En las redes, existe una presión constante para que todo a lo que dediquemos nuestro tiempo dé rentabilidad  y se traduzca en algún tipo de beneficio tangible. Esta mentalidad se ha abierto hueco también en los ambientes creativos, lo que ha acarreado para muchos artistas una  frustración constante por no producir lo suficiente ni ser capaz de darle una salida comercial a su trabajo. En este artículo voy a centrarme en la literatura, que es mi campo, y los motivos por los que creo que la escritura tiene más en común con la elaboración de una obra artesanal que con la de un producto industrial.

Hace tiempo leí una entrevista de Amélie Nothomb en la que afirmaba escribir tres novelas al año, de las cuales elegía una para publicar, mientras las otras dos quedaban relegadas al cajón. Me llamo la atención porque Nothomb es una autora de reconocido prestigio a nivel internacional y, si se lo propusiera, podría publicar más de una novela anual. Después llegue a la conclusión de que ese freno, que ella misma se ponía, no solo provenía de una voluntad de no saturar a sus lectores, sino que demostraba una capacidad de autocrítica envidiable: la de una autora que reconoce que no todo lo que escribe es publicable. Aun así, esas dos novelas descartadas la han ayudado a mantener su ritmo y rutina de escritura.

No pienso que todo lo que  yo escriba sea digno de ser publicado y, sin embargo, tampoco considero que los proyectos que no salen a la luz ni me han dado un céntimo sean inútiles. Han formado parte de mi proceso de aprendizaje como escritora y siempre consigo aprovechar algo de ellos (un personaje, una idea, una escena) que pueden incluso inspirarme un nuevo relato o novela. Eso sin contar los ejercicios de escritura, que muchas veces están destinados tan solo a salir del bloqueo creativo o a no perder la costumbre de escribir todas las semanas.

A lo que voy es que la escritura es un arte que necesita práctica y dedicación. Para alcanzar tu objetivo, probablemente dejarás tras de ti un interminable reguero de historias abandonadas en el cajón o reescritas hasta resultar irreconocibles. Y eso no es malo.  A escribir se aprende escribiendo (y leyendo) y tu grueso de trabajo sin publicar indica también el número de horas que has estado dedicándole  a tu pasión. En todas las artes se realizan obras simplemente para mejorar la técnica y la escritura no tiene por qué ser menos.

La literatura tiene mucho de prueba y error. Hay veces que en nuestros escritos hay algo que no funciona  y simplemente tenemos que aceptarlo, borrar unas cuantas palabras y ponernos a reescribir.  Al final, lo que nos convertirá en mejores autores es la capacidad de coger lo que escribimos, analizarlo y trabajar para mejorarlo. Nada de esto nos garantiza una publicación o una buena acogida del público, pero sí que nos acerca al lugar en el que queremos estar como artistas.

La concepción de las obras literarias como “productos” me parece fría y más propia del mundo del marketing que de las artes. Y sí, sé que los escritores se ven obligados hoy en día a vender sus propias obras tanto si tienen detrás a una editorial como si no. Quizás precisamente por eso, me parece importante defender nuestra necesidad de crear como algo independiente del mercado. Me apena ver a escritores jóvenes que apenas han empezado su primera novela preocupados de que lo  escriban no sea comercial,  o tenga que ajustarse sí o sí a las demandas de un mercado cuyas tendencias fluctúan cada año. Es difícil disfrutar de la escritura así, o encontrar tu propio camino y tu propio estilo. La prisa por publicar no suele ser buena consejera (y los gurus de la escritura en las redes menos aún). Por eso, apuesto por la concepción de la escritura como un arte que se desarrolla durante toda la vida, en el que cada obra es  única y responde a nuestra identidad como artistas, no  un producto industrial al que ponerle la etiqueta de moda y lanzar al mercado.