***

―¿Cómo va a ser eso posible? ―me interrumpió Esteban.

            ―Luego te explicaré todos los detalles, no quiero arruinarte la emoción del relato.

            ―Aunque fuéramos capaces de engendrar hijos con los alienígenas… un hombre no tiene el aparato reproductor apropiado para ello.

            ―Estás demasiado limitado a la biología terrestre. ¿No te has informado antes de meterte en este embrollo?

            ―Jamás se me habría ocurrido buscar eso.

            ―Quizás deberías apuntarte a algún curso de educación sexual cuando llegues a Suriapa.

            ―No creo que sea necesario. No soy ese tipo de chico.

            ―Ya. Si no te importa te sigo contando.

***

Alcobendas no quería que conociera al muchacho. Habría dejado el caso, si no hubiera sido porque la curiosidad sobre las vidas ajenas era una característica inherente de mi personalidad, (no podía ser de otra manera siendo hija y nieta de peluqueras). El secretismo de mi nuevo jefe era demencial: pretendía organizar un aborto sin aportarme ningún tipo de información sobre su familia o la salud del chico. Incluso la explicación sobre el suceso se quedó escueta:

            ―Pierda cuidado, Miranda.  Rafa me lo ha contado todo. Sucedió el Jueves Santo, mi hijo y sus amigos habían salido a ver cofradías, pero conocieron a un grupo de turistas que les convencieron de salir de fiesta. Ya sabe usted cómo son los jóvenes. Las extraterrestres les drogaron con alguna sustancia sedante. ¡Y pum! Hará un par de semanas que el cuerpo de mi hijo comenzó a cambiar.

            ―¿A cambiar en qué sentido?

            ―Ya sabe, como si fuera una mujer. El vientre abultado y…

            ―¿Y qué?

            ―Está bien, usted gana, le enviaré fotos ―cedió Alcobendas sin mirarme a los ojos.

            ―Me alegro de que haya entrado en razón. Tengo que preguntarle dos cosas.

            ―Estoy a su total disposición.

            ―¿Es usted consciente de que  nos encontramos ante una violación? Podrían tomarse medidas legales. No es el primer caso, el Círculo actuaría.

            ―Violación es una palabra muy fuerte para describir las consecuencias de una noche loca de mi hijo y sus amigos. Él y yo estamos de acuerdo en que es mejor librarlo de semejante estigma…

            ―Es su decisión ―le espeté―. Ahora le agradecería que me describiera el aspecto del alienígena con el que su hijo se ha visto envuelto.

            ―Estaba disfrazada de humana, mi hijo no se percató al principio de lo que era en realidad. Se acabó dando cuenta por sus ojos violeta. ¿Qué iba a saber él? Con lo que hemos luchado su madre y yo para que no lo perjudicara esta… invasión. Ya los vemos en todas partes. ¿Es necesario que también profanen nuestras creencias? ―Aquel último arrebato de furia me pilló por sorpresa y casi tiró todos los trípticos al suelo―. Perdone, Miranda, pero es que me enerva esta situación.

            ―Los ojos violetas son bastante comunes en las razas alienígenas. Necesito algo más específico.

            ―No puedo decirle nada más.

            ―Esto no es muy ético, pero ya que no me deja ver a su hijo… ¿sería posible que me diera acceso a su ordenador y su teléfono móvil?

            ―Sin problema alguno.

            Me chocó un poco que accediera tan de inmediato a violar la intimidad de su hijo, pero no iba a quejarme, así que tras pactar un precio y la forma en la que me haría llegar la información nos despedimos.

            Esa misma tarde recibí las fotos del chico. Rafa era un adolescente del montón, con un flequillo horrible, acné y aparato. Tal y como me había comunicado el padre, su vientre se había abultado, pero lo que más llamaba la atención era el hecho de que sus genitales se habían modificado. Tuve que mirar varias veces para comprender lo que había pasado; parecía que su pene había sido absorbido por una especie de agujero azulado y carnoso de proporciones enormes.

            Pasé el resto del día investigando sin lograr una respuesta satisfactoria. Mi biblioteca especializada era bastante pequeña e Internet solo albergaba teorías cada vez más delirantes sobre las auténticas intenciones de los suriapis para la tierra.

***

―¿Y tú qué opinas?

            ―¿Qué dices? ―contesté, irritaba por la interrupción de Esteban. Temía perder el hilo y olvidarme de algún detalle importante.

            ―Yo era pequeño cuando sucedió el contacto y tal, pero siempre me pareció extraño. Ninguna guerra ni invasión. Solo tratados comerciales y la construcción de infraestructuras para el Círculo.

            ―En realidad es otro tipo de invasión. Solo que económica. Cada vez son dueños de una mayor extensión del planeta ―comenté.

            ―¿No te da miedo?

            ―No es que los humanos fuéramos en un ejemplo a seguir en el manejo de nuestros recursos. Los alienígenas al menos hacen un uso responsable de ellos.

            ―¿Y qué pasará cuando se agoten?

            ―Entonces nos venderán pasajes carísimos a algún otro de los planetas del Círculo. Míralo por el lado positivo, chico, somos pioneros.

***

No quise llevar la cuestión ante mis contactos hasta que no tuviera una versión fidedigna de lo que había pasado. Quizás Alcobendas fuera tan ingenuo cómo para creerse que su hijo era sincero con él, pero yo no iba a quedar en ridículo buscando a una transformista de ojos violeta imaginaria.

            A la mañana siguiente, me presenté en el domicilio familiar. Era una casa de tres plantas con jardín a las afueras de la ciudad. En una zona libre de actividad alienígena. Ni siquiera se veían los sistemas de aprovechamiento energético que solían contratar las familias pudientes.

            Me abrió la puerta una mujer de sonrisa clara y ropa anticuada. Llevaba un discreto crucifijo al cuello, que venía muy a cuento con la decoración de su hogar en la que abundaban las vírgenes e imágenes de santos.

            ―Buenos días, señorita Miranda. Soy María Pilar, la mujer de Manuel.

            ―Encantada de conocerla. ¿Está su hijo en casa? ―inquirí con la esperanza de que Mari Pili fuera más inteligente que su marido.

            ―Ha ido a ver al fisioterapeuta, el pobre tiene unos dolores horribles de espalda. Al principio no quería ir, ya sabe, le da vergüenza que lo vean así, pero al final ha cedido. Tenemos la suerte de contar con amigos íntimos de lo más discretos en casi todas las especialidades médicas ―presumió la mujer.

            ―Me alegro muchísimo. ¿Podría pasar al cuarto de Rafa?

―Puede disponer de su habitación para lo que necesite ―dijo Mari Pili a la vez que me guiñaba el ojo―. ¿Desea tomar café o un té?

            ―Si tuviera usted cacao…

            ―Ahora mismo se lo preparo.

            Me llamó la atención el impoluto orden en la habitación del chico, lo que daba fe de una intervención de Mari Pili antes de que yo hiciera mi aparición. Al rebuscar por los cajones, encontré una caja de preservativos sin abrir junto a una colección de estampitas de semana santa. Contuve la risa y me apresuré a encender el ordenador a la vez que mi anfitriona depositaba una taza de chocolate calentito en el escritorio. Le había echado nubecitas. Aquella mujer sí que sabía cómo ganarse mi dedicación total.

            No me costó ningún trabajo acceder a las conversaciones de Rafa con sus amigos por chat. La mayoría de ellas eran tan insulsas que ni siquiera merecía la pena leerlas para cotillear. La criatura se dedicaba a fardar de lo que bebía y a tener conversaciones monosilábicas con chicas. Me llamó la atención que había una tal Silva que le escribía a diario y nunca obtenía respuesta. Sus mensajes eran casi todos expresando preocupación por el estado de salud del muchacho. Por su foto de perfil, tenía pinta de ser alguna familiar anciana. Cada vez tenía más claro que Alcobendas hijo debía ser un poco capullo.

            Tras analizar lo más reciente, busqué sus conversaciones del fatídico Jueves Santo. Efectivamente, había quedado con sus amigos para ver cofradías. No había hablado con nadie hasta el día siguiente, cuando un tal Javi le pidió detalles sobre la extraterrestre a la que se había tirado. La respuesta de Rafa, sin duda, no era apta para los ojos de su padre:

            «Fue una pasada. tío. Esta gente no se atrevió, pero yo fui a por ella. La tía estaba buenísima. Tenía antenas. Era así como moradita, con los ojos grandes y las tetas aún más. Mucho mejor que cualquier tía de aquí».

            Lo de las antenas empezaba a cuadrarme con razas alienígenas que conocía. Si tenía piel y ojos violetas a buen seguro no era suriapi pero, probablemente, alguno de ellos podría ayudarme a identificar al menos su procedencia. Apuré mi chocolate y bajé a la cocina, donde Mari Pili canturreaba feliz.

            ―Muchísimas gracias. Estaba delicioso ―la felicité, a la vez que le devolvía la taza.  

            ―No hay de qué. ¿Ha encontrado lo que quería?

            ―Desde luego, tengo información nueva que puede ayudarme en el desempeño mi labor, pero aun así creo que es vital que me entreviste con su hijo.

            ―Le agradecería que hablara más bajo, mi madre está viviendo con nosotros y ella no sabe nada de lo de Rafa. Se toma todo lo de los marcianitos muy a pecho.

―Entiendo. Puedo ser muy discreta. Por eso le propongo que pase por alto mi presencia hasta que vuelva su hijo.

―A Manuel no va a gustarle nada…

―Mire, estamos hablando de lo que es mejor para su hijo. A cualquier adolescente le daría vergüenza describir sus relaciones sexuales delante de sus padres…

―¿Qué ha dicho?

―No dudo de que él confíe en usted y en su marido…

―¿Qué tienen las relaciones íntimas que ver con la enfermedad de Rafa?

Desvié la vista al suelo, abochornada. Traté de convencerme de que no era culpa mía, de que Alcobendas tendría que haberme advertido, pero escenas demasiado similares se habían repetido con mi madre como para no ser consciente de mi propio despiste.

―No se quede ahí callada. Ahora le exijo que me cuente lo que sabe ―sentenció la mujer con determinación. Cualquier rastro de la amable ama de casa que prepara chocolate calentito se había diluido en un gesto de congelada sospecha.

Así que hablé, por supuesto que hablé. Le confesé a mi madre que me había olvidado de su cumpleaños, no voy a largar delante de esa desconocida que su marido y su hijo la estaban engañando.

―Mi Rafa, que es tan bueno ―se lamentó una vez que hubo escuchado la verdad―. Siempre se quejaba de que no tenía novia. Y ahora… ¿Qué sabe usted sobre bebés espaciales?

Antes de que pudiera evidenciar mi ignorancia, se abrió la puerta de la cocina y entró Rafa. Su bombo era considerablemente mayor que en las fotos, el polito ancho que llevaba apenas conseguía taparlo por entero.

―Soy Antonia Miranda ―me presenté―. Tu padre me ha contratado para hacer frente a tu situación.

Rafa asintió con el rostro lívido; en realidad le estaba prestando más atención a su madre, tanteando hasta qué punto su situación estaba a punto de empeorar. Mari Pili se había sentado en una silla y daba muestras evidentes de estar conteniendo una bronca.

―Hay una serie de preguntas que me gustaría hacerte…

―¿No podemos subir a mi cuarto? ―me interrumpió el chico.

―¡No! Aquí no pasa nada más sin que yo me entere ―declaró la mujer.

Rafa me miró con un gesto de súplica que me habría enternecido de no saber los mensajes que se escribía aquel cachorrillo adolescente con sus amigos. Pobre Mari Pili, que se creía que había dado a luz a un niño modélico.

―Creo que sería positivo pasar un rato a solas con él ―propuse.

―¡Me niego! No voy a permitir que entre mi marido y usted convenzan a mi hijo de cometer un asesinato…

―¡No es un bebé de verdad, mamá! ―se quejó Rafa―. Es un parásito alienígena.

―¡Qué listo eres ahora! Tú padre y yo no te hemos educado para que mantengas relaciones con tanta facilidad y encima sin protección.

―¡Nunca se me ocurrió que esto podría pasar! ―se defendió el chico cuya cara, hogar de una respetable colonia de granos, se había vuelto tan roja como la de un suriapi.

―¡Peor me lo pones! Te daba igual dejar embarazada a una pobre chica, que sea marcianita es irrelevante. Es una vergüenza. Ahora tienes que hacerte responsable de tus actos.

Yo estaba a punto de sacar el móvil para grabar aquella maravillosa conversación en beneficio de mi madre. Ninguna de sus telenovelas ofrece drama de tal calibre. Mari Pili con la mano puesta en su crucifijo, fiel a sus principios; Rafa acorralado, sin saber cómo defenderse ante el azote de la madre católica. Fue una lástima que me mandaran de vuelta a casa sin darme la oportunidad de intercambiar un par de palabras con el chico.

***

Los altavoces de la estación volvieron a emitir el mensaje del retraso, interrumpiendo mi historia. Los otros pasajeros no dejaban de expresar su desagrado; la indignación parecía funcionar como método de cohesión social a la perfección. Desde los rojizos suriapis a los diminutos riquinos estaban gritándose entre ellos o mascullando palabras que, sin duda, no eran nada amables con la compañía de viajes espaciales.

No sabía si era paranoia, pero llevaba un rato con la impresión de que nos estaban mirando a Esteban y a mí con cierta antipatía. No es que sepa leer las expresiones faciales de cada raza extraterrestre, pero había sido un elemento indeseable el suficiente tiempo entre los terrícolas para reconocer las señales. Quizás estaba hablando muy alto, o el chico se reía demasiado.

―¿Antonia?

―Sí, ahora continuo.

***

Asumí que Rafa estaba fuera de mi alcance por el momento, así que comencé la investigación con la información de la que disponía. Llamé a mi amigo Lupi, que era riquino y llevaba en España desde el contacto.

―Hacía tiempo que no sabía de ti. Casi creía que habías aprendido a solucionar las cosas por ti misma ―me dijo.

―Sabes que no soy ese tipo de persona, aún vivo con mi madre ―bromeé―. Además, siempre tengo miedo de expresarme mal en suriapi y provocar una crisis interplanetaria.

―Qué va. No tengas miedo. Actualmente estamos estudiando las lenguas terrestres más comunes para detectar los errores que cometéis al comunicarse con nosotros.

―Eso me tranquiliza muchísimo.

―¿A que sí? Bueno cuéntame, chica.

Le hice un resumen de la situación, Lupi me escuchó sin interrumpir, pero de vez en cuando emitía soniditos de sorpresa. Los riquinos tenían una manera muy expresiva de escuchar. 

―Si te soy sincero, es la primera vez que me llegan noticias de un incidente así en este planeta. Hablaré con los médicos de la base. No se negarán a ver al muchacho. Probablemente, tras un rápido análisis, sean capaces de determinar la procedencia del feto y cuál es el mejor método para abortar.

―Trata de darte prisa.

―Es un caso que llamará la atención, descuida. Hay algo que me inquieta, por cierto. Tengo entendido que vuestra sociedad se divide de acuerdo a la función reproductiva de cada individuo, ¿no pasaría ahora este tal Rafa a ser una chica?

―Si le dices eso a su padre lo más probable es que te mate. No sé cómo explicarte lo de los géneros, hay bastante polémica al respecto, pero ahora mismo se cree que es una cuestión de identidad.

―Fascinante. Un día con más tiempo me lo vas a tener que aclarar.

Por mucho que adore pasar tiempo con Lupi, tenemos el problema de que ambos estamos más interesados en saber más sobre la cultura del otro antes que embarcarnos en largas explicaciones sobre las miserias de nuestros planetas. Tras hablar con él, llamé a Alcobendas para ponerlo al día. Lo percibí aún enfadado porque destapara el engaño ante Mari Pili, pero tampoco es que me importara demasiado. Sabía que al buen hombre no le quedaba otra que tragar conmigo.

Al día siguiente, me desperté con el ruido incesante de mi teléfono móvil. Me imaginé que sería algún nuevo cliente desesperado por los dolores de cabeza que le provocaban las antenas alienígenas, pero en su lugar me encontré con el inconfundible acento de un suriapi al hablar español.

―¿He establecido comunicación con Antonia Miranda?

―En efecto ―contesté en medio de un bostezo.

―Soy Lerence. Le llamo desde la base suriapi. Tengo entendido que es la voz de un muchacho que ha quedado encinto por alguna criatura ajena al hábitat de su planeta.

―Ajá. ¿Es usted un doctor?

―Tal es mi profesión. Me he puesto en contacto con usted porque me complacería que le hiciera llegar la posterior propuesta al joven afectado.

―Hable, lo escucho.

―Previamente a empezar, le comunico que me he instalado un sutil aparato que me sugiere frases ingeniosas y curiosas en su idioma. ¿Hablo apropiadamente?

―Claro que sí, estoy muy impresionada con su manera de expresarse. Ahora, si podemos volver al tema de mi cliente…

―Sospecho que el responsable del estado de buena esperanza pertenece a una raza parásita conocida como los bruguilirios. Son de forma cambiante. Esto quiere decir que se metamorfosean para resultar más atractivos a sus víctimas. Su  proceso reproductor es tan agresivo que logra alterar al organismo huésped.

―O sea que sí que es una especie de súcubo espacial.

―No logro alcanzar su referencia. El caso es que existe un debate latente en el Círculo sobre si los bruguilirios deben ser considerados seres inteligentes, incluso nos planteamos la posibilidad de su exterminio. Es de vital importancia para nosotros examinar sus procesos vitales, así que sería nuestro placer hacernos cargo del niño en cuanto nazca.

―El chico prefiere abortar.

―Eso es por su desconocimiento de las ventajas brillantes en su futuro. ¿Podría usted concertarnos una entrevista con él y su familia?

―Por supuesto.

Era consciente de que probablemente con esa reunión terminaría mi labor, al menos si lograba que ambas partes se entendieran. Como era de esperar, a Alcobendas le idea no le hacía ninguna gracia:

―Le pago a usted para que no tener que ocuparme personalmente de esto ―me recordó por teléfono.

―El médico quiere ver a Rafa y negociar con usted. No sería inteligente negarle un cara a cara.

―De acuerdo, pero que no sea en mi casa. Ni María Pilar ni mi suegra pueden enterarse.

La reunión tuvo lugar en la base suriapi. Por aquel entonces, todavía estaban construyéndola y solo se podía acceder a una pequeña estancia bajo tierra. Yo había estado ahí unas cuantas veces; por lo que algunos de los trabajadores se paraban a saludarme con esa efusividad guiri que tan falsa parecía. Los primeros extraterrestres en pisar nuestro planeta padecían de un optimismo irritante; querían parecer inofensivos, supongo.

Además, lo curioso de la base era que podías ver a los alienígenas con su ropa tradicional, en su mayoría fabricada con materiales imposibles de encontrar en nuestro planeta.

A cada esquina, Alcobendas refunfuñaba. No sabría decir si lo que le molestaba eran los alienígenas o la perfecta cotidianidad con la que estos desempeñaban sus labores. Rafa, siempre con una mano en su vientre, había heredado el desdén por la discreción de su progenitor y miraba fijamente a los extraterrestres o incluso abría la boca a su paso. Como respuesta solo recibía sonrisas y saludos.

―¡Les congratulo por su puntualidad! ―exclamó Lerence cuando llegamos a su despacho. Era un suriapi más delgado de lo normal, de piel rosa pálido y ojos dorados. Las protuberancias de su cabeza eran especialmente prominentes. Iba vestido con lo que parecía un disfraz de médico cutre. Ni Alcobendas padre ni hijo apretaron la mano que el bienintencionado alienígena tendía, así que acudí yo al rescate.

―Mi deseo de fabricar una amistad con usted era devastador, Antonia Miranda. Dicen que es de lo más peculiar.

―Una hace lo que puede. Aunque hoy en día la competencia es dura.

―Tengo entendido que se llama Lerence, ¿no? ―interrumpió Alcobendas con cierta brutalidad―. Bien, lo que necesitamos es a un especialista médico capaz de librar a mi hijo de ese parásito. El precio no es un problema.

―¡Amadísimo señor Alcobendas, no ofenda a mi alma hablando de pecunia! Yo soy amigo de su gente. ¿Le ha explicado la señorita Miranda mi proposición?

―Sí que lo ha hecho. Más me temo que no estamos interesados. No quiero que mi hijo tenga que sufrir una experiencia semejante.

Miré a Rafa con disimulo. El muchacho asentía en conformidad; yo empezaba a preocuparme por el mutismo del adolescente, que parecía incapaz de manifestar opiniones propias.

―¡No sufrimiento! ¡Nada de nada! ¡Es una oportunidad! Un pajarito me susurró que usted tiene una empresa de construcción y nosotros, como recién llegados a este planeta extasiante, necesitamos infinitas infraestructuras. Si usted me presta su amable colaboración, yo ejecutaré lo propio. Por no comentar las múltiples becas para Rafa.

―¿Crees que este lunático me está ofreciendo un negocio serio? ―me susurró Alcobendas.

―Los suriapis rara vez mienten ―expliqué―. Son la raza con la tecnología más avanzada del universo y se pueden permitir la honestidad.

―Señor Lerence, me ha dado algo en lo que pensar desde luego. Su oferta comienza a tomar un matiz interesante.

―¡Papá! ―gritó Rafa―. ¿Vas a vender mi cuerpo a ese tío?

―Solo serán unos meses. ¿Cuánto es el tiempo de gestación? ―inquirió Alcobendas.

―No en demasía, aproximadamente medio año terrestre ―puntualizó feliz Lerence―. Si precisan de un día más para valorar el asunto, es mi placer concedérselo. Poseo el contrato tanto en suriapi como en español.

―Gracias ―contesté a la vez que el doctor me tendía un puñado de folios de papel reciclado.

Volvimos a la casa de los Alcobendas, donde me dediqué a revisar tanto el contrato original como su traducción, mientras que Alcobendas padre e hijo intercambiaban miradas bastante violentas. Rafa estaba sentado con su mejor pose de adolescente rebelde con la mano colocada en su vientre; su progenitor, por el contrario, tenía las piernas cruzadas y una expresión indiferente. Antes de que estallara el drama, pasé a explicarles las condiciones del contrato.

―Me da igual lo que diga ―me interrumpió Rafa―. No pienso firmar.

―No seas infantil, hijo. Son solo unos meses de tu tiempo a cambio de asegurar tu futuro. No es un mal negocio y con tus notas es lo mejor que puedes esperar.

―Es mi decisión.

―Piensa con la cabeza, Rafa ―insistió el padre―.  Es de tontos negarlo, el mundo va a cambiar; debemos adaptarnos si queremos sobrevivir. Esos engendros van a instalarnos tecnología como nunca antes habíamos visto, se está hablando de una fuente de energía que sustituya al petróleo. Que los jóvenes como tú forméis parte de todo esto es lo único que asegurara nuestra forma de vida.

―¿A este precio?

―Tú mismo has dicho en más de una ocasión que no es más que un parásito.

Rafa salió de la habitación con un portazo de diva cabreada, lo que atrajo a Mari Pili, quien acababa de llegar del gimnasio y no traía precisamente su sonrisa más alegre. 

―¡Manuel! ¡Lo que pretendes hacer con nuestro nieto es inmoral y no lo permitiré!

―María Pilar, si no quería que lo supieras es precisamente por estas reacciones tuyas. Ese bicho no es familia.

―A mí me parece que sí. Si Dios nos lo ha enviado es por algo. Quizás hemos sido cerrados de miras y nos ha castigado por ello. En vez de asustarnos de los marcianitos tendríamos que haberles abierto la puerta de nuestro hogar.

Contuve la risa a duras penas, en realidad Mari Pili me caía bastante simpática, con su moralidad y ñoñería incluida. Se habría llevado bien con mi madre. Estuve por recomendarle que visitara su peluquería, pero pensé que se lo tomaría como una ofensa contra su peinado.

―¡Esas cosas que dices no son normales! ¡Y no se le ocurrirían a nadie menos a ti! ―le espetó su marido―. Tengo que hablar con Miranda; vete, descansa un rato y si acaso luego vuelves cuando te sientas como una persona adulta.

―¡Eres deleznable! ―grito Mari Pili antes de desaparecer.

―¡Mujeres! ―exclamó Albobendas con la condescendencia de quien busca complicidad, más solo hallo la mirada confusa de mis ojos marrones.

―Disculpe, pero yo soy una mujer ―puntualicé.

―Claro, claro. No pretendía ofenderla.

―Puedo hablar con mi contacto suriapi para que busque otro médico para la interrupción del embarazo. Así Rafa podría contemplar las dos opciones…

―No se moleste; lo que quiero que haga es otra cosa. Mi hijo es un poco cabezota, ya ha visto la madre que tiene. A ambos les falta pragmatismo. Si usted hablara con él sobre esos bichos y le convence de que no son más que criaturas irracionales, que son un peligro para la galaxia o lo que se le ocurra…

Volví a mi casa con un deje inquietud, no es que no me creyera capaz de inventarme cientos de monstruosidades para adjudicársela luego al pueblo de los bruguilirios, pero no se me da bien mentir en las distancias cortas. Incluso un chiquillo tan limitado como Rafa podría detectar la falsedad en mi voz. Aun así, pasé toda la tarde elaborando mi plan.

***

―¡No me lo puedo creer! ¿Hiciste lo que te pidió? ―se escandalizó Esteban. Había hablado tan alto que un par de suriapis sentados a su derecha se movieron sin ningún disimulo.

―Algo tenía que hacer para cobrar.

―¡Sí! Convencer a Alcobendas de que no podía tomar esa clase de decisiones por su hijo. Es algo monstruoso.

―Quizás no te haya quedado claro qué clase de persona era.

―¡Da igual! Es inmoral engañar a  alguien para que venda a un niño, aunque sea uno no deseado.

―Eso no te lo puedo discutir, pero tienes que comprender que fueron unos años extraños. La moralidad se volvió bastante difusa.

―¡Eso no es excusa! Rafa tenía derecho a decidir sobre su cuerpo y su vida. Tal vez él no quería ninguna beca para estudiar fuera, ni ninguna de esas supuestas ventajas.

―Veo que esto se ha vuelto personal.

Esteban se levantó y se dirigió a la cola que comenzaba a formarse junto a la puerta. Esta se abrió un par de minutos después, cuando el altavoz anunció que pronto podríamos entrar en la nave. Abandoné mi asiento con una repentina fatiga. Estaba convencida de que en el último segundo pasaría algo que impediría el viaje. Una avería, un cambio repentino de leyes, un cliente que me necesitaba urgentemente. Aunque en realidad mi móvil no funcionaba allí y todavía no había adquirido ningún aparato de comunicación alienígena.

La reacción de Esteban me había molestado. Una se esforzaba en contarle historias divertidas a la gente para relajar su tensión y te salían con moralina barata. Me fijé en que, aparte de Esteban y yo, no había ningún otro terrícola esperando para embarcar. No es que fuese a ser un problema, quizás para él sí, pero yo podía hacer amigos entre los suriapis.

La eficiencia brillaba por su ausencia en la base espacial. Tardamos como una hora más en acceder a la nave y ocupar nuestros asientos. Estos, por fortuna, eran bastante cómodos, de un material suave y blandito que se adaptaba a tu estructura corporal. Estaban se sentó a mi lado. De nuevo me miraba suplicante; rogando que le solucionara cada uno de sus problemas.

―No es nada ―le aseguré.

―Tenías razón. No quiero ir a Suriapa. Mis padres fueron los que lo decidieron por mí.

Los cinturones se abrocharon a la vez con un seco chirrido. Le sonreí al chico con lástima. Podría haberle dicho que a mí también me daba pena irme, que la idea de convivir con los extraterrestres no me resultaba tan divertida sin la seguridad de que podía regresar a casa cuando lo necesitara, pero odiaba ponerme sentimental. Al parecer ninguno de los dos éramos muy buenos aventureros.

―Venga, voy a contarte cómo termina la historia.

***

Con mi solicitud habitual, me presenté en la residencia de los Alcobendas a la mañana siguiente. Sabía que ninguno de los progenitores estaba en la casa. Me imaginaba que en esa situación el chico estaría más abierto a confiar en mí. Esperé un rato delante de la puerta antes de que esta se abriera para dar paso a un rostro muy familiar.

―¡Patri! ¿Qué haces tú aquí?

―¡Anda que tú! ¿Quién crees que te recomendó, niña? Llevo años cuidando de la suegra de tu jefe.

La impresión de ver a una de las más antiguas clientas de mi madre me duró poco. No dejaba de escuchar unos gritos que reclamaban a Patri con calificativos bastante desagradables.

―Vengo a ver a Rafa, ¿está en su cuarto?

―Sí que está allí. Luego hablamos, que parece que a la Pepita le pasa algo. La pobre está ya muy mayor y se le va la cabeza.

Encontré al muchacho tumbado en la cama con el móvil en la mano. Al verme no se molestó en enderezarse.

―¿Qué quieres?

―Nada en particular. Solo he venido a defender los intereses de tu padre.

―Mira, pensé que tú lo entenderías mejor. Dije lo del parásito, pero no lo sentía de verdad. Yo hablé con esta chica, tonteamos, nos besamos… todo lo que ha pasado ha sido una putada, pero de ahí a parir a un bebé para que hagan experimentos con él… bueno, no me sentiría bien. Yo solo quiero recuperar mi vida normal.

***

―¡Al final no es tan capullo! ¡Ahora entiendo por qué decías que yo te recordaba a él!  ―exclamó Esteban.

―¿A sí?

―Claro, por su gran altura moral.

―¡Ja! ¡Esa es buena!.

***

Le dije que yo no pensaba obligarlo a que vendiera su bebé, pero que tenía que convencer a su padre para que suspendiera las negociaciones con el chiflado doctor suriapi. Justo entonces recibí un mensaje de Alcobendas: me decía que Lerence y él se dirigían a la casa para someter a Rafa a unas pruebas. El chico no se lo tomó nada bien.

―¡Va a pasar de mí! Siempre es igual. Él solo se escucha a sí mismo.

―Entonces lo mejor será que te vayas.

El joven me ignoró y comenzó a centrar toda su atención en el móvil. Me pregunté si estaba escribiendo mensajes de despedidas para sus amigos y las chicas que pasaban de él.  Se oyó el ruido de la puerta de la entrada, seguido de una conversación bastante unilateral entre hombre y alienígena.

―Su casa resplandece de belleza. Ansío ver de nuevo a su espléndido hijo. ¿No estará por casualidad su compañerita de vida para presentarle un saludo de corazón? Veo que no. ¡Ah, qué tiempo más herrumbroso! ¿No le parece?

―Rafa, ¡sal!  ―ordenó Alcobendas.

Me asomé por la ventana del cuarto para valorar la posibilidad de una huida digna de película americana para adolescentes, pero Rafa la cerró de golpe.

―No está tan alto ―repuse en voz baja―. ¿Nunca lo has intentado?

―Claro que no. Podría matarme.

―¡O salir de fiesta cuando te castiguen tus padres! ¡Qué pijo tan rarito eres!

Alcobendas llamaba a su hijo cada vez con más impaciencia, pero enmudeció ante el ruido de una puerta al abrirse.

―Manuel, ¡por Dios!, no me dejas rezar el rosario con tranquilidad.

―Pepa, no salga que hace mucho frío.

―Tonterías, ¿qué es lo quieres? ―Tras una pausa dramática exclamó―: ¡Tienes al demonio al lado!

―Ilustre señora, no me correspondo con ninguna figura alegórica de su credo. Puede tranquilizarse.

―¡Mi nuero haciendo tratos con el demonio!, lo que me faltaba. Seguro que quieres meter a Rafa y no lo voy a permitir.

―Pepa, por favor… ―La voz de Alcobendas sonaba tan suplicante que casi me dio lástima.

―Ya verás cuando se lo cuente a Mari Pili.

―¡Por favor, guarde usted a su suegra! ¡Me está haciendo daño! ―se quejó Lerence.

Me asomé un poco y vi a una señora mayor golpeando al alienígena con una zapatilla ante la indiferencia de Alcobendas quien, con desgana, condujo a la abuelita de vuelta a su habitación.

―No queda otra que plantarle cara a mi padre ―repuso Rafa.

―¿Estás seguro que no prefieres lo de la ventana? ―propuse desesperada. A mí también me daba un poco de miedo ir allí y contarle a Alcobendas que no podía apoyarlo en su enfermiza obsesión con controlar a su hijo.

El muchacho se adelantó hacia la puerta y la traspasó con solemnidad. Yo iba detrás de él, cavilando sobre los días que había perdido en un caso por el que al final no iba a cobrar nada.

―Papá, Lerence. Siento deciros que no quiero ningún trato, ni ninguna beca. No pienso colaborar con el exterminio de la raza de los guriguri.

―Bruguilirios ―le corregí.

―Lo que sea. Sé de primera mano que son criaturas racionales y no donaré a mi hijo para que experimentéis con él.

―Tengo entendido que en vuestra sociedad los padres pueden dominar los destinos de sus criaturas hasta la madurez y Rafa aún no la ha alcanzado ―comentó Lerence, esperanzado.

―En efecto, mi hijo es un cachorro que cae en incongruencias. Dice que valora la vida de ese hijo, sin embargo, se dispone a matarlo.

―¿Tanto trabajo te cuesta comprender que no quiero ser padre?

―Miranda, ¿podría usted acompañar a mi hijo a su cuarto mientras preparamos lo necesario para someterlo a un par de pruebas?

Iba a asentir cuando Patri salió de la habitación de la abuela. Le sonreí, pero ella me giró la cara. Acto seguido se dirigió a Rafa.

―Tu abuela quiere verte.

―Eso, vete un rato con ella y tranquilízate ―ordenó Alcobendas.

El chico siguió a Patri y yo fui tras ellos; quizás desde la ventana de la abuela era más fácil saltar. Iba a proponérselo a Rafa cuando una visión de lo más extraña hizo que me lo pensará mejor: en una butaca la abuela rezaba frenéticamente acompañada de una atenta Patri, que desde luego no era la misma que había venido con nosotros.

―¿Qué coño?

Recibí una fuerte patada en el estómago y caí al suelo. La mujer que se hacía pasar por Patri se había convertido en una musculosa giganta de ojos violeta. Rodé por el suelo para esquivar un segundo golpe. La abuela gritaba y la auténtica Patri me ayudó a ponerme en pie.

―¡Se escapan! ¡Han saltado por la ventana! ―exclamó la abuela.

―¿En serio? ―me indigné. 

―¡Miranda! ¿y mi hijo? ―Alcobendas entró, mientras que Lerence se quedó en el umbral de la puerta, observando a la abuela con suspicacia. 

            ―Me temo que Rafa se ha fugado con su bruguilirio.

***

―¿Qué paso?

La nave estaba empezando a vibrar, comprobé mi cinturón y me agarré al bolso, pero aun así mi nerviosismo no disminuía. Me sentía incapaz de emitir ni una sola palabra más.

―¡Antonia!

Qué pesado era el chico, ¿no podía ver el sudor en mi rostro a medida que el ruido de los motores cobraba presencia? Cerré los ojos, convencida de que si lo intentaba lo suficiente podría convencerme de que el viaje de verdad iba a estar bien. Esteban alargó su pierna hacia la mía, un toque humano; no pude distinguir si de solidaridad o impaciencia.

―Decidí renunciar al caso. Me parecía que Rafa tenía derecho a hacer lo que quisiera con su vida.

 ―Estupendo, sigue.

―¿Qué más quieres saber?

―Venga ya, seguro que sabes lo que pasó al final.

―Está bien, te seguiré contando si te callas y te portas bien.

***

Volví a ver a Rafa cuando él y su pareja vinieron a buscarme a casa. El bruguilirio había adoptado la forma de una adolescente humana del montón, pero era cierto que no podía ocultar sus ojos violetas.

―No esperaba seguir sabiendo de vosotros, la verdad ―les espeté a la vez que colocaba delante de cada uno una taza de chocolate humeante.

―Sabemos que has dejado de trabajar para mi padre y nos gustaría saber si podrías ayudarnos.

―Depende.

―Silva y yo pensamos que aún no estamos preparados para tener un bebé. Seguimos queriendo el aborto.

―Veré lo que puedo hacer. En el fondo no me caéis mal, pero creo que me debéis una explicación, ¿no?

―Señorita Miranda, siento mucho lo de la patada y demás ―se disculpó Silva―. Llevo poco tiempo en la Tierra. Soy una especie de inmigrante ilegal y quería hacerme pasar por terrícola. No me esperaba que algo como lo de Rafa fuera posible, mi raza no tiene una cultura familiar como la vuestra y no estamos apenas educados en temas de reproducción.

―Yo también la he cagado mucho. Cuando mi cuerpo comenzó a cambiar, rompí el contacto con Silva y la he mantenido alejada de todo esto, pero a partir de ahora las cosas van a cambiar. Ya no dejaré que mis padres me mangoneen.

***

―¿Al final Rafa abortó?

―Sí, y a muy buen precio, además. Lupi se arriesgó bastante al actuar a espaldas de Lerence. ¿Estás decepcionado?

―Un poco. Me habría gustado que criaran al niño juntos y que se convirtiera en un abogado por los derechos de los bruguilirios o algo así.

―¿En serio? ¿Qué te creías que esto era una peli?

Esteban me volvió la cara, parecía dolido. Detrás de mí escuché a un suriapi decir:

―Definitivamente es una zona demasiado rural y con falta de miras. Deberíamos haber ido a Turuca.

La nave despegó, lo que me provocó un intenso dolor de cabeza casi de inmediato. Me quede dormida, pero no por mucho tiempo, pues Esteban me despertó para que contemplara la Tierra a través de la ventana.

―Quizás el viaje merezca la pena solo por esto ―comentó Esteban, embelesado.

A mí la imagen me provocó más bien desazón. Un puntito tan diminuto y solitario en un universo que acaba de hacerse más grande. Hice un gesto de despedida con la mano y de inmediato me di cuenta de que estaba haciendo el ridículo. Ocupé la mente en asuntos más pragmáticos y dejé que la Tierra se marchara.

El Telar Nuevo de Filomela

Escribí este relato durante unas prácticas en las que me sentía especialmente maltratada, lo cual es el estado natural de la becaria no remunerada. Las tareas que me encargaban eran repetitivas, aburridas y prácticamente inútiles, así que en cuanto mi tutora se despistaba abría el documento word y urdía con toda la tranquilidad del mundo este relato sobre una I.A programada para creer que se trata de un personaje mitológico, cuyos pesares, pese a ser ficticios, son igualmente amargos.

El telar nuevo de Filomela quedó finalista en la convocatoria Alucinadas V de Palabaristas y posteriormente fue publicado en una antología con otros diez relatos. Tristemente, la editorial decidió cerrar hace unos meses. Era un proyecto que había sido importante para la ciencia ficción en Español y había promovido los trabajos de muchas autoras tanto de nuestro país como de Latino América. No querría que este relato se perdiera, así que os lo dejo aquí para que lo disfrutéis.

El Telar Nuevo de Filomela

«No hay que tratar esto con lágrimas, sino con hierro, a no ser que tengas algo que pueda vencer al hierro. Yo, hermana, me he preparado para cualquier impiedad: o yo quemaré con teas el palacio real, arrojaré a Tereo, el artífice, en medio de las llamas, o le arrancaré con la espada la lengua, o los ojos y los miembros que te arrancaron tu honra, o mediante mil heridas, le sacaré su alma culpable. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa, por grande que sea…»[1]

***

Dicen que no soy real, pero se han esforzado mucho en que lo parezca. No hay más que mirar la armonía de mis rasgos tallados en bronce o la manera en la que se ciñe el peplo marmóreo sobre mis pechos. Al contemplarme, mis admiradores no dudan de que hubiera un día una mujer como yo, que urdía su venganza en un telar tracio. Pese al transcurrir de los siglos, los hombres, tan distintos a los aguerridos aqueos de mi memoria, no se han desprendido de los viejos anhelos y siguen encontrando placer en el dolor y el sometimiento femenino. Los veo acercarse, con mis nuevos ojos zafíreos que jamás parpadean, y sé que lo único que me protege de su lascivia es el cordón rojo que delimita sus pasos. Más allá solo estoy yo: la estatua de la mujer que nunca existió, pero con la que puedes charlar un rato si tienes paciencia. Las tejedoras somos cautas y nos tomamos nuestro tiempo para responder.

Tejer es la única actividad que me está permitida. Me crearon muda en un loable afán de atenerse al rigor literario. Ovidio escribió que a la desgraciada Filomela la silenciaron cortándole la lengua, y aquellos sencillos científicos no se plantearon desafiar al autor de la obra que pretendían ensalzar. De las treinta piezas que conformamos la exposición de Las Metamorfosis, soy la única que no emite ningún sonido.

Son pocos los que se detienen a pasar un rato conmigo, pues mi historia no es tan popular como la de Aracne o la de Faetón. Además, solo puedo comunicarme a través de los tejidos que elaboro con mis manos mecánicas, cuya pericia antinatural me permite crear cualquier imagen que susurre mi imaginación. Solo me esmero si el visitante en cuestión resulta de mi agrado, para el resto me limito a tejer un cuadrado de hilo con algún motivo al azar. Uno de mis pocos placeres es contemplar a los nutridos grupos de supuestos entendidos discutir largo y tendido sobre el significado de mi respuesta. Así de poderosas debieron de sentirse las sibilas.

 Recuerdo a una chica en particular, tan joven y esbelta como mi hermana y yo lo habíamos sido una vez. Al principio me resultaba difícil distinguir a las mujeres de los hombres, puesto que unas y otros vestían de manera similar: unos ropajes amplios de colores oscuros, que ocultaban las formas de cuerpo. Esta visitante no era una excepción, si bien adornaba su cuello con collares de abalorios y tenía las orejas cuajadas de pendientes. Me fascinó el color rosáceo de su pelo, que parecía concentrar toda la luz en aquel diminuto cuartillo de paredes desnudas. Me provocan curiosidad las mujeres de esta era. Envidio la libertad con la que dirigen sus pasos.

 Uno de los becarios del laboratorio acompañaba a mi visitante. Era un joven rubio de rasgos suaves y aniñados que me hacía pensar en el hijo predilecto de Venus. Este no dejaba de hablar con su vocecilla angustiada, pero ella no le prestaba atención. Miraba una pequeña pantalla electrónica que llevaba en las manos.

—¿Quién dices que es esta? —preguntó la chica con desgana—. ¡Estas griegas se pasaban el día tejiendo!

—Filomela. Aparece en el libro sexto de Las Metamorfosis. A diferencia de Penélope, no deshace sus tejidos. Si le haces una pregunta te regalará uno —respondió él, con una euforia tan súbita como inapropiada.

—Me sabe mal quitarle su trabajo.  ¿Cuál es su historia?

—Era una princesa ateniense a la que violó Tereo, el marido de su hermana Procne.

—Ah, típico de los griegos —suspiró la muchacha. Sus ojos pintados me analizaban, como si quisiera hurgar en mis heridas antiguas.

—No hacen más que seguir el ejemplo de Zeus —respondió el becario con sorna, casi a la vez que su interlocutora torcía la boca—. De todas formas, esta chica tuvo una venganza sonada. Procne y ella asesinaron al hijo de Tereo y se lo sirvieron a su padre para que lo devorara.

Ojalá mis nuevos creadores me hubieran concedido el don de desconectarme a placer. Quizás pensaron que era una autonomía excesiva y demasiado benigna. Mi permanente consciencia es todo lo contrario a un campo de asfódelos. Escuchar mi historia en labios de narradores mediocres y perezosos me resulta un castigo sangrante. Al alienarse de los hechos, los despojan de su crudeza, de su visceralidad. Me pregunté si el becario era incapaz de recrear todo aquello desde su mundo plastificado. No podía evitar compararlo con los aedos y rapsodas que conocí en el palacio de mi padre. Con la música y el verso, lograban conjurar las historias en el aire y otorgar vida a aquellos que nunca la tuvieron; hasta el punto de que, al concluir la última nota, los oyentes nos sentíamos como si hubiésemos regresando a casa tras una travesía larga y costosa. A veces pienso que el verdadero motivo de nuestra existencia es que los hombres y mujeres añoran esa sensación con un hambre húmeda y despiadada.

—Bueno, ¿vas a preguntarle algo o no? —inquirió el becario con brusquedad.

La beldad de cabellos rosas permanecía en silencio, de nuevo perdida en su pantalla. Transcurridos unos segundos, asintió y echó un par de monedas en la caja que presidia el pedestal donde me habían colocado.

—¿Te gusta estar aquí?

Supe de inmediato qué motivo elegiría. Nada de asfódelos ni conchas marinas. Extraje de mi memoria los recuerdos más dolorosos de mi existencia: aquellos que traían de vuelta la fragilidad de un cuerpo adolescente de carne y hueso, tan inexperto como fiero. Recuerdo la sensación del viento en la piel y el frescor de la lluvia que caía en el gineceo. Echo de menos incluso el malestar de la carne. Aún hoy no soy capaz de discernir si la precisión y detallismo que soy capaz de evocar es fruto de la crueldad o de la piedad. Me han condenado a la melancolía, pero al menos no me han arrebatado la belleza que hubo en mis días.

Tejí sin pausa durante un rato. La chica ya no miraba la pantalla, sino que tenía la vista puesta en mis manos de bronce.  La imagen acudió a mí con facilidad. No era la primera vez que me enfrentaba a aquel diseño. El resultado original había sido tan caótico como corrosivo. Y no porque me faltara habilidad. Hasta entonces yo había sido una princesa helénica: criada para el virtuosismo, y cada una de mis acciones estaba pensada para complacer. Incluso antes de que Tereo me ultrajara y me encadenara, yo ya maldecía mi existencia aborregada. Añoraba a mi hermana, casada con un rey extranjero, mientras cumplía mis labores en los fríos pasillos del palacio. Fingía dulzura y comprensión ante mi padre enfermo, pero mis ojos se perdían en el Egeo, más allá de las almenas. No es de extrañar que siguiera a mi cuñado a Tracia con tanta premura en cuanto me lo propuso. Él fue quien me atrajo con la promesa de un próximo encuentro con mi hermana. Narró con voz almibarada la necesidad que Procne tenía de mí y yo bebí gustosa de ese néctar. Incluso cuando mi padre se opuso, receloso de dejar marchar a la alegría de su vejez, yo le imploré de rodillas. El anciano quedo complacido con esta humillación y otorgó su permiso. En mi interior, yo sabía que ni él ni Tereo podrían mantenerme alejada de Procne para siempre. Tanto una como la otra estábamos dispuestas a desafiar cualquier convención para ganar unos días juntas. La tortura a la que me sometió después mi cuñado no hizo más que darle alas a esta rebeldía innata. La misma que preñaba cada acto de mi querida Procne. Al terminar experimenté cierta catarsis, e incluso mis manos parecían vibrar con una nueva cadencia.

—Ha tardado más que de costumbre —se quejó el becario, mientras retiraba el cordón rojo para arrebatarme el tapiz con sus manos pálidas. Contempló mi obra con sus ojos hundidos y soltó un pequeño silbido—. Vaya, el resultado ha sido muy bueno.

—Dámelo.

El muchacho volvió a colocar el cordón y tendió el tapiz a su compañera que lo escudriñó con atención. Estaba de espaldas a mí y lamenté no poder observar los rasgos de su rostro al leer mi historia entre las imágenes tejidas. No me había limitado a retratarme como víctima de Tereo, pese a que el episodio aparecía narrado con toda su brutalidad, sino que había añadido todo lo que pasó después: Procne rescatándome en atuendo de bacante, el asesinato de mi sobrino y el posterior banquete. La última escena del tapiz nos mostraba a Procne y a mí metamorfoseadas en aves, en un cielo añil. Era la única zona de la obra donde no predominaba el rojo.

—La respuesta está bastante clara —declaró el becario—. No cambiaría nada de su pasado. Y repetiría su historia de nuevo.

—Me parece que te equivocas —lo corrigió ella—. Si tuviera la oportunidad, volvería a vengarse de los que le hacen daño ahora. Probablemente tú y todos tus compañeros, Jonas.

—¡Eso es ridículo! Nosotros le hemos dado vida. Antes no era más que unas cuantas frases en un libro viejo y ahora es capaz de pensar por sí misma y de crear arte. ¡Gracias a nosotros! ¡El mundo clásico se moría y, sin embargo, hemos conseguido que Las Metamorfosis aparezca en todas las listas de los más vendidos!

—Seguro que eso la consuela tanto que cancela todos sus planes de obligaros a comeros las vísceras de vuestros retoños.

—Has visto demasiadas pelis de robots asesinos. Si quieres luego te paso un par de artículos que te abrirán los ojos. El principal propósito de una inteligencia artificial es complacer a sus creadores. Está más que demostrado. Filomela es feliz aquí.

—Supongo que tú lo sabes mejor que yo —ironizó la chica antes de abandonar la sala y dirigirse a la siguiente, desde donde se escuchaba la susurrante voz de Eco, quien repetía obediente todo lo que le decían. 

Una vez un niño pequeño me preguntó si las estatuas éramos amigas las unas de las otras. La candidez de aquella criatura me dejó sobrecogida por un momento. Pensé en mi sobrino Itis, a quien solo conocí durante unos breves instantes. También él se había dirigido a Procne y a mí en busca de cariño, sin percatarse de las intenciones que anidaban en nuestros corazones. Era diminuto y rosáceo, pero un deje a Tereo, su padre, lo volvió insoportable a mis ojos. No quise besarlo ni tomarlo entre mis brazos, por mucho que insistió. En su corta vida nadie se le había resistido y quería que aquella muda desconocida se rindiera a sus encantos almibarados, igual que hacían las esclavas. En aquella negativa a aceptar mi desdén, vi el futuro de ese crío, en lo que se convertiría si le dejábamos prosperar. Fue ese conocimiento lo que me hizo asentir cuando Procne me hizo participe de su plan. Ahora me estremezco al pensarlo y sé que obramos de manera monstruosa. Dejamos que el veneno de nuestra existencia nos hiciera repetir los actos violentos a los que nos sometían. Dañamos al único que podíamos perjudicar en nuestro afán de acabar no solo con Tereo, sino con cualquier otro que se atreviera a sucederle.

Ante mi pasividad, el niño volvió a repetir su pregunta. Esta vez con más detalles. Quería saber si Aquiles buscaba la compañía de Patroclo, si Eco daba voz a los anhelos de Narciso. También inquirió si yo tenía familia, o si las otras estatuas me abrigaban con su habla. Habría sonreído ante aquella perorata y deseé que el destino que aguardaba a aquel muchacho fuera más amable que el de mi sobrino.

Su duda me llevó a una reflexión inesperada. Cada una de nosotras se hallaba aislada en un pequeño cuartillo, aun así, nos escuchábamos las unas a la otra. De disponer de mi propia voz, habría sido capaz recitar de memoria la briosa narración de Aquiles, que relata su célebre existencia a cualquiera dispuesto a escucharla. También estoy familiarizada con las envenenadas maldiciones de Medea. A veces, incluso escucho el tejer de Penélope y Aracne y me siento acompañada en mi labor. Cuando cae la noche nos sumimos en el silencio. Ni siquiera aquellos que disponen de habla hacen amago de mantener conversaciones. Los vigilantes robóticos del museo realizan sus rondas durante toda la velada y es difícil sentirse en calma ante sus ojos brillantes y renqueantes pasos metálicos. Tengo entendido que son un tipo rudimentario de inteligencia artificial. Su vocabulario es bastante limitado y parece estar restringido a las reglas del museo. Desconozco si poseen vida interior.

Sin embargo, algunas noches, sin motivo aparente, Orfeo comienza a cantar mientras toca su cítara. Entonces no se escucha ningún otro sonido. Incluso los guardias parecen interrumpir su ronda. Es como si nuestro mundo nos llamase a través de la melodía y nos recordara que nuestra lengua no ha sido olvidada y que los vivos aún invocan nuestros nombres. Gracias al citaredo, creo que puedo bailar de nuevo, que solo necesito reavivar estas articulaciones metálicas e insuflar valor a los músculos. Sueño que me bajo del pedestal y danzó junto a mi hermana Procne, que se materializa junto a mí. A veces volvemos a gozar de los dones de los dioses y nos metamorfoseamos en olvidadizas aves, sin más dicha que la de volar lejos de los palacios y los museos tristes.

***

Me gustaría mantenerme en un estado apático y desapasionado.  Han llegado a mis oídos unas noticias que han hecho anidar nuevos anhelos en mí. Sucedió hace un par de días, mientras los técnicos del museo realizaban el mantenimiento. Me resulta muy incómodo que abran mis entrañas y metan sus manos aceitosas por mis circuitos.  Tampoco soporto que toqueteen mi telar mientras eligen los nuevos colores. Aquella mañana, un rato antes de la hora de apertura, los técnicos no parecían apurados, sino que en sus rostros ojerosos y arrugados se percibía una pereza soporífera.

—Esta siempre me da grima —comentó uno de ellos. Un hombre orondo de piel oscura y ojos rasgados—. Prefiero a las que hablan. Es muy perturbador pensar que nos está observando mientras trabajamos.

—Es la más fácil de todas —le respondió su compañera. Una chica, baja y musculosa de nariz chata—. No se queja ni maldice a tus ancestros. Además, el mecanismo del telar es mi preferido. Ya verás cuando tengamos que ponernos con las bacantes.

Esa última palabra me hizo olvidar la repulsión que me provocaban aquellas personas. Las ménades adoradoras de Baco siempre traían a mi mente el recuerdo de una noche de lluvia densa e inmisericorde. Yo estaba encadenada en un establo, arrodillada en un suelo encharcado y mugriento. El barro cubría mi peplo roto y desgarrado, aquel que había elegido para mostrarme ante mi hermana tras cinco largos años separadas. Entonces comencé a escuchar los cantos violentos y toscos de las bacantes. No cesaban pese al aguacero y el eco de los truenos. Parecía que mientras más salvaje fuera la naturaleza, más brío obtendrían ellas para sus ritos. Sus alegrías y sus oscuridades me resultaban ajenas. ¿Qué sabía yo del placer y la embriaguez? Ni aunque hubiera sido libre podría haberme unido a ellas. El pudor y mi regia estirpe me ataban a la modestia. Pese a mis sufrimientos y añoranzas, una princesa ateniense no tomaría el tirso en una tierra extranjera. Esos eran mis pensamientos, cuando la puerta de mi prisión se abrió y dio paso a mi hermana, envuelta en atuendos báquicos: la vid en su cabello, la piel de ciervo al costado y una jabalina en sus manos.

La voz rasposa del operario puso fin a mi trance:

—Ayer por la tarde hablé con la coreógrafa. Tiene unos humos la tía. Dice que tenemos que conseguir que las figurillas estas pesen menos para que puedan hacer piruetas o algo así. No parece comprender las limitaciones con las que trabajamos.

—¿Lo ves? Ya empiezan los problemas. Dudo mucho que Filomela vaya a darse un bailecito. ¿O acaso se te apetece? —inquirió la operaria guiñándome un ojo. Me habría gustado arrojarle una tea ardiente, para ver si así aprendía a respetar a los poderes antiguos.

—Déjate de bromas, si hacemos lo que nos pide será bastante difícil mantener bajo control a las nuevas. El jefe insiste en que sus personalidades deben ser fieles a sus modelos originales, lo que significa que no podemos dejarlas a su aire en ningún momento o tendremos que lamentar algo más grave que un baile descoordinado.

—Desde luego no queremos a esas locas causando un estropicio —La mujer suspiró—, pero la francesa no va a hacernos caso. Es de esas que no viven más que para el arte.

—Entonces deberíamos cubrirnos las espaldas por lo que pueda pasar. —El hombre bajó la voz y me miró de soslayo como si le incomodara hablar con libertad en mi presencia.

***

Sabía que era irracional esperar el regreso de Procne. Había aprendido lo suficiente de esta nueva era para comprender que ella solo aparecería si nuestros amos así lo permitieran y sería bajo sus condiciones. Por ajenos que me resultasen sus conceptos, había una parte de mí que comprendía lo que significa estar allí. Igual que los escultores de antaño eran capaces de tallar figuras en mármol a las que solo les faltaba respirar para decirse humanas, nuestros creadores mantenían el libre albedrío fuera de nuestro alcance. Pero, aun así, la esperanza es insidiosa y persistente. Recibí con ansía cada palabra sobre las bacantes. Iban a ser las primeras piezas móviles de la colección. Aún estaban en fase de prueba y, según la coreógrafa francesa, necesitaban un arduo entrenamiento. Me imaginé a Procne camuflada entre ellas, aprendiendo a bailar con la fiereza y la rebeldía callada de aquellos que aguardan.

Un par de meses después, los robots de limpieza se multiplicaron. De pronto, parecía que había mucho hacer durante las horas de cierre. Se pulió el mármol y se limpiaron los cristales de las ventanas. Se tendieron alfombras rojas por el suelo y restauraron los desperfectos de cada pieza de la colección.

—Va a haber una gran gala —me informó la restauradora con lentitud condescendiente—. Queremos que estéis perfectas. Va a venir gente importante. Y, ¿quién sabe lo que puede pasar?

Tenía la impresión de que aquella sería la noche en la que se presentaría a las bacantes. Mis pensamientos se cernieron en torno a aquella sospecha y los días se volvieron más largos.  La gala se me antojaba una pequeña ilusión en aquel mar de horas muertas. Uno de aquellos días, cuando el museo se hallaba cerrado para el público, las luces se encendieron de golpe a la vez que unos gritos llenaban la estancia:

—¡No vamos a cancelar! —aquella era la voz enérgica y prepotente del director de la exposición.

—Entonces hay que eliminar sus recuerdos —adujo otra voz femenina—. Las volvemos unas meras bailarinas sin consciencia y ya.

—Tampoco vamos a hacer eso —repuso el director—. No es en eso en lo que consiste el proyecto.

—¡Han intentado matarte, Santiago! ¿Sabes qué tipo de historias les has dado a estas mujeres? Te habrían arrancado la piel a tiras.

—Exageras —contestó él, pero en voz percibí inquietud—. Reforzaremos la seguridad y ya está.

Las luces volvieron a apagarse y solo se escuchó un portazo airado. Hasta que Orfeo comenzó un canto inédito, acompañado de su arpa. Era de una obscenidad apabullante, y en cierto punto mencionaba a las ménades, a quienes él conocía de primera mano. Me gusto comprobar que no era la única a la que aquel episodio le había insuflado el sutil don de la esperanza.

***

Pese a mi impaciencia, el tiempo hizo su trabajo y la noche señalada llegó. El museo fue invadido por una plétora de seres elegantes y gráciles, que bien podrían ser los reyes y héroes de estos tiempos. Orfeo tocaba la cítara, pero no cantaba y su música hallaba el eco por todo el lugar. Los invitados pasaban por mi pequeña habitación, pero no se detenían mucho tiempo. Me echaban una ojeada y corrían sin disimulo tras los robots que portaban las bebidas.

—Os contaré, donceles de recias piernas, mi célebre furia con la venia de las musas —escuché declamar a Aquiles.

Las demás no tardaron en seguirle. Aquella noche parecía que todos querían atraer la atención de los distinguidos visitantes. Me asqueaba aquel servilismo, pero lo comprendía. La gala era un fugaz momento de notoriedad en nuestras vidas de escaparate. Como a mí nadie me prestaba atención, me dediqué a tejer una tapiz más grande y complicado. Traté de plasmar la estancia, tal y como yo la percibía: con su brillo marmóreo y su ventana cerrada. En el centro aparecía yo, no con el rostro sereno y casto que me habían impuesto, sino con el pelo desordenado y la expresión embrutecida que esgrimía al tejer el tapiz original sobre Tereo. Aquel que una piadosa criada había hecho llegar a mi hermana para garantizar mi rescate. Estaba enfrascada en mi labor, cuando dos personas entraron precedidas de sus risas ebrias y disonantes. Eran un hombre y dos mujeres. Una de ellas cargada de bártulos. A él lo conocía: era Santiago Azores, el director de la exposición.

—Sitúate a la derecha de la estatua —ordenó una chica alta y rubia—. Quiero que aparezcas con una postura casual.

—¡A la orden! —respondió él, llevándose el dorso de la mano a la cabeza.

Ella bizqueó y se colocó junto a Azores, mientras su compañera preparaba su cámara. Me había encontrado con esos aparatos antes, cuando inauguraron la exposición y los periodistas fotografiaron cada centímetro de mi piel de bronce.

—Nos encontramos en el Museo Arqueológico a punto de contemplar a las nuevas maravillas de la colección Las Metamorfosis —exclamó con efusividad la chica—. Tengo a mi derecha al hombre que ha hecho el sueño posible. ¡Buenas noches, Santiago! ¿Estás emocionado?

—Gracias, Mónica. Ha sido un esfuerzo considerable, pero estamos muy contentos con el resultado. Creemos que va a merecer la pena y que lo vais a disfrutar. Es un paso más en el camino de Literatura Viva.

—¿O sea que tenéis intenciones de ampliar la colección?

—Vamos crear una nueva basada en El Quijote. Y queremos que sea aún más interactiva. Las Metamorfosis ha sido toda una experiencia y creo que Ovidio se sentiría orgulloso. ¿No te ha pasado alguna vez de ir a un museo y que te diera la impresión de que las piedras antiguas estaban tratando de contar sus historias? Quisimos hacerlo realidad y aquí está el resultado, pero nuestro nuevo proyecto será aún más dinámico, con una interacción más profunda. Nada de estatuas. Y las bacantes son el principio.

—¿Puedes ir refrescándonos un poco la memoria?

—Por supuesto, verás…

Caminaron fuera de la sala mientras él narraba la historia de los ritos báquicos y se refería a los episodios más famosos de sus adoradoras. No mencionó a Procne. Quizás por un olvido, o tal vez no la consideraba importante. Una vez finalizada la entrevista, Azores volvió solo. Su rostro estaba sudoroso y no exhibía la acostumbrada expresión pagada de sí misma que se gastaba. Un crío entró dando saltitos. El director lo cogió en brazos y supe que era su hijo.

—¿Te lo estás pasando bien, Borja? —inquirió el padre desordenándole el cabello al recién llegado.

—Sí, me gusta mucho todo —respondió él—. ¿Qué haces aquí solo, papá?

—Estoy un poco cansado, pero no te preocupes que ya vuelvo. Ahora va a empezar la magia.

—¡Eso! ¡Vámonos! Esta estatua me da miedo.

Azores se carcajeó y su rostro se recompuso.

—No hay motivos para temer, hijo. Filomela y las demás son nuestro legado. Nos pertenecen.

Cuando se marcharon, la música de Orfeo se detuvo con un golpe abrupto y en su lugar se sucedieron unos lentos golpes de percusión. La iluminación descendió de manera gradual y se escuchó en el mármol el golpeteo de unos pies metálicos que se movían al ritmo del tambor. Deseé ver a las bacantes con una pasión que pareció comerme las vísceras. Continué con mi tapiz, pero ya sin prestar atención. Las figuras perdieron consistencia y se volvieron más esquemáticas. Fuera del cuarto resonaron unos gritos unísonos: ¡Evan, evohé! ¡Evan evohé! Con cada una de estas invocaciones al dios mi frenesí tejedor se tornaba más potente. Los versos de Ovidio resonaron en mi cabeza. Los he memorizado de tantas lecturas dramatizadas que han realizado frente a mi pedestal.

¿Y qué sabrán? ¿Qué sabrán ellos? ¿Por qué me fuerzan a recordar? Día tras días observó el placer que les produce escenificar mi desgracia. ¿Cuántas veces se repetirá? Están invocando algo que no pueden controlar a cambio de una catarsis que va a salirles cara. Veo en Azores lo mismo que en los lujuriosos visitantes que desean poseerme: una voluntad de control y dominación. Nuevos Tereos que se aferran al poder disponible y tratan de perpetuar su influencia a través de la codicia, que envenenan a su progenie con sus mismos anhelos. Pero no puede existir Tereo sin Procne, aquella noche lo supe con certeza.  

Mis manos tejían con tanta violencia que al finalizar el tapiz este cayó al suelo por su propio peso. Se acercó a recogerlo el robot camarero que guardaba la sala. Lo sometí a la intensidad de mis ojos zafíreos. Él permaneció estático, con el tapiz amorosamente atrapado entre sus brazos. Entonces lo expandió sobre el suelo y lo contempló durante un rato: se detuvo en cada una de las escenas para concluir en el caótico final en el aparecía una nueva Procne con ropas de bacante y piel de metal. El robot enrolló el tapiz y se lo llevó de allí. La pérdida de mi labor me resultó más dolorosa de lo habitual.

La luz regresó. Los tambores fueron sustituidos por aplausos y loas. Poco a poco, el murmullo de voces murió hasta que en el museo no quedamos más que sus habitantes. La decepción halló el camino de regreso a mi mente y supe que habían logrado mantener bajo control a las bacantes. Ninguna hecatombe teñiría de carmesí las paredes blancas del museo. Azores y su calaña continuarían riendo a nuestra costa.

 Los robots ejecutaron sus guardias programadas en la oscuridad mientras yo trataba de olvidar y sumirme en un letargo amable, al menos por unas horas.

Me avergonzaba de mi anterior exabrupto. Una vez terminado el frenesí, caí en la cuenta de que mis ilusiones habían sido vanas. Amaba a una mujer que nunca había existido, que no era más que recuerdos implantados en mí, al igual que todo lo que conocía. Procne era una historia de terror para maridos lujuriosos. Una madre que despreciaba a los que la empujaba a parir. La hermana soñada que valora la sororidad por encima de un hombre. Nunca nos habíamos cogido de la mano en nuestro palacio ateniense, ajenas a los horrores del futuro, con una canción pendiendo en los labios. Era una mera fantasía y, al rumiar aquellas esperanzas, no hacía más que seguir las reglas de mis creadores.

Y, aun así, las escenas no se marchaban. Me maravillé de la habilidad de los científicos que las habían creado para mí. Casi podía rememorar el tacto de mi hermana en el último día de nuestra infancia, antes de que Tereo se la llevara. Nos habíamos escondido en la cocina, junto a los cantaros de aceite. Olía a vino y fruta. Cerramos los ojos y nos abrazábamos la una a la otra. Su piel estaba gélida pese a nuestra cercanía. Creí que estaba enferma y su nuevo marido no la querría. Me aferré a esa mentira para no dejarla marchar. Cuando vinieron a buscarla me agarré a su peplo y ella se desprendió de mí con naturalidad. Las criadas me llevaron a rastras a nuestra habitación donde permanecía encerrada hasta que mi hermana partió. Gracias a mi rabieta, no llegué a ver a Tereo, artífice de nuestra desgracia.

***

En la oscuridad del museo escuché el tintineo inesperado de un cascabel. Unos suaves pasos metálicos atravesaban el pasillo en dirección a mi estancia. Durante unos instantes fue como si volviera a ser humana: una sequedad amarga se apoderó de mi garganta y un escalofrío recorrió mi piel como si desfilaran por ella una colonia de hormigas. Se me olvidó mi inmovilidad y quise entregarme a las lágrimas, pues junto al umbral había aparecido una mujer de ligero aluminio, cuyos ojos aguamarina refulgían en la oscuridad. Una vid decoraba su cabello de plata y en sus hombros descansaba una piel de ciervo. En una de sus manos agarraba una ligera jabalina y en la otra mi tapiz. Cuando habló, su voz fogosa y sincera pronunció las mismas palabras que atesoró mi memoria hace mil años:

«No hay que tratar esto con lágrimas, sino con hierro, a no ser que tengas algo que pueda vencer al hierro. Yo, hermana, me he preparado para cualquier impiedad: o yo quemaré con teas el palacio real, arrojaré a Tereo, el artífice, en medio de las llamas, o le arrancaré con la espada la lengua, o los ojos y los miembros que te arrancaron tu honra, o mediante mil heridas, le sacaré su alma culpable. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa, por grande que sea…»


[1] Fragmento de Las Metamorfosis de Ovidio. Ediciones Cátedra. Colección letras Universales, 2005.

Relato: Ecos de tinta

En otoño del año pasado Marc Soto de Divergencia Cero me propuso participar en el especial de Halloween del podcast con un microrrelato de apenas unas 500 palabras. Acepté el reto, pese a que me suele costar escribir relatos tan cortos (lo que tiene padecer de incontinencia verbal), y al final acabé muy satisfecha con el resultado. Una pequeña historia que sugiere más que cuenta sobre un ritual del que depende la supervivencia de una civilización.

La fotografía que ilustra este cuento es del artista danés Karsten Stanley Andersen, que ha tenido la gentileza de permitirme usarla para este cuento en el que protagonista está estrechamente ligada a las dedaleras.

Ecos de tinta

Koe no había nacido en la aldea, pero no fue ese el motivo por el que la eligieron. Las cábalas señalaron su estrella inequívocamente y ella avanzó hacia las sacerdotisas temblorosa, demasiado orgullosa como para intentar pasar desapercibida. Todas las madres lloraron al verla marchar, aferrándose a sus hijas, que compartían con la niña los ojos y cabellos oscuros.

La cueva estaba en lo alto de un cerro y Koe se hirió los pies durante el ascenso. Sus pisadas sanguinolentas marcaban el ritmo de la procesión. La acompañaban las mismas sacerdotisas quienes la habían hallado diez años atrás entre las dedaleras que bordeaban el templo. El eco de su violento llanto las había distraído de sus rezos para conducirlas hasta la expósita y desde entonces la habían cuidado.

La luna derramaba su sentencia carmesí sobre la entrada de la cueva. La niña se agachó para recoger las dedaleras y las apretó contra su pecho.

—Puedes negarte —susurró una anciana—. No eres una de las nuestras.

Koe sonrió y señaló al firmamento. La aldea la había acogido cuando no era más que el eco del desarraigo de alguien que no la amaba. Al bautizarla y darle una estrella, como a todas, la habían reclamado para sí. Ahora la luna exigía su cuerpo como podría haberle sucedido a cualquier otra niña.

Dentro de la cueva había un altar, al que Koe subió sin ayuda, derramando las dedaleras sobre su vestido. Las sacerdotisas extrajeron agujas y tintes. Sabían lo que debían hacer, pero vacilaron antes de marcar aquel cuerpo diminuto que ellas mismas habían alimentado y visto crecer.

Koe no lloró. El dolor de las agujas dibujaba una historia en sus pensamientos: la luna había parido a sus hijas en forma de lágrimas carmesíes.  En mitad de la selva, surgía una aldea que nunca olvidaría a su diosa madre. Varias generaciones cultivaban la tierra con los ojos puestos en el cielo, a sabiendas de que se desvanecerían antes de volver a nacer. Koe se estremeció cuando marcaron la silueta de la aldea en su espalda, los rostros de sus mayores en su pecho y a las niñas de antaño en sus brazos. Los ríos se deslizaron caudalosos por sus piernas y cada árbol de la selva halló refugio en su vientre. Sintió caer el peso de las rocas sobre sus hombros y hasta las motas de polvo se incrustaron dentro de ella. Era tan abrumadora su carga que supo que sus miembros no volverían a moverse en siglos.

Una vez concluida su labor, las sacerdotisas besaron las manos inertes de la niña antes de sellar la cueva. Ya no lamentaban nada, pues sabían que cuando Koe escapara de su prisión y derramara la tinta sobre la tierra el eco de aquel día sería suficiente para insuflar vida de nuevo al mundo. Ninguna de ellas moriría jamás.

Nuevas publicaciones: Vuelta a la Tierra Cercana e Infiltradas

¡Hola! Últimamente mi vida es muy caótica y no tengo tiempo para actualizar el blog tanto como me gustaría, aunque tengo intención de seguir publicando de vez en cuando. De mientras podéis leer mi artículos en Caja de Letras. Hoy quería aprovechar para hablaros un poco de mis nuevas publicaciones en colaboración con el Transbordador y Palabaristas.

Infiltradas

La primera de ellas es un ensayo corto y se publicó en enero de 2019 en la colección “Infiltradas” que recoge las perspectiva sobre el género dentro de la literatura fantástica, de ciencia ficción y de terror de varias autoras en veinte ensayos que tratan diversos temas: desde la construcción de personajes femeninos, a las autoras y sesgos de género. La iniciativa vino de mano de Cristina Jurado, que ha sido editora de Infiltradas junto a Lola Robles. Las otras autoras que se pueden encontrar en esta colección son: María Alea, Inés Aris de Reyna, Carla Bataller Estruch, Enerio Dima, Malis González, Eleazar Herrera, Logan R. Kyle, Elena Lozano, Layla Martínez, Elisa McCausland, Teresa P. Mira de Echevarría, Loli Molina Múñoz, Alicia Pérez Gil, Carlos Plaza, Josué Ramos, MJ Sánchez, Giny Valrís y Andrea Vega. Además también contamos con un prólogo de Kameron Hurley y un ensayo de Eleanor Arnason, traducido por Arrate Hidalgo y otro de Amal El-Mohtar, con traducción de Cristina Jurado.

Mi ensayo “Análisis de clase y género en la obra Penélope y las doce criadas de Margaret Atwood” es uno de los que tratan de analizar cómo autoras contemporáneas deconstruyen los mitos para ofrecernos perspectivas de interés para los estudios feministas. En concreto, me interesa cómo Atwood habla sobre las estructuras de poder de género y clase y las estrategias que se usan para mantener a los oprimidos en silencio.

Vuelta a la Tierra cercana

Mi otra publicación se trata de un relato “Las Mouras” en la antología Vuelta a la Tierra cercana, editada por el Transbordador en colaboración con Caja de Letras. El propósito de esta antología es publicar relatos de viajes fantásticos de autores andaluces que relacionados con Portugal. Los otros autores que firman esta antología, coordinada por Concha Perea son: Irene Morales Fernández, Juan Luis García Alonso, Pablo José Terol y Patricia Macías García. Os animo a leer todos sus relatos, pues cada uno tiene una perspectiva distinta y la mezcla de estilos es muy enriquecedora.

Mis relato “Las Mouras” es una historia de secretos familiares que se centra en las historias que contamos a los demás y lo que estas dicen de nosotros. Hace poco tuvimos la presentación en Sevilla y fue una experiencia maravillosa.

Publicaciones

Además, he sido seleccionada para la antología Alucinadas V de Palabaristas, con mi relato “El telar nuevo de Filomela” sobre el que próximamente podré contaros más.

He actualizado en la web, el apartado Sobre mí y ahí podréis encontrar todas mis publicaciones hasta la fecha.

Au revoir!

Traducción (II) Suficientemente dura de Marissa Lingen

Vuelvo al blog para traeros una nueva traducción. Esta vez se trata del artículo “Suficientemente dura” de la autora estadounidense Marissa Lingen, publicado originalmente en Uncanny Magazine.  Lingen reflexiona sobre el término “ciencia ficción dura” y sobre quiénes están capacitados para escribirla.

Si queréis saber más sobre la autora, Marissa Lingen vive en Minnesota y ha publicado decenas de cuentos de fantasía y ciencia ficción en revistas y antologías especializadas. Aquí podéis consultar toda su bibliografía.

Sin más dilación, os dejo con su artículo:

Suficientemente dura

Marissa Lingen

Viajar más rápido que la velocidad de la luz no es ciencia. Intenta demostrarme lo contrario.

¿Viajar en el tiempo? Tampoco

La lista de tropos de ciencia ficción y la de tropos no considerados lo suficientemente científicos para contar como ciencia ficción son casi idénticas. Así pues, la cuestión sería: ¿de quién es la verdadera ciencia ficción? ¿De quién es la ciencia ficción dura? ¿Quién escribe una ciencia lo suficientemente científica?

Como escritora que oscila entre la ciencia ficción y la fantasía, con algunas obras que son básicamente ciencia ficción dura, he empleado mi grado en física bastante. Utilizó ecuaciones diferenciales parciales con más frecuencia de la que se podría pensar. Y, me apresuro a aclarar, no para calcular órbitas, coeficientes de materiales, o cualquier otra cuestión que pueda parecer lo suficientemente dura e hipercientífica. No. Uso las ecuaciones diferenciales cuando me preguntan cosas como: “¿Por qué las mujeres no escriben ciencia ficción?, que en realidad suele traducirse en: “¿Por qué las mujeres no escriben verdadera ciencia ficción que no pueda confundirse con la fantasía?”

Cuando los fans masculinos se plantan delante de mí (y de mis decenas de publicaciones en Analog and Nature y antologías con nombres como “Ciencia ficción escrita por científicos”) y me preguntan si las mujeres no escriben ciencia ficción porque carecen de currículum científico, las ecuaciones diferenciales se convierten en un recurso muy fácil al que echar mano. Actúan como escudo. Como un caparazón que he desarrollado.

Y lo he hecho. Recuerdo tres ocasiones (y quizás me esté olvidando de alguna, se me mezclan unas con otras) en las que he retado a los asistentes entre la audiencia que han declarado algo similar, que las mujeres no escriben ciencia ficción o ciencia ficción dura, a un concurso de ecuaciones diferenciales. Incluso me ofrecía a empezar yo misma.

Ponme a prueba. Me he endurecido. Soy lo suficientemente dura.

Nunca aceptan el reto, así que logro existir como escritora de ciencia ficción dura. Sé más de ciencia que ellos, así que gano.

El problema es que ellos no son los únicos que pierden.

En el número del 11 de enero de 2018 de la revista Nature figuraba una encuesta del centro Pew Research en la que se afirmaba que la mitad de las mujeres que trabajaban en campos científicos admitían haber sufrido discriminación a causa de su género, en comparación con el 41% en otros campos. El 62% de las personas negras ocupando cargos científicos denunciaban lo mismo respecto a la discriminación racial, en comparación con el 50% de personas negras en otros trabajos. No se proporcionaban números sobre personas no binarias, por ejemplo, o latinas, o nativas, indígenas, o de las Naciones Originarias de Canadá, o de cualquier otro grupo marginalizado.

Y eso es solo un sitio donde comenzar a vislumbrar el problema con las personas a quiénes consideramos las más aptas para escribir ciencia ficción dura. Otro dato básico sería el de quiénes están dedicándose a la ciencia de manera profesional. El censo nos informa de que las personas negras constituyen el 6% de los trabajadores en este campo, en comparación con el 11% total de mano de obra en los EEUU. Tiene sentido cuando una se detiene a mirar el tipo de discriminación que existe en estos trabajos. Y cuando se piensa en el tipo de discriminación que precede a esta.

Obviamente las cifras varían a nivel global. Pero la mayoría de la ciencia ficción que se publica en el mundo anglófono está escrita por personas que trabajan en el mundo anglófono. Y aquí tenemos un problema con los campos científicos, en primer lugar, con el acceso a ellos y después con cuestiones de estatus y acoso a los que consiguen entrar. Y mientras más aceptamos esta división entre los que tienen acreditaciones para escribir ciencia ficción dura y los que no, más reforzamos la idea de que los cualificados son… los sospechosos habituales, que estadísticamente van a ser hombres cis, blancos y heterosexuales.

La imagen de la ciencia que se nos presenta en la ficción también refuerza nuestro ideario de quiénes son los científicos. Y estudio tras estudio nos han revelado que las imágenes que nos muestran, y la que nosotros mismos nos hemos creado, sobre los científicos son de media estadística la de hombres blancos con el pelo alborotado. (Tengo que confesar que lo del pelo alborotado es bastante real). Esto se retrotrae al tema de quiénes escriben ciencia ficción y, por ende, a qué tipo de personajes científicos es probable que vayan a representar.

Y todo esto ya sería lo suficientemente malo si la ciencia ficción dura realmente requiriera de las ecuaciones diferenciales, pero yo he escrito bastante, y leído todavía más, y puedo prometer que ninguna ecuación diferencial sufrió daño alguno en la elaboración de este tipo de ficción. O más bien, probablemente sufrieron daños, al menos a nivel emocional, si echaron un vistazo a lo que se les obligaba a hacer, porque con toda certeza no se las estaba utilizando para construir dicha ficción de manera meticulosa.

Pero ¿no se supone que esto va de la ciencia? ¿No es esa la definición? Más o menos. En partes. La ciencia ficción dura es jugar con la ciencia. Divertirse con ella. Trastear como un niño travieso. Y los fans de la ciencia ficción dura suelen recordarlo perfectamente excepto cuando hay alguien dispuesto a incluir en la etiqueta algo que no es lo suficientemente duro.

Ups.

¿De qué otra manera podríamos hacerlo? ¿Cómo mejoramos esta situación? ¿Cómo dejo de conversar con escritores, inteligentes y con talento, que me dicen que no saben lo suficiente de ciencia como para escribir una historia de ciencia ficción dura, que la suya solo va de una familia en Marte que encuentra una roca de aspecto extraño? Que la suya solo va de zoología o de algo que les interesa mucho sobre la botánica. Hasta cierto punto, siempre que escriban su historia no importa si no quieren batirse a puñetazos por la etiqueta. Escribid la historia, jugad con la ciencia, encontrad ese placer. Disfrutad de vuestros loros, hongos, y de vuestros extraños alienígenas muriéndose de ganas de respirar metano.

Pero los que estamos dentro, los que tenemos las acreditaciones para decir “sí, he hecho la dispersión de Rutherford, he usado un microscopio de exploración y contemplado las relaciones estructurales de los átomos de la substancia que elegí poner en esta historia. He hecho todo eso, hasta en mi DNI pone que soy una friki de la ciencia, lo llevó aquí si quieres verlo”. No creo que sea suficiente sacudírselo de encima y dejarlo caer sobre la espalda de otros. Decir que para ellos no importa. Depende de nosotros, que trabajamos desde dentro, decir: “en realidad, este no es el motivo. Tengo mis acreditaciones de científica, pero no son el motor de mi ciencia ficción. He trasteado bastante con el género. Sé lo que lo hace funcionar. Y no son las acreditaciones”.

Y decir: “Eh, yo trabajo con ciencia, la conozco, y… la botánica también es ciencia y la zoología y la psicología”. Así que, si la ciencia ficción dura es la que especula con la ciencia, tratad de adivina a quién me gustaría proponer para el club.

La ciencia ficción dura es como construir con cubos de juguete. Vuestras obras no tienen que copiar el código de edificación del vecindario, el único requisito es que se no desmoronen durante el tiempo necesario para convertirse en algo guay. Con una caja de cubos versátil, puede construirse un arte conmovedor y que desafié nuestra manera de pensar. Contemplar a un graduado en arquitectura jugar con cubos puede ser increíble, pero eso no significa que sean los únicos capaces de construir algo que merezca nuestra atención. Y casi nunca van a dedicarse a apartar a los demás y decirles que ni lo intenten.

En la práctica, la ciencia ficción dura es casi siempre un término comparativo. Más dura que esto o que lo otro. Cuando alguien empieza una guerra en el género argumentando que Stark Trek está dentro y Star Wars no, es fácil para un fan de Greg Egan dejarlo fuera de combate con una explicación sobre el aspecto de la “verdadera ciencia ficción dura”. Pero desde el punto de vista creativo, ¿adónde nos lleva eso? ¿Es ese el camino para incluir a voces diversas que tradicionalmente se han quedado fuera?

¿No es más divertido tener más amigos, cada uno diferente, que jueguen a la ciencia contigo? ¿No es mejor para la ficción, la ciencia ficción, y la ciencia ficción dura, encogerse de hombros y decir “tiraos a la piscina, el agua está perfecta”? y si da la casualidad de que queréis escribir ciencia ficción dura sobre hidrología, no os hace falta un título universitario, solo documentaros y divertíos especulando.

Desde los blandos interiores de este caparazón de física, os puedo prometer que eso es de lo que realmente va la ciencia ficción dura.

No quiero concebir la literatura como un producto industrial

 

En las redes, existe una presión constante para que todo a lo que dediquemos nuestro tiempo dé rentabilidad  y se traduzca en algún tipo de beneficio tangible. Esta mentalidad se ha abierto hueco también en los ambientes creativos, lo que ha acarreado para muchos artistas una  frustración constante por no producir lo suficiente ni ser capaz de darle una salida comercial a su trabajo. En este artículo voy a centrarme en la literatura, que es mi campo, y los motivos por los que creo que la escritura tiene más en común con la elaboración de una obra artesanal que con la de un producto industrial.

Hace tiempo leí una entrevista de Amélie Nothomb en la que afirmaba escribir tres novelas al año, de las cuales elegía una para publicar, mientras las otras dos quedaban relegadas al cajón. Me llamo la atención porque Nothomb es una autora de reconocido prestigio a nivel internacional y, si se lo propusiera, podría publicar más de una novela anual. Después llegue a la conclusión de que ese freno, que ella misma se ponía, no solo provenía de una voluntad de no saturar a sus lectores, sino que demostraba una capacidad de autocrítica envidiable: la de una autora que reconoce que no todo lo que escribe es publicable. Aun así, esas dos novelas descartadas la han ayudado a mantener su ritmo y rutina de escritura.

No pienso que todo lo que  yo escriba sea digno de ser publicado y, sin embargo, tampoco considero que los proyectos que no salen a la luz ni me han dado un céntimo sean inútiles. Han formado parte de mi proceso de aprendizaje como escritora y siempre consigo aprovechar algo de ellos (un personaje, una idea, una escena) que pueden incluso inspirarme un nuevo relato o novela. Eso sin contar los ejercicios de escritura, que muchas veces están destinados tan solo a salir del bloqueo creativo o a no perder la costumbre de escribir todas las semanas.

A lo que voy es que la escritura es un arte que necesita práctica y dedicación. Para alcanzar tu objetivo, probablemente dejarás tras de ti un interminable reguero de historias abandonadas en el cajón o reescritas hasta resultar irreconocibles. Y eso no es malo.  A escribir se aprende escribiendo (y leyendo) y tu grueso de trabajo sin publicar indica también el número de horas que has estado dedicándole  a tu pasión. En todas las artes se realizan obras simplemente para mejorar la técnica y la escritura no tiene por qué ser menos.

La literatura tiene mucho de prueba y error. Hay veces que en nuestros escritos hay algo que no funciona  y simplemente tenemos que aceptarlo, borrar unas cuantas palabras y ponernos a reescribir.  Al final, lo que nos convertirá en mejores autores es la capacidad de coger lo que escribimos, analizarlo y trabajar para mejorarlo. Nada de esto nos garantiza una publicación o una buena acogida del público, pero sí que nos acerca al lugar en el que queremos estar como artistas.

La concepción de las obras literarias como “productos” me parece fría y más propia del mundo del marketing que de las artes. Y sí, sé que los escritores se ven obligados hoy en día a vender sus propias obras tanto si tienen detrás a una editorial como si no. Quizás precisamente por eso, me parece importante defender nuestra necesidad de crear como algo independiente del mercado. Me apena ver a escritores jóvenes que apenas han empezado su primera novela preocupados de que lo  escriban no sea comercial,  o tenga que ajustarse sí o sí a las demandas de un mercado cuyas tendencias fluctúan cada año. Es difícil disfrutar de la escritura así, o encontrar tu propio camino y tu propio estilo. La prisa por publicar no suele ser buena consejera (y los gurus de la escritura en las redes menos aún). Por eso, apuesto por la concepción de la escritura como un arte que se desarrolla durante toda la vida, en el que cada obra es  única y responde a nuestra identidad como artistas, no  un producto industrial al que ponerle la etiqueta de moda y lanzar al mercado.

 

Traducción (I): Pies de arcilla de Nina Allan

Hoy comienzo una nueva sección en el blog: traducciones de relatos.  Tengo la intención de que sea periódica, con al  menos una entrega al mes. El primero de ellos va a ser Pies de arcilla de Nina Allan,  autora que ya mencioné en mi anterior entrada y que ha tenido la amabilidad de concederme su permiso para publicar mi traducción.

Este relato se publicó por primera vez bajo el título de Feet of Clay en la antología antifascista Never Again (2010), editada por Allyson Bird y Joel Lane y publicada por Gray Friar Press. Más tarde volvió a aparecer en una nueva antología Full Fathom Forty, de cuya edición se encargó David J. Howe y vio la luz gracias a  British Fantasy Society Publications.

Sobre el relato: 

Esta historia se centra en la muerte la abuela de Allis, Hanne, una de las últimas superviviente de Auswitch. Allis  siempre han tenido una relación extraña con Hanne, por una parte la respeta y trata de satisfacer sus altas expectativas, mientras por otra está aterrorizada a causa de sus historias del campo de concentración, que a menudo entrelaza con elementos fantásticos del pueblo judío. Además, la autora establece un paralelismo entre los horrores del nazismo y las maneras en la que el fascismo se manifiesta hoy en día. En definitiva, es un relato sobre los lazos familiares, la pérdida y la resistencia frente al fascismo, aderezado con elementos fantásticos.

Sobre la autora: 

Nina Allan

Nina Allan es una autora británica nacida en Londres en 1966. Estudió Lengua y literatura rusa en la University of Reading y la University of Exeter, además de un máster en Literatura en la  Corpus Christi College de Oxford. Ha publicado relatos y ensayos en multitud de revistas y antologías.  Tiene varias colecciones de relatos, novelas cortas y un par de novelas, a la que pronto se sumara una tercera Dollmaker en marzo del 2019. Sus escritos se caracterizan por un cuidado excepcional del estilo y los personajes, además de un por un acercamiento de los elementos especulativos a la vida diaria.

En nuestro idioma podemos encontrar las siguientes obras suyas:

  • La carrera (Nevsky, 2017)
  • Máquinas del tiempo (Nevsky, 2014)
  • Tejedora (Fata Libelli, 2014)

golem

Pies de arcilla

Nina Allan

Traducido por: Carmen Romero Lorenzo

*Podréis descargar en PDF relato Pies de arcilla en este enlace o leerlo directamente en la entrada.

Allis se estaba preparando para salir cuando Noel llamó. Sonaba culpable.  Pensó que iba a decirle que no podía ir al funeral de su abuela, pero resultó que la llamaba para romper con ella. Le contó que había conocido a otra y que se iban a casar.

—Se llama Nelly —dijo—. Te digo de verdad que nunca quise que esto sucediera.

—No me lo puedo creer —contestó Allis­—. Tengo que estar en el funeral en media hora.

—Otra vez —repuso Noel. De nuevo había adoptado el tono de superioridad moral que ella había llegado a odiar. Se zambullía en él con tanta facilidad como un sapo en un charco de barro—. Siempre tienes que hablar de ti.

Se dijeron más cosas. Palabra que Allis se esforzó por olvidar, y luego Noel le colgó. Allis llegó a la sinagoga tan solo unos minutos antes de que comenzara la ceremonia. El interior estaba abarrotado. Hannah había sido una persona muy respetada. Había sobrevivido al Holocausto. Su muerte a la edad de noventa años significaba el fin de una era.

Allis se deslizó por el fondo. Jonas, su padre, ya estaba sentado al frente de la sala. Tuvo que abrirse paso entre la multitud para llegar hasta él. Después, en el cementerio, ambos recibieron los pésames de los asistentes junto a la tumba de Hanne. Jonas Ganesh estaba gris y ojeroso, como una versión más pálida y atenuada de su hija. Allis se percató de que la tía Rose lloraba sin reparos, aunque ella y Hanne nunca se habían llevado bien. Rose Steenberg era la hermana de su madre. Hanne siempre se había referido a ella como «la estúpida esa».  Miriam, la madre de Allis, había compartido el carácter extrovertido y la naturaleza sensible de Rose, pero se había redimido a ojos de Hanne por su labor académica. Se graduó en el Imperial College con una matrícula de honor en matemáticas aplicadas. Rose dejó la escuela a los dieciséis para ser enfermera. Con delicadeza, Allis apartó a su tía y la cogió del brazo.

—¿Estás bien, tía Rosie?

Rose la miró con los ojos enrojecidos y se echó a llorar de nuevo. Su tío Amos, el marido de Rose, sacudió la cabeza.

—No es por el funeral —informó—. Han atacado el centro esta mañana. Un matón ha arrojado una bomba de petróleo por la ventana de la cocina. Acabamos de declarar en comisaría. Hemos llegado a tiempo de milagro.

—¡Qué horror! —exclamó Allis—.  ¿Hay heridos?

Rose se había jubilado de su trabajo en el hospital algunos años atrás, pero tanto ella como Amos estaba muy involucrados en el voluntariado que realizaban en un centro local para refugiados. Rose, sobre todo, pasaba una considerable cantidad de tiempo allí. Nunca había podido tener hijos, y Allis sospechaba que los niños del centro significaban mucho para ella.

—Farrook tiene quemaduras graves en los dos brazos —dijo Rose con calma—. Estaba junto a la ventana cuando sucedió. Por suerte, los otros pudieron apagar el fuego antes de que causara demasiados daños, pero los niños estaban muy asustados.

—Farrook es de Afganistán —explicó Amos—. Estaba estudiando medicina, pero los talibanes se lo impidieron. Vino aquí porque pensó que estaría a salvo.

—¿Seguro que estáis bien? —preguntó Allis—. ¿Os gustaría que me quedara con vosotros esta noche?

—No seas tonta. Estamos bien. Tú tienes que estar con tu padre.

Amos le dio un beso en la frente, como solía hacer cuando era una niña. Se unieron a Jonas y volvieron a la casa, donde Allis y uno de los primos habían preparado un bufé para el funeral. Los asistentes se quedaron en las habitaciones de la planta baja, comiendo e intercambiando historias sobre Hanne. Había una multitud considerable, y el ambiente se tornó alegre. Solo Jonas permanecía distante y triste. Allis sabía que, desde la muerte de su madre, los funerales eran una experiencia difícil para él. Ya habían transcurrido diez años, pero su padre jamás había expresado interés por casarse de nuevo. Por lo que Allis sabía, no había salido con ninguna otra mujer.

—Oye —le dijo ella—. Deberías comer algo.

De pasada, Allis rozó el hombro de su padre.

—Comeré luego —contestó él—. No me puedo concentrar con todo este ruido.

***

Alrededor de las cinco, sonó el timbre de la puerta. Allis fue a abrir, esperando a un invitado impuntual. En su lugar, había un hombre con una chaqueta fluorescente, sosteniendo un paquete.

—¿Allis Ganesh? —quiso saber. Era paquistaní y muy atractivo—. Firme aquí.

Firmó el formulario en el portapapeles y el mensajero se marchó. El paquete tenía el tamaño de una caja de zapatos y estaba dirigido a ella. La dirección del remitente era la de su abuela. Por un instante, el corazón de Allis se detuvo. Qué típico de Hanne encontrar la manera de colarse en su propio funeral. Cerró la puerta y se llevó el paquete a la primera planta, que le pertenecía a ella. Dividir la casa en dos pisos había sido idea de su padre. Allis no había estado convencida al principio pero, tras considerar los precios de alquileres en Londres, había aceptado y en la práctica el arreglo funcionaba bien. Le preocupaba lo que Noel pensara sobre que viviera codo con codo con su padre, pero nunca había salido el tema.

Tampoco importaba mucho ahora. Dejó el paquete en su cuarto y bajó las escaleras.

—¿Quién era? —inquirió Jonas.

—Un mensajero. Me ha traído unos documentos del trabajo.

Tanto Allis como Jonas eran peritos geólogos. La madre de Allis los solía llamar rocas gemelas. Jonas había trabajado en el mismo lugar durante veinte años: el departamento nacional de topografía. A Allis la habían contratado en una gran empresa de petroquímicos y ya cobraba más que su padre. Sabía que algunos hombres no habrían sido capaces de soportar aquello, pero Jonas parecía alegrarse genuinamente por ella.

Jonas se acercó y acarició la palma de su mano.

—Gracias por estar aquí ­­—dijo—. No sé qué haría sin ti.

—No te preocupes por eso —contestó Allis—. Van a irse pronto. Tranquilízate.

Una vez que desapareció la comida, los invitados comenzaron a marcharse y para las ocho estuvieron solos de nuevo. Allis empezó a recoger los platos. De pronto, sintió que estaba a punto de llorar.  Ahora que el funeral había terminado, no había nada para distraer su atención de Noel. No podía contárselo a su padre, que ya tenía bastante que gestionar. Estaba sentado en la mesa, destrozando con lentitud una servilleta en pedazos diminutos. Allis se preguntó cómo se sentía él, en qué pensaba. De repente, alzó la cabeza como si hubiera percibido la mirada de su hija.

—Deja eso —dijo—. Podemos hacerlo mañana. Mejor nos tomamos un café y vemos el telediario.

La sensación de que ambos se habían puesto en marcha, ayudó a que resurgiera la normalidad. Allis preparó las bebidas y las llevó en una bandeja. El telediario de las nueve acababa de comenzar, y mostraba las últimas imágenes de la guerra en Afganistán. La explosión de una bomba se había llevado por delante a los niños de un hospital y causado múltiples heridos. Allis pensó que el ambiente de la casa había cambiado con la muerte de Hanne. Nunca había vivido con ellos, pero desde que murió su madre, no solo la presencia de Hanne sino sus gustos, aversiones y deseos se habían vuelto ubicuos. Su ausencia era como la evaporación de una nube.

—Me alegro de que se haya ido —comentó Jonas de pronto. Era como si le hubiera leído el pensamiento a Allis. Ella permaneció en silencio, sin saber qué contestar. Las habladurías de la familia aseguraban que Hanne y Jonas habían estado muy unidos. No era la clase de asunto que se cuestionase en voz alta.

—Tendría que haberse casado y haber tenido más hijos —insistió Jonas—. Yo le recordaba cosas que debería haber olvidado por su propio bien.

—Papá —protestó Allis—. Eso es absurdo.

—No me dijo quién era mi padre. Ahora supongo que no lo averiguaré nunca.

Allis volvió a caer en el mutismo. Años atrás, Rose Steenberg le había contado la historia de cómo Hanne llegó a Londres apenas terminó la guerra. Estaba embarazada, pero no dijo quién era el padre y nadie se atrevió a preguntar, pues Hanne venía de Auschwitz. Todo el mundo sabía que nunca había estado casada, y existía el rumor de que algún guardia podría haberla violado. Sin duda Jonas había escuchado las mismas historias y otras parecidas. Era uno de los muchos asuntos que nunca habían discutido.

—No importa de donde vengas, papá —dijo Allis—. Lo importante es que estás aquí. Quienquiera que fuese él da igual. Olvídalo.

Era consciente de que había hablado de manera superficial y manida, pero quería que dejaran el tema lo antes posible. La charla sobre el matrimonio y los hijos la llevaría a acordarse de Noel. Su padre mantuvo la vista en la pantalla. Era imposible deducir en qué pensaba. El telediario local emitió un breve informe sobre el ataque al centro de refugiados. Hubo imágenes de la llegada de la ambulancia y de algunos voluntarios barriendo los cristales rotos. Allis no pudo evitar pensar que podría haber sido Rose la que acabara en la ambulancia en lugar de la mujer afgana. El cristal brillaba en el suelo como pedazos de hielo.

Allis contuvo un bostezo.

—Creo que me voy a la cama —informó a Jonas—. ¿Estarás bien si te dejo solo?

—Perfectamente. Ve arriba. Pareces cansada.

Allis le dio un beso rápido y le deseó buenas noches. Al subir a la primera planta recordó el paquete. De nuevo, pensó que era muy propio de Hanne hacer que se sintiera su presencia, incluso ahora que carecía de ella. No era ya más que la aglomeración de recuerdos ajenos y las escasas posesiones que había dejado atrás. Allis se preguntó qué habría en el paquete. Tenía la esperanza de que fuera alguna joya: quizás los pendientes de ágape o el brazalete granate. Rompió el papel marrón del envoltorio. Dentro había un sobre de apariencia oficial que contenía una carta del abogado de Hanne. Al parecer su abuela había dejado instrucciones de que se le entregara el paquete a Allis inmediatamente después de su fallecimiento. Junto a la carta, había una caja de madera similar a las que se fabrican para guardar hojas de té, y de pronto Allis supo lo que había dentro. Retiró el papel y abrió la tapa. Había un cuadrado enrollado de tejido rojo, como una manta en miniatura. Dentro de la tela estaba Jonny Clay.

Jonny Clay era el golem de Hanne. Allis tenía unos siete años cuando lo vio por primera vez. Era una figurilla de arcilla de unos quince centímetros y aspecto primitivo. Sus brazos se fusionaban con sus costados y tenía las piernas unidas por el centro. Le recordaba a un bebé en un carrito. Hanne le explicó que esto era para impedir que se rompiera cuando lo dispararan. Estaba completamente hueco, y si se soplaba por la ranura de sus labios emitía un sonido silbante. Hanne lo guardaba en una caja de manera en el fondo del armario.

—¿Sabes lo que es un golem, Allis?  —le había preguntado Hanne.

Allis negó con la cabeza y no dijo nada. No sabía si le gustaba Jonny Clay o si le tenía miedo.

—Un golem es un monstruo —explicó Hanne—. Hay académicos que aseguran que son una leyenda, una alucinación colectiva o la voluntad del pueblo judío alzándose para derrotar a sus opresores. Pero la mayoría sabemos que la realidad es aún más extraña. Los golems son muy reales. Son la fuerza a la que se acude cuando a una ya no le queda.

Hanne decía que los golems permanecían tranquilos la mayor parte del tiempo, escondidos en los cajones de los escritorios, armarios de cocina o cajas de hojalata bajo la cama, pero si se conocían las palabras y signos adecuados se les podía otorgar vida. Hanne me contó que había fabricado a Jonny Clay para que la protegiera cuando estuvo en Auschwitz.

—Cavé un poco de barro del patio. Aunque no era simple barro, sino que estaba mezclado con sangre, suciedad y cenizas que provenían de los cuerpos humanos del crematorio. Extendí el barro sobre las piedras que había tras las letrinas para que se secara un poco y un día después se había convertido en arcilla. Yo sabía cómo trabajar con ella, pues lo había aprendido en el colegio antes de la guerra. Todos mis amigos habían muerto y no tenía nadie con quien hablar. Jonny Clay cuidó de mí. Me ayudó a continuar.

Allis solo comprendía un poco de las cosas a las que se refería Hanne. Escuchó la palabra sangre, y la idea de que Jonny Clay tuviera sangre real en su interior la aterrorizaba. Más tarde, cuando estudió los campos de concentración en el colegio, se convenció de que Hanne había horneado a Jonny Clay en el crematorio. Se le ocurrió que podría haber chantajeado a un guardia, o escalado durante la noche para desenterrar las cenizas. Comenzó a tener pesadillas. Cuando al final reunió el valor de preguntarle a Hanne al respecto, su abuela se rio y lo negó: había horneado a Jonny Clove en uno de los fogones de cocina de las cabañas de los prisioneros.

—No teníamos mucho para cocinar —le dijo —. La piel de las patatas si había suerte. La mezclábamos con agua enlodada y lo llamábamos sopa.

Jonny Clay tenía una expresión amable. Era difícil catalogarlo de monstruo. A veces Hanne dejaba que Allis lo cogiera. Su exterior era áspero, con trozos de arena y gravilla horneados en la superficie, como si fuesen los botones de pasas de un muñequillo de jengibre. A veces, si Jonas y Miriam estaban fuera, Allis iba a casa de Hanne después del colegio. Una vez, Jonas llegó antes que de costumbre a recogerla y la encontró en el dormitorio de Hanne con Jonny Clay.

—Quédate, y te hago un café —dijo Hanne —. Voy a poner a calentar la tetera.

—Hoy no podemos —contestó Jonas —. Miriam ya estará preparando la cena. Mejor espero en el coche.

Abandonó la habitación de golpe, cerrando la puerta de un portazo. No abrió la boca en todo el camino de vuelta. Allis se preguntó si había hecho algo malo, pero su padre parecía más alterado que enfadado. Después de aquello, Hanne le dijo a Allis que era mejor mantener sus juegos con Jonny Clay en secreto.

Allis enrolló a Jonny Clay en su manta y lo puso de nuevo en la caja. Incluso después de todos aquellos años, la figurilla de arcilla aún la ponía nerviosa, y descubrió que tenía un supersticioso pavor a romperla. Empujó la caja al fondo de su armario y trató de olvidarla. Ahora que estaba sola en su cuarto, podía pensar en Noel. Suponía que estaría con Nelly en alguna parte, probablemente en la cama. Follarían hasta la extenuación y después Noel volvería a insistir sobre lo ocurrido y lo terrible que había sido para él:  Allis gritando, llorando y poniéndose en evidencia. Nelly le daría palmaditas en la cabeza y le diría que ya había terminado todo, y que al fin podían continuar con sus vidas.

«Noel y Nelly», pensó. «Suena a dibujitos para niños». Allis contuvo las lágrimas que empezaban a brotar; si lloraba ahora no terminaría jamás. Encendió la radio para ahogar el sonido de sus pensamientos. Había una novedad en las noticias sobre el centro de refugiados: al parecer la mujer afgana había salido del hospital.

Fue al servicio y se lavó la cara. Por la mañana, su padre le dijo que había decidido cogerse el resto de la semana libre y que estaba considerando ir al norte en coche hasta el parque Peak Districk.

—¿Quieres acompañarme? —preguntó—. Podemos ir a ver la caverna Blue John.

Allis aceptó casi sin darse cuenta de que esa era su intención. La idea de alejarse Noel era tan liberadora que ardió en su interior como una llamarada de furia.

***

Se alojaron en un pequeño hotel a las afueras de Bakewell.  Las comodidades de la vida moderna escaseaban y despedía un aire anticuado, pero las sábanas olían de maravilla y los altos ventanales mostraban una vista directa de las colinas circundantes. Allis descansó en su cuarto durante una hora, antes de reunirse con su padre en la entrada.

—¿Todo bien? —inquirió.

—Es genial, papá. Perfecto —. Allis cogió su mano y la apretó por unos instantes. Su padre parecía feliz y tranquilo, como nunca antes lo había visto. Sus ojos, tras las gafas redondas, brillaban como el ágata musgosa.

Encontraron un bar que servía comida casera: empanada de carne, cerveza y tarta Bakewell. Allis pidió una copa de vino, pero Jonas se bebió un zumo y después varios vasos de agua. Allis sabía que apenas si probaba el alcohol, aunque nunca lo había escuchado expresar prejuicios contra él. Hablaron sobre todo de su trabajo; un tema que ambos disfrutaban y podía mantenerlos ocupados y felices durante horas. Ninguno de los dos mencionó a Hanne o el ataque al centro de refugiados. Durante un instante, Allis pensó en Noel, palpando el tema con la cautela con la que observaría un corte o un rasguño para comprobar que estuviera sanando. Su dolor la rodeó cual felino furioso, como si aquella atención lo irritara.  Lo dejó en paz, preguntándose si escaparía alguna vez de su padre ahora que Hanne estaba muerta. Jonas era el hombre menos posesivo y apegado al mundo que pudiera imaginarse, y aún así se le antojaba inevitable que acabaran los dos solos: tornándose viejos y frágiles como dos palos en una zanja.

«¿Y qué hay de malo con eso? ¿Sería tan terrible?» reflexionó. Escuchó con satisfacción a Jonas narrando su último viaje al norte. Amaba su risa tranquila, con un leve hipo y la manera en la que se recreaba en detalles triviales por el simple placer de contar una historia. Rara vez era tan comunicativo en casa.

Se quedaron en el bar hasta la hora del cierre y después se encaminaron al hotel a través de las ensombrecidas calles. La pequeña ciudad parecía viva y alerta, como una prolongación de la fértil y ágil oscuridad del páramo colindante. Allis se quedó dormida casi al instante. Cuando despertó eran más tarde de las ocho. Se sintió descansada y renovada, como si los fragmentos más difíciles de su pasado hubieran sido erradicados durante la noche. No había dormido tan bien en varias semanas.

***

El cielo era azul lapislázuli. Condujeron por el páramo hacia Castleton y Edale, donde estaban las cuevas Blue John y por donde tenían planeado caminar un trecho de la Ruta Pennine. Allis estaba sorprendida de la confianza con la que su padre manejaba el coche. En Londres apenas conducía, y si lo hacía se mostraba nervioso y desalentado. El estrecho páramo parecía despertarlo y liberar en su interior la expectación, rapaz y azuzada por la necesidad, de un buscador de oro. Aceleró el Renault, arrastrándolo con naturalidad sobre aquel asfalto cuajado de baches. Tenía un aire despreocupado con el codo apoyado en el borde de la ventanilla abierta.

Allis se percató de que su padre amaba aquella tierra y la conocía al dedillo. Se preguntó por qué durante su infancia, a excepción de unos días en Scarborough cuando tenía diez años, no viajaron en familia por la zona.

Se apuntaron a una visita guiada por las cuevas Blue John, que realizaron subidos a un pequeño esquife a través de techos bajos y pasajes inundados por el agua hasta alcanzar la cueva principal, cuyas paredes brillaban gracias a los depósitos de espato de flúor y barita. Allis no pudo evitar acordarse de una pieza musical que le gustaba a Noel, y que a veces le ponía en las noches que habían pasado juntos: La catedral sumergida de Debussy. A ella nunca le había gustado estar bajo tierra y se alegró cuando salieron al exterior, pero su padre se había mostrado a gusto, incluso feliz. Le hizo preguntas al guía y tocó las resplandecientes vetas de cristal en la piedra de granito.

Almorzaron en un café de Castleton y después se dirigieron a las colinas. Había una brisa agradable, que le recordó a Allis el fresco olor a clorofila de las sábanas del hotel Bakewell. De vez en cuando, el viento cesaba y el sol cargaba con toda su fuerza. Su calor era tan vasto y sangrante como un caldero de cobre.

Al rato detuvieron el coche y salieron fuera. Allis rodó por la hierba primaveral, protegiéndose de la líquida luz solar con el reverso de la mano. La tierra bajo su cuerpo era granulada y seca, con un aroma de intenso acre que le resultó embriagador. Jonas estaba de pie sobre una roca de granito, observando el páramo. Comparado con el resplandeciente azul del cielo, parecía adusto y gris como un dolmen o un árbol maldito. Tía Rose y, sobre todo, Hanne se preocupaban mucho de su delgadez y escaso apetito. Sin embargo, apenas enfermaba. Y al final fue la madre de Allis quien murió.

Inspeccionando la tierra, Jonas estaba en su elemento.

—Por allí hay fluorita amarilla —señaló.

Caminaron hacia un barranco angosto, trepando arriba y abajo de las escarpadas rocas. Jonas sacó un ejemplar de su amplia colección de martillos geológicos del bolsillo izquierdo de los vaqueros. Se agachó en el suelo, cogió los fragmentos de granito que se habían desprendido y, con unos precisos golpes de su martillo, comenzó a quebrarlos por lo bordes. Como había predicho, las rocas estaban preñadas de cuarzo: los mechones de cristal amarillento constituían la variedad más común de la fluorita de Blue John que se excavaba debajo de la ladera de las colinas. Al contemplar la manera experta y cuidadosa de la que trabajaba su padre, Allis experimentó un repentino ataque de rabia contra Hanne, que solía echarle en cara su falta de ambición y que, o al menos eso le parecía ahora, había hecho todo lo posible para separarlos.

Fue Hanne quien pagó por las excursiones escolares de Allis, y quien le compró su primer portátil. Decía a menudo que su más ansiado deseo era que su nieta aprovechara al máximo su potencial. Aquellas palabras constituían tanto un honor como una sutil presión para Allis; implicaban que Hanne pensaba que su padre no le había sacado provecho a su potencial y que le había fallado. Detestaba aquella injusta crítica a su padre con la misma intensidad con la que estaba determinada a demostrarle a su abuela que ella no fallaría, que al contrario de Jonas haría lo que se le exigía.

«Cometí una estupidez», pensó, «dejé que ese vejestorio malvado me hechizara, cuando podría haber pasado todos los veranos aquí con papá».

—Papá —dijo de pronto—. ¿Te acuerdas del paquete que llegó el día del funeral? No era del trabajo. Era de la abuela.

Jonas dejó su martillo en una roca y se restregó las manos con brusquedad contra los vaqueros. Manchas gemelas de polvo se derramaron de manera irregular sobre sus rodillas.

—¿Qué era? —quiso saber.

Allis se percató de que sus palabras no lo habían sorprendido. Parecía que lo hubiese adivinado desde el principio.

—La figurilla de arcilla que guardaba en el armario. Ya sabes: Jonny Clay—. Allis sacudió la cabeza—. Me asusté mucho cuando abrí la caja. Jonny Clay me daba miedo cuando era pequeña.

Jonas suspiró. Se sentó en una de las rocas y se quitó las gafas. Sin ellas parecía desnudo y mucho más joven. También se asemejaba más a su hija. Por un momento, Allis se sintió como si estuviera frente a un espejo.

—A mí también —confesó Jonas—. Aquel diablillo de arcilla me aterrorizaba, y ella lo sabía. Solía obligarme a que lo sostuviera y jugara con él. Pero lo peor eran las historias que me contó sobre su origen. Su favorita era la de la noche en la que Jonny Clay le salvó la vida durante una marcha forzosa a través de Polonia. Tenía seis años cuando la escuché por primera vez, y desde entonces me la repitió docenas de veces, incluso cientos. Alteraba los detalles, pero la historia principal era siempre la misma: Las SS sabían que estaban perdiendo la guerra y decidieron esconder las pruebas de lo que habían hecho en los campos de concentración. Se incineraron a los muertos o se los enterró en fosas comunes. Se abandonó a los enfermos y moribundos en el sitio. Sacaron de los campos a los prisioneros que aún eran capaces de caminar y se dispusieron a conducirlos a pie de vuelta a Alemania. Era invierno, e incluso los alemanes disponían de pocos alimentos. Los prisioneros carecían de ropa apropiada para el exterior y estaban al borde de la inanición. Morían a cientos cada día. Hanne estaba enferma y exhausta. Llegó el día en el que supo que se le había agotado la fuerza, pero Jonny Clay le dijo que resistiera hasta la noche. Tenía tanto frío que no sentía los pies. Sabía que tan solo tenía que detenerse, y uno de los guardias de las SS le dispararía al momento. Me dijo que aquel pensamiento comenzó a dominarla. Se convirtió en un consuelo tan necesario como la idea de plantarse en uno de los iluminados portales de las casitas que se vislumbraban de tanto en tanto a través de los árboles. Pero Jonny Clay le pidió que esperara, así que ella siguió aferrándolo entre sus dedos, y fue capaz de continuar.

»Al final les permitieron descansar en un claro del bosque. Sabía por la noche anterior, y todas las que la habían precedido, que no serían más que un par de horas de respiro, pero en esta ocasión no le importó, pues estaba convencida de que estaría muerta por la mañana. Tan pronto como se durmió, la despertó un terrible estruendo de alaridos y disparos. Al abrir los ojos, vio que la fogata de los guardias se había convertido en una pira enorme. Gracias a la luz de las rugientes llamas, contempló a los guardias correr despavoridos, pues trataban de escapar de una figura monstruosa que los atacaba. Mientras Hanne observaba, uno de los guardias fue arrojado a los brazos del fuego. Cayó de espaldas, se retorció por el suelo con el brazo alzado, y un enjambre flamígero revoloteó a su alrededor. Chillaba como un cerdo, me dijo. Entonces una forma colosal y oscura descendió, aplastando el resplandeciente cuerpo del guardia de la misma manera que uno se deshace de una polilla que se ha prendido fuego con la llama de una vela.

»Aquella oscura forma era la vasta y cenicienta bota de Jonny Clay. El golem había crecido tanto que no permitía ver la luna.

»Después de eso, Hanne cerró los ojos, pero aún podía escuchar los sonidos: los golpes y alaridos a medida que Jonny Clay descuartizaba a los guardias y los asaba en la pira. Pero al final los gritos se detuvieron. Hanne escuchó los crujidos de las hojas como si algo grande y pesado atravesara el claro en su dirección. Entonces sintió que la recogían del suelo y la transportaran. Aquello prosiguió durante lo que le parecieron horas hasta que fue depositada con delicadeza en una pila de paja y hojas muertas. Soñó que Jonny Clay yacía a su lado, protegiéndola del frío. Cuando despertó a la mañana siguiente, se encontraba en un establo de vacas a las afueras de un pueblo. Alguien la había tapado con viejos sacos de trigo, y eso había impedido que muriera de congelación durante la noche. Jonny Clay estaba en su bolsillo, como siempre. Había manchas negras en su cabeza y su cuerpo, como si lo hubieran pasado por los rescoldos de una hoguera.

Jonas calló por un momento, con la mirada perdida en la inmensidad de los páramos colindantes.

—Lo que más me asustaba no era lo que les había sucedido a los guardias, sino la idea que me habían puesto el nombre por Jonny Clay, que él fuera mi auténtico padre. Me preocupó durante años. Nunca se lo mencioné a Hanne. Sabía que o bien se reiría o bien confirmaría que mi peor temor era cierto. Cuando me hice mayor, comenzó a parecerme ridículo, pero aún tengo dudas sobre mi madre. No hago más que preguntarme si se volvió loca por todo lo que vio.

Allis permaneció en silencio. Recordó cómo se había reído Hanne cuando le preguntó si había cocido a Jonny Clay en el crematorio. No podía ni imaginar lo que había sido para Jonas crecer bajo la sombra del terrible pasado de su madre. «No había nadie con quien pudiera hablar», pensó, «mientras que yo siempre lo he tenido a él».

—¿Cómo se llamaba el pueblo donde encontraron a Hanne? —preguntó al final.

—Przdyno. Está en medio de ninguna parte. Nadie pudo explicarse cómo llegó allí. Los prisioneros que estaban con ella acabaron a kilómetros de esa zona. Muchos murieron a causa del frío, pero otros sobrevivieron en el campo hasta que llegaron los rusos. Hace años, antes de conocer a tu madre, fui a París a hablar con uno de ellos. Cuando le pregunté cómo escaparon de los guardias, me contó que no hubo necesidad de ello porque al despertar los encontraron muertos. Parecía que se habían vuelto los unos contra los otros.

Jonas jugueteó con sus gafas, abriendo y cerrando las monturas, y después limpiando los cristales con su camiseta.

—¿Y a ti cómo te va, Allis? —dijo de pronto—. ¿Ha pasado algo con Noel?

Allis lo escudriñó con cautela, tratando de discernir por su expresión cuánto podría saber, pero él aún tenía la atención puesta en sus gafas.

—Hemos roto —contestó—. Me ha dejado. Se va a casar con una tal Nelly. Al parecer soy una egoísta y una egocéntrica.

—Ese hombre es estúpido, Allis. Eres demasiado buena para él.

—Sé que tienes razón.

Entonces pareció liberarse algún tipo de barrera en su interior, y se puso a llorar, con lágrimas que trazaron ríos de cuarzo sobre su rostro. Su padre se sentó junto a ella y le cogió la mano para besar sus tensos y húmedos nudillos. Allis enterró la cara en sus hombros, llorando como no lo había hecho desde que era pequeña. Al final, su duelo terminó. Alzó la cabeza, parpadeando en el cielo del mediodía.

—Lo siento, papá. Pensarás que soy una idiota.

—El idiota es él. Y no te hace falta para nada. Debería ser yo el que me disculpase. Me siento mal por lo de Hanne. Nunca debí permitir que te contara todas esas tonterías. No debería haberte dejado sola con ella.

—No seas tonto, papá. Solo era una anciana a la que le gustaba contar historias.

Le sonrió mientras la última lágrima descendió por sus mejillas. De pronto sintió una inmensa felicidad al pensar que pasara lo que pasara en sus vidas siempre se tendrían el uno a otro. «Estamos hecho de los mismo», pensó. «Dos rocas gemelas, tal y como dijo mamá».

Se fueron y condujeron de vuelta a Bakewell. Aquella noche soñó con Noel. Estaba de rodillas sobre ella, agarrando sus caderas y alzando su cuerpo hacia él como si estuviera preparándose para follar. Pero cuando la penetró, Allis se percató de que el rostro que la miraba desde arriba no era el de Noel, sino la rojiza y cacariza máscara de Jonny Clay. Su expresión poseía una extraña ternura y sus carnosos labios de terracota se abrieron para revelar el sombrío vacío de su abdomen hueco. Tuvo un orgasmo al despertar, al presionar ambas manos contra su entrepierna. De nuevo las lágrimas volvieron a manar de sus ojos. Sintió que sus pezones se habían irritado, como si las almidonadas sábanas hubiesen descascarillado su piel.

Permaneció tumbada y despierta durante un par de minutos antes de volver a dormirse, contenta de haber estado con Jonny Clay y no con Noel.

***

Sabía que Jonny Clay tenía un pasado, que los golem fueron un poderoso símbolo de la mitología judía y, tras volver a Londres, Allis decidió que quería averiguar más sobre ellos. Existía una sorprendente cantidad de libros en la materia. En los estantes de la biblioteca universitaria, Allis encontró desde filosofías arcanas hasta novelas pulp de los años cuarenta. Muchos no recogían nada más que rumores y folclore; fantasías decadentes escritas por discípulos trasnochados de Gustav Meyrink y Elmer Shapiro. Los libros que le resultaron más interesantes a Allis fueron los que proporcionaban una perspectiva científica. Especialmente, un fascinante panfleto, obra de un lituano conocido como Mical Velius, El golem de Prada y sus mil hijos. Trataba con detalle el asunto de la arcilla, en particular cuál eral el tipo con mayor índice de éxito a la hora de la activación. Según Velius, un golem corriente de arcilla roja no poseía consciencia, era un mero instrumento, y para crear un golem con inteligencia además de fuerza era necesario utilizar materiales más refinados. Recomendaba las arcillas de feldespato de Leópolis, o la arcilla azul y altamente plástica que podía excavarse tan solo en un afluente menor de la zona superior del Volga. Añadía que el poder de un golem también se acentuaba con la mezcla de arcilla básica con otros elementos, como el hierro y el oro.

En un capítulo titulado «Los golems y la guerra», Velius afirmó que una mujer que hubiera perdido a su marido en la guerra podía, algunas veces, conseguir que un golem le proporcionase un hijo.

Allis devolvió los libros a las estanterías y dejó atrás las pilas, preguntándose por qué había hecho aquello. Los libros le recordaban a Hanne, a su solitaria obsesión y creencias tóxicas. No quería tener nada que ver con ellos.

Los Steenbergs la habían invitado a tomar el té. Mientras avanzaba hacia la estación de metro, Allis se preguntó si lo habían hecho para preguntarle sobre Jonas y asegurarse de que llevase bien la muerte de Hanne. Aquella sutil intromisión en su privacidad no le molestó. Sabía que sus tíos tenían buenas intenciones. Además quería hacerle algunas preguntas a Rose.

La casa de los Steenbers estaba llena de carteles y pancartas.

—Vamos a tener una jornada puertas abiertas en el centro —informó Rose—. Queremos conseguir el apoyo de la gente y que conozcan el trabajo que estamos realizando. Van a venir conferenciantes de todo el país. Yo estoy ayudando a organizar la publicidad.

—¿Crees que es una buena idea? ¿Y si vuelven los ultraderechistas?

—Ellos son el motivo por el que es tan importante actuar y demostrar que no tenemos miedo. Musulmanes, cristianos y judíos tenemos que permanecer unidos contra esa gente. Ya sabemos lo que ocurre cuando miramos a otro lado. Solo hay que recordar lo que le sucedió a tu abuela.

—¡Eso no va a pasar aquí, tía Rose! Las cosas han cambiado.

—Le sucedió a Farrook hace solo dos semanas. Las cosas no cambian nunca en ningún sitio —Su voz se había vuelto un tono más aguda y Allis vio cómo sus manos se cerraban en puños—. Por favor, dime que vendrás y que nos apoyaras.

—Iré si tengo tiempo. No quiero que os pase nada, eso es todo.

Rose rio y de su voz se desprendió parte de la tensión.

—Ya soy mayorcita —dijo y golpeó sus abundantes pechos—. Puedo cuidar de mi misma. Pero eres un encanto, Allis, y tan lista. Tu abuela estaba muy orgullosa de ti.

Allis le dio abrazó y la besó en la mejilla. En los breves instantes de contacto físico captó el evasivo y fugaz aroma de Miriam, su madre. Pensó en lo extraño que era que Rose mencionara a Hanne, que no le caía bien, en vez de su hermana a la que adoraba. Nadie en la familia hablaba nunca de Miriam. Parecía que la pérdida aún fuera demasiado reciente y cruda. Era más fácil con Hanne, a quien todos habían admirado, pero ninguno amaba.

—¿La abuela tenía amigos? —inquirió de pronto—. Me refiero a gente que conociera de antes de la guerra.

La expresión de Rose se volvió precavida.

—No estoy segura. Tu abuela era una persona muy reservada. Sé que tenía dos hermanas, y que también acogieron a una niña adoptada. Creo que sus padres habían muerto o les había pasado algo. Cumplía años el mismo día que tu abuela, lo recuerdo ahora. Claro que no eran hermanas de verdad, no compartían sangre. Y supongo que también tuvo que haber un hombre que engendrara a tu padre —Frunció el ceño—. Nunca hablaba del pasado. Mudarse a Londres fue para Hanne como cruzar el Rubicón. Todo lo que conocía quedo atrás.

«Excepto Jonny Clay», pensó Alis, «Jonny Clay era lo único que le quedaba». Se acordó de Farrook, la mujer afgana que creyó que al escapar a Inglaterra encontraría una nueva vida, solo para que unos patéticos fascistas de mercadillo le arrojaran una bomba.

De repente se sintió furiosa y avergonzada.

—Iré a la jornada de puertas abiertas —confirmó a Rose—. Por supuesto que sí.

Más tarde, al llegar a casa, encontró que le había llegado un paquete. Era de Noel y contenía algunos trastos que había ido dejado en su piso: un anillo de amatista, un libro sobre fósiles y un CD de Bob Dylan. Ni siquiera había una nota. Y fue esa ausencia lo que la hizo desear asesinarlo.

Pero también le produjo una curiosa sensación de libertad, como si también ella acabara de escapar por un golpe de suerte.

***

Al final, Allis se perdió la jornada de puertas abiertas porque coincidió con un seminario obligatorio en la universidad de Strathclyde. Se quedó en Glasgow a pasar la noche y cogió el tren de vuelta a Londres antes del desayuno. Volar habría sido más rápido, pero la ponía nerviosa, y además un tranquilo viaje al sur siempre era una oportunidad de volver a conectar con viejos amigos: los escabrosos accidentes que el viento había trazado en las fronteras del país, la espalda negra y jorobada de Cumbria Norte y las vistas grisáceas de Lakeland. Cada uno de ellos constituía una familiar fuente de alegría.

Presionó su rostro al cristal mientras contemplaba cómo el paisaje se estrechaba y aplanaba a medida que alcanzaban el área central, bastante más populosa. De nuevo se percató de lo bien que le sentaba estar tan lejos de Noel. Era la primera vez que pensaba en él en las últimas veinticuatro horas. Cuando sonó su móvil, pegó un salto, convencida por un instante de que sería él y que sus imprudentes pensamientos lo habían invocado, como si fuese un demonio. Era su padre. Lo cogió con sorpresa. Jonas casi nunca llamaba al móvil.

Su voz sonaba metálica y distante.

—Lo siento —se disculpó Allis—. No te oigo. La señal es débil.

Le estaba diciendo que no estaría en casa cuando llegara.

—Estoy en el hospital. Amos ha tenido un ataque al corazón.

Allis contuvo la respiración. Por un momento había pensado que sería su padre el que estuviera enfermo u herido. Experimentó un fugaz alivió culpable al enterarse de que solo era su tío.

—Dios —dijo a Jonas—. ¿Qué ha sucedido?

—Los matones ultraderechistas se plantaron en el centro ayer. Cuando tenían lo de las jornadas de puertas abiertas. Uno de ellos se enfrentó con Rose y la tiró al suelo. No creo que fuera a propósito. Tan pronto como vio lo que había hecho, salió corriendo. Amos fue detrás de él, y ya sabes que ahora mismo no está precisamente para correr —La línea se quedó en silencio, por un segundo Allis pensó que se había cortado—. Todavía sigue en estado crítico, así que lo tienen sedado. Le he dicho a Rose que debería descansar, pero no está dispuesta a separarse de él. Me he quedado con ella casi toda la noche. He salido un momento para llamarte, pero debería volver y asegurarme de que tu tía está bien.

—De acuerdo —contestó Allis—. Iré tan pronto como pueda.

Colgó, con una sensación de bloqueo. Lo que más le habría gustado habría sido bajarse del tren en la siguiente estación y dirigirse de nuevo al norte. No quería ver a Amos yacer inconsciente y quizás morir en una cama de hospital. Tampoco deseaba contemplar a Rose con los ojos enrojecidos de llorar e insistiendo en que había sido culpa suya. Era como un déja vu. Le dijo a su padre que cogería un taxi desde Euston, pero en el último momento se arrepintió y se decantó por el metro. Razonó que tenía más sentido ir a casa primero, soltar su equipaje y cambiarse de ropa.

La casa estaba envuelta en un silencio sacro. Fue al piso de arriba, se desnudó y se metió en la ducha. El sonido del agua al caer era como la lluvia de Pennine. En su habitación, los objetos que Noel le había devuelto aún yacían apilados en el tocador. Verlos ahí le resultó horrible y deseó haberlos guardado antes de irse a Glasgow. Mientras se vestía con ropa limpia se imaginó la voz de Hanne, hablándole desde el interior del armario.

«Esos hombres son unos criminales. ¿De verdad vas a dejar que esto vuelva a suceder?».

Recordó cómo había despertado en Bakewell, con el abrazo de Jonny Clay aún ardiendo en su piel. Los libros antiguos decían que la manera correcta de activar un golem era con marcas cabalísticas que debían pintarse en la arcilla con óxido de magnesio, puesto que cuando este se secaba se volvía de un color marrón rojizo, y simbolizaba la sangre.

Allis se preguntó si la sangre de verdad no sería más poderosa, y entonces recordó que Jonny Clay ya la tenía horneada en su interior.

En su mente, pudo ver a Jonny Clay, convirtiendo la ciudad de Londres en una gran hoguera.

«Eso debería sacar a esos cobardes de su escondite», pensó. Se preguntó qué dirían de aquello en el telediario.

 

 

Lecturas veraniegas: de Pilar Bellver a Nina Allan

Es un poco extraño comenzar a escribir un blog. Muchas veces se me ha pasado por la cabeza  crear un espacio donde publicar pequeñas reflexiones o reseñas, pero he acabado desestimando la idea por falta de tiempo y, quizás, por  timidez. No sabía cómo empezar. Así que me he decantado al final por algo sencillo: un repaso a mis primeras lecturas veraniegas, porque si hay algo de lo que me gusta hablar son los libros.

Ha dado la casualidad de que hay bastante variedad entre mis lecturas, lo único que tienen en común es que todas han sido escritas por mujeres, lo cual no responde a un reto ni un propósito especial, sino más bien a mis propios gustos. ¿Qué se le va a hacer? Las autoras escribimos muy bien.

VyV. Violación y venganza de Pilar Bellver

Portada de VyV. Violación y Venganza. Pilar Bellver.

 

Editorial: Dos Bigotes

Año de Publicación: 2017

En primer lugar me gustaría hablar sobre este novelón de Pilar Bellver que recupera el espíritu de los grandes autores del XIX para crear una épica feminista ambientada en la actualidad. Se trata de un retelling del mito de Filomela y Progne, tal y como aparece  en Las Metamorfosis de Ovidio .  Fue esto lo que me llamo en primer lugar del libro.  Había oído hablar muy bien de su autora, Pilar Bellver, y de su anterior novela A Virginia le gustaba Vita, así que cuando lo vi la víspera de Navidad, colocado con mucho primor sobre las estanterías de una de mis librerías favoritas, no me lo pensé mucho.

Y es que hacía tiempo que el mito de Filomela y Progne se había ganado un lugar en mi corazón. Tuve una asignatura en la carrera sobre Las Metamorfosis y, en general, fue una lectura de la que disfruté mucho, pero ninguno de sus mitos me llegó tanto como el de estas princesas atenienses separadas por un matrimonio desgraciado y unidas por la sororidad. En estos días en los que tenemos que gritar cada vez con más fuerza: YO SÍ TE CREO, una novela como la de Bellver no es solo bienvenida, sino necesaria.  Violación y Venganza ofrece una salida catártica a las supervivientes de violencia sexual a través de la historia de dos hermanas que se aman sobre todas las cosas, con unas ideas políticas muy definidas y, en caso de una ellas, una militancia feroz. También me gustaría señalar que esta novela aúna el feminismo con la lucha ecologista de una manera original y simbólica que, sin duda, invita a la reflexión.

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de entrevistar a Pillar Bellver para el blog Caja de letras: aquí podéis saber más sobre y ella y el proceso de creación de Violación y Venganza. 

La madriguera del conejo de Laura López Alfranca

Portada de la madriguera del conejo de Laura Alfranca

Editorial: Café con leche

Año de publicación: 2018

Esta encantadora novelette no es lo primero que leo de Laura. Es una autora con la que he tenido la suerte de interaccionar durante bastante tiempo e incluso aparecemos juntas en alguna antología. Estoy familiarizada con las locuras que surgen de su pluma y sus personajes carismático. En esta ocasión, nos encontramos con un multiuniverso poblado por los personajes de varios clásicos infantiles, que Laura reinventa a su gusto. Además de divertida y alocada, esta novelette nos hace reflexionar sobre la familia y nos advierte de los peligros de aferrarnos al pasado. Si bien a veces es confusa y avanza demasiado rápido, es una lectura muy agradable, sobre todo por la imaginación desatada que destila. Vuelvo a hacer un llamamiento a su autora para que nos bendiga con una segunda parte.

The Beast Player de Nahoko Uehashi

Portada de The Beast Player de Nahoko Uehashi. Lectura Veraniega

 

Editorial: Pushkin Press

Año de edición: 2018

Traductora: Cathy Hirano

La tercera de mis lecturas veraniegas es esta fascinante novela juvenil firmada por Nahoko Uehashi y traducida al inglés por Cathy Hirano. Es una lástima que todavía no se encuentre disponible en español esta pequeña joya, pues sin duda la excepcional habilidad para contar historias de Uehashi la hace merecedora de mayor reconocimiento internacional. Tengo entendido que en su propio país sí goza de popularidad y se han producido animes sobre sus obras. De hecho  existe una adaptación de The beast player con el título de Kemono no Sōja.

Es una novela coming of age sobre una niña llamada Elin que aspira a convertirse en una médica de bestias al igual que su madre, que está a cargo de unas terribles serpientes marinas conocidas como toda. El reino cría a estos seres como armas de guerra, por lo tanto este trabajo es de gran importancia. Desde el principio, la protagonista nos plantea un conflicto entre las necesidades humanas y la naturaleza de estas bestias y otros animales. Este tema se va desarrollando de manera progresiva a través no solo de la trama, sino de un worldbuilding muy cuidado en el que nada es casual y de la relación de la propia Elin con las bestias, que está tan desarrollada, e incluso en ocasiones más, como la que mantiene con personajes humanos.

Esta novela, con su lenguaje poético y simple, es una delicia de gran potencia emocional y madurez. Si bien a veces peca de expositiva, me parce un gran ejemplo de cómo construir un universo de fantasía sin descuidar los personajes y la historia.

The five daughers of the Moon de Leena Likitalo

Resultado de imagen de The five daughters of the moon

Editorial: St. Martin’s Press

Año de publicación: 2017

No todo iban a ser lecturas placenteras. Esta novela de la finlandesa Leena Likitalo ha sido una de las grandes decepciones del año. Tampoco está traducido al español, pero en este caso no lo lamento demasiado. Compré en digital esta novela, porque no pude resistirme a su premisa: un retelling híbrido de fantasía y ciencia ficción de la historia de las hermanas Romanov.

La historia se desarrolla en un universo imaginario donde existe una religión que adora a la luna y los sacerdotes utilizan almas de animales para sus hechizos. El imperio está regido por la emperatriz, que es a la vez hija y esposa de la luna. Si bien la simbología y estética me han resultado atractivas, me parece que la autora ha plantado unas bases superficiales sobre las que no sabido trabajar.  Tanto la traslación de los personajes históricos a su novela (Rasputín, la emperatriz, las hermanas) como el tratamiento de unos temas complejos  (revolución, privilegios, violaciones) fallan en su ejecución. Los personajes son planos y sus voces narrativas prácticamente indistinguibles, además las dinámicas entre ellos apenas se sostienen y carecen de interés.  En definitiva, no creo que le de una oportunidad a la segunda parte.

The Rift de Nina Allan

Portada de The Rift de Nina Allan

La última de mis lecturas ha sido esta fascinante y compleja novela de la británica Nina Allan, quien se está perfilando en los últimos tiempos como una de mis autoras predilectas. Me encanta su manera de introducir lo maravilloso dentro de lo cotidiano, al igual que la calidad y belleza de su pluma. En español, podemos encontrar bastantes de sus obras, pero esta novela aún permanece inédita en nuestro idioma (esperemos que no por mucho tiempo).

La novela se centra en la desaparición de Julie cuando era adolescente y las consecuencias que esto tuvo para su hermana Selena. El título que se traduciría como “la grieta” hace referencia al tema principal de la novela: las separaciones y rúpturas, tanto simbólicas como reales. La familia de Selena se rompe con la desaparición de Julie y cuando esta regresa, veinte años más tarde,  la fisura parece irreparable. Durante toda la novela, Allan nos hará reflexionar sobre lo que mantiene unidas a las familia, las enfermedades mentales y los límites de la realidad a la vez que alimenta esta grieta entre las dos hermanas. Los elementos de ciencia ficción son también bastante reseñables y están presentados con una elegancia exquisita.

Próximas lecturas veraniegas

Todavía queda mucho verano, así que espero poder hacer otra entrada similar a esta en unas pocas semana. De momento adelanto que estoy leyendo La maldición de Chalion de Lois McMaster Bujold y que me está encantando. ¡Nos leemos!